Por las Canarias, tras los rastros de la Atlántida perdida
La actriz se encontró con su familia y otras sorpresas
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Iba por tierra canaria, tratando de descubrir señales de la Atlántida que, según mi abuela Eloísa, guanche de pura cepa, se encontraba en esas tierras. Los guanches eran, precisamente, los herederos del último eslabón de aquel magnífico imperio.
Nací con estas historias y, ya grande, los escritos de Platón al respecto y las teorías sobre la existencia de la Atlántida eran familiares para mí.
Alquilé un pequeño auto y salí a recorrer la Gran Canaria. Me aconsejaron ir hacia el Norte porque el recorrido Sur era peligroso, de un camino de montaña estrecho y en mal estado.
Como mi deseo era dar toda la vuelta a la isla, que es casi redonda, decidí empezar por lo más peligroso.
Y allí iba admirando esa tierra maravillosa, cuando apareció una pirámide perfecta cubierta de vegetación. Aparecía y desaparecía en el camino de montaña. Todo mi interés estaba concentrado en ella y empecé a imaginar maneras para acercarme y excavar un poco, segura de que encontraría restos de una vieja pirámide, y por qué no, hasta restos que confirmaran que Canarias había sido parte de la Atlántida. Tanto fervor hizo que no viera una enorme piedra atravesada en el camino. Consecuencia: se descompuso el auto.
A duras penas llegué al primer pueblo y..., ¡sorpresa! Era San Nicolás de Tolentino, el lugar de nacimiento de mi abuela.
Fui al taller mecánico y debían tomarse el día para repararlo. Aproveché entonces para preguntar por la familia Saavedra y por los Martín Llerena; me dijeron que hablara con Daniel Saavedra, que es viejo y memorioso y sabe todo sobre la isla.
Al rato apareció un gigantón de más de dos metros con sombrero negro de ala ancha que al verme me abrazó con mucha emoción y, casi llorando, dijo que me esperaba, que sabía que yo iba a llegar. Yo sentí que lo amaba profundamente y que lo conocía hace mucho tiempo, siglos.
Costó separarse. Más tranquilos, me dijo que es primo de Eloísa y me presentó a una enorme familia (no exagero si digo que era todo el pueblo), y me narró historias sobre videntes, brujas mayores, designios familiares, y otras tantas que me llevaron a un mundo aún más mágico que el mío.
Y me dijo que esa perfecta pirámide, esa tierra, era de mi abuelo, don Nicolás Saavedra.
Acariciando sus lados, sus ángulos, pude sentir la risa de mi abuela pequeña, ver el rostro anguloso de ese hermoso hombre a caballo que resultó Nicolás y, sin duda, la mirada de mis ancestros atlantes que me recibieron como a su hija perdida en un lejano Sur.
No tuve ganas ni necesidad de encontrar vestigios, restos bajo la hierba.
Ya sabía. Eran ellos. Viejos hermanos vigilantes en un nuevo reino de dimensión marina o, quizá, coexistente con esta otra en la cual hoy estoy vibrando.
La autora es actriz. Actualmente protagoniza la obra Monólogos de la vagina , junto a Pinky y Florencia Peña, en el Complejo La Plaza.



