Nadie pierde por descubrir Ghana
Los viajeros que lleguen a este remoto país de Africa se sentirán como un peregrino de la curiosidad
1 minuto de lectura'
KUMASI, Ghana (El País, de Madrid).- El camino de Africa tiene muchos senderos: la sorpresa y el ya veremos toman otra dimensión si se viaja solo.
Te llamarán obroni, toubab, ñac, misungo o mulungo (blanco), pero no dejarás de ser una araña en un plato de nata; después, un peregrino de la curiosidad. Cuando aterricé por primera vez en el aeropuerto internacional de Tokota (Accra), no tenían ni una cinta transportadora para el equipaje. Tres robustos mocetones mandingos lanzaban las maletas desde un altillo directamente al suelo. Celebré no traerme la vajilla.
Bajé del avión a medianoche. Era una sopa medio minuto después.
Estoy en Ghana que, aunque sea uno de los ocho o nueve países más pobres del mundo, también es un rectángulo de hospitalidad a cinco grados del ecuador. Su litoral: la tristemente célebre Costa de los Esclavos o Costa del Oro.
Mercadillos de Accra
Son famosas las minas de oro y diamantes ghanesas. Me confesaba un ingeniero portugués que la misma fuerza de las lluvias había dado la pista de un yacimiento. Las pepitas salían mezcladas con el lodo. Los nativos del entorno las lavaban y guardaban en saquitos, que las autoridades encargadas venían a recoger. La corrupción es el gallinero de los intermediarios.
Me invitó a visitar los indescriptibles mercados y mercadillos de Accra. Eso, sin incluir a la legión de vendedores ambulantes: el de pañuelos multicolores, los lleva colgados de las varillas de un paraguas abierto y, a su vez, atado a un palo para exhibirlo mejor.
El agua ( ensió ) se vende en bolsitas de plástico transparente: se muerde y se chupa. Las panuras transportando 50 panes en la cabeza. Las vendedoras de ankás (naranjas) colocando las frutas en montones piramidales; las de los kwadús (plátanos), chicles, tallas de madera, galletas, telas, cacahuetes, linternas y todos hablando a voces, que es la mejor manera de entenderse cuando hay mucho ruido, y la consecuencia es que todos chillan más.
Me encuentro en la estación de los tro-trós (microbuses) de Kaneshi, entre 300 torres de chatarra y cuatro ruedas, cargadas de bultos, hasta lo que el sol y un renqueante motor permitan. Una de esas torres de chatarra me llevará a Kumasi, la capital del país ashanti. Un pueblo con gran personalidad, que mantiene su reino dentro de la República de Ghana. Hablan twi-ewé, la rama más utilizada dentro del tronco de las lenguas kwa.
El tro-tró no acaba de arrancar. Unas 50 personas nos calzamos en un espacio diseñado para 20. Nos acompaña una gallina viva. Y alguien se puso a comer pescado seco. El espacio llega a reducirse al interior de la nariz.
Por de pronto, el tro-tró hace rugir el viejo motor Mercedes y busca una salida entre los cientos de viajeros y vendedores. Si el caos tiene alguna explicación, se encuentra aquí. Cuatro horas nos contemplan sorteando socavones, cabras y transeúntes hasta Kumasi.
Lo primero que llama la atención es la cantidad de tro-trós timba (madera). Son cabinas articuladas que pueden llevar a cuestas tres robustos troncos.
El otro uso destacado de las maderas es la industria funeraria. Por todo Kumasi, y a los dos lados de la carretera, se exhibe un inagotable y variopinto muestrario, que alcanza su representación más singular en algunos pueblecitos de la Central Region, cerca de Koforidua. Allí la imaginación de los artesanos ha llevado a diseñar desde una tortuga, un escorpión o una cebolla un motor fuera de borda, marca Yamaha, en rojo chillón, o un Mercedes blanco de tamaño natural en cuya matrícula figuran los dígitos: Rip-1, que alojarán el cuerpo, en medio de una celebración que dura varios días.
Al séquito se lo distingue inmediatamente: llevan una cinta roja y negra sujeta en la frente, símbolo de luto, que se completa por ir los cuarenta o cincuenta deudos, montados en el volquete de un camión, entonando cantos en diversos grados de alcoholemia.Toth, un taxista de Accra, me dijo que el domingo es el día de más alto índice de accidentes.
Hay un mercado fascinante en Kumasi: el del automóvil. Supongo que sólo se puede ver tanta chatarrería en órbita o, camino de la Luna, tanta pieza de desecho y colorido. Salí del laberinto de ruedas revulcanizadas y busqué refugio en la sombra de un bar-terraza. En Kumasi hay varios limpios y simpáticos. Además permite desarrollar plenamente una de las actividades de Africa: mirar al que pasa. Sin más. Y beber una Guiness muy fría, otro lujo.
Fiestas, canciones y cacería
En las aldeas ashanti se celebra una fiesta por el final de las cosechas. No cesan las canciones y los tamtam encienden la noche y la abanican. Afortunadamente, las moscas madrugan, pero los mosquitos no. De la selva cercana llegan ecos de disparos. La caza de algún pequeño mamífero y la venta de su piel a un obroni son patas del barco en su economía maltrecha.
Por el suelo hay restos de prospectos en chino, y es que, aquí, los chinos venden las medicinas, según me asegura el hermano Ambrone, un misionero que viene a pasar consulta a su dispersa enfermería.
En esta zona de Ghana, la West Region, con la vegetación a la vista, el metro cúbico es un colirio. La temperatura, un pastel que se respira, y el paisaje no necesita la bendición del Papa.
Me sumo a una campaña de vacunación y recorro algunas aldeas ashanti en el Toyota del cuerpo sanitario. Los críos se echan a llorar. Les asusta más el obroni de bata blanca que la inyección. Se repite la historia, a la inversa, que se produce a las puertas de El Corte Inglés con el rey Baltasar.



