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En el mundo hay ejemplos asombrosos de longevidad. Una almeja de Islandia puede vivir cuatro siglos. En Japón, un habitante de Okinawa llega a los 105 años. Acá, los alerces ?o lahuanes? viven más de mil años. Estos seres gigantes crecen muy lento ?apenas un milímetro anual? en una zona húmeda de selva valdiviana. El más veterano es el Alerce Abuelo, con 2.600 años y 57 metros de altura, que sigue los pasos de Matusalén, un pino californiano que roza los cinco mil años.
En 2014 el parque estaba en alerta amarilla porque había florecido la caña colihue, y con ella llegaron los ratones, que se alimentan de esta gramínea arbustiva natural de la cordillera, un fenómeno que ocurre cada 70 años. Por eso, la gente que vive y trabaja en el parque lo relata en tono épico. "Es apasionante. Así como llegaron, se fueron todos", dice un guía mientras navegamos el lago Menéndez camino al alerzal. Uno de los que más combatió a los roedores fue Julio Oszust, residente histórico del parque que maneja el kiosco Fuinque, frente a Puerto Limonao. "Aunque fue difícil para el turismo, yo lo pienso como algo muy curioso, como algo fantástico", confiesa.
La caña se secó, los roedores se quedaron sin comida, empezaron a comer los cables, las tejas? todo lo que encontraban, y cuando no tuvieron más dónde hincar el diente, se murieron. Fin de la historia hasta dentro de otras siete décadas, o quizás más, o menos.
Todo sigue igual en estas 263 mil hectáreas de lagos, ríos, arroyos, bosques y cascadas. Desde Puerto Limonao parten las excursiones lacustres a los hitos: el alerzal y el glaciar Torrecillas (con trasbordo en Puerto Chucao), y el lago Krugger, más lejos, al que también se puede llegar en un trekking de doce horas para luego dormir en el refugio. El Krugger y el río Frey capturan toda la atención de los pescadores fanáticos del catch and release.
Para tener más contacto con el agua, la gente de Kayak Soul propone remar por el río Arrayanes desde el Lago Verde y seguir por el brazo norte del lago Futalaufquen hasta Punta Mattos. A ambos lados prosperan arrayanes, coihues y cipreses y, entre todos, se destaca el Viejo Lahuán, un alerce de 800 años. El verde esmeralda del agua es tan magnético como el sonido del viento que mueve las ramas o el canto de los cauquenes y biguás que revolotean en las islitas. El camping del río Arrayanes es un clásico que no pasa de moda. Tiene una proveeduría con onda y cuatro domos con estufa a leña.
La capital del parque es Villa Futalaufquen, donde se ve la mano maestra del arquitecto Alejandro Bustillo. Su huella más notable es la Hostería Futalaufquen, a orillas del lago homónimo. Bustillo usó materiales de esos que son "para toda la vida", como la piedra y las tejuelas de alerce o la madera de ciprés para revestir el interior. Los concesionarios actuales se esfuerzan por conservar ese tradicional estilo, y hace poco sumaron seis cabañas para los que buscan intimidad. Los no huéspedes también pueden pasar a probar el té con tortas, panes y dulces caseros, que se sirve frente al hogar y con vista al lago.
Por Cintia Colangelo. Nota publicada en abril de 2016.



