Mi experiencia india: una noche en el gran desierto de Thar
1 minuto de lectura'

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Trinidad Casaux. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar
En India, la máxima velocidad a la que uno puede andar por la ruta es 80 kilómetros por hora. Además del tiempo perdido en esquivar camellos, cabras, personas y algún que otro pozo en el pavimento.
Nos íbamos adentrando más y más en la nada misma. Llevaba solo tres días viajando con Sevinder, el chofer. Yo lo miraba desde el asiento trasero y pensaba: ¿qué hago en el medio de la nada con un indio que ni conozco? En Argentina nunca se me hubiese ocurrido viajar quince días con un desconocido.
Allá a lo lejos se veían arbustos dispersos y alguna que otra persona caminando. ¿De dónde saldrían esas personas? ¿Hacia dónde irían? De repente, divisé un colectivo delante de nosotros. Creo que llevaba más personas viajando en el techo que adentro. Sufrí un poco cuando pasamos por al lado. ¿Cómo pueden estar acostumbrados a viajar así? ¿Y si alguno se caía?
La ansiedad por llegar me mataba. Ese día iba a dormir en el desierto. Y, además, iba a conocer a los camellos. ¡Qué animal tan hermoso! Sevinder me explicó que los que aman a los camellos, aman a todo el mundo.
Chai en el campamento

Una vez llegados al campamento, Sevinder y yo nos tiramos en unos camastros y nos descalzamos. Hacía varios días que venía anhelando un lugar tranquilo y silencioso. Rápido, nos trajeron unas tazas de chai. Sevinder comenzó a contarme en breves palabras de qué se trataba todo eso, y luego me invitó a dar una vuelta por el lugar.
Me alejé un poco y pude ver a dos mujeres sacando agua de un pozo, con sus vasijas. En esa aldea había un pozo distinto para cada casta. India no dejaba de asombrarme. Volví al campamento y vi que los camellos ya estaban listos para dar un paseo.
Antes del atardecer, nos llevaron a todos los huéspedes del campamento hacia los médanos. Busqué la mejor ubicación y aproveché ese momento para escribir en mi diario. Miré a mi alrededor? Grupitos de amigos, una pareja, un padre con sus hijos, y yo ahí, sola. Pero lo estaba disfrutando. Empecé a hablar conmigo misma a través del diario. Respiraba y sentía con mucha intensidad cada segundo de esa hermosa puesta de sol, con algún que otro camello contrastándose a lo lejos. El sol desapareció en el aire, no llegó a tierra. Otra vez India me tomó por sorpresa.
Por la noche cenamos sentados en los camastros del campamento. Todos dispuestos en semicírculo para poder ver el gran espectáculo. Yo compartí el camastro con una chica francesa. Un alma gemela perdida. ¿O encontrada? Sentí que nos conocíamos de toda la vida.
La cena consistió en una comida típica, que yo ya sabía que no me iba a gustar... Pero los exóticos bailes y el eco de los instrumentos de percusión hacían de la velada, algo inolvidable.
Un cielo protector
Una vez finalizada la cena, nos invitaron a subir a los jeeps para llevarnos a las dunas a dormir. No podía disimular la sonrisa de la cara. Sevinder me explicó que él se quedaba durmiendo en el campamento con los otros choferes y que me iba a estar esperando a la mañana para el desayuno. En ese momento me di cuenta de que ya lo había empezado a querer.
Ya en las dunas, uno de los anfitriones nos tendió unas mantas gruesas en la arena, creándonos una especie de cama. A cualquiera le hubiese parecido un asco. Pero a mi amiga francesa y a mí nos llenaba de emoción.
Me acosté, me puse la capucha y me despedí de mi amiga. Y mientras se alejaba el jeep, me puse los anteojos y miré el cielo? Un cielo iluminado por quién sabe cuántas estrellas y universos desconocidos. Todo mi cuerpo se llenó de paz y de una felicidad inexplicable. Estaba muriéndome de sueño, pero no podía cerrar los ojos y perderme esa noche especial. Quería que ese momento fuera eterno.
El silencio, la oscuridad, el aire frío que me acariciaba la cara y esos millones de puntitos que mi imaginación convertía en siluetas dibujadas en el cielo. En mi cabeza no paraba de repetirme a mí misma: soy feliz, soy feliz, soy feliz... Al fin y al cabo, uno está donde elige estar. Y yo había elegido muy bien.
¿Vacaciones con un giro inesperado? ¿Una aventura que marcó tu vida? ¿Un encuentro con un personaje memorable? En Turismo, queremos conocer esa gran historia que siempre recordás de un viaje. Y compartirla con la comunidad de lectores-viajeros. Envianos tu relato a LNturismo@lanacion.com.ar. Se sugieren una extensión de 5000 caracteres y, en lo posible, fotos de hasta 3 MB.



