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Vengo de unos días en la cordillera, del límite entre La Rioja y San Juan. De un cráter volcánico a 5.600 metros de altura y de un refugio a 4.000. Fueron 900 km, la mayoría de ripio, pero creo que estuve más cerca del cielo que de la tierra. Las nubes lenticulares aterrizaban por las tardes, espesas y doradas, en las laderas de los cerros. A pesar de esa suavidad, recorrí un territorio inhóspito y en un momento me imaginé que la cabeza me estallaría y los pedazos se convertirían en lava volcánica.
Vengo de una patria mineral, donde las montañas tienen vetas de oro, plata, cobre. Donde se ven volcanes, salinas, quebradas, vegas y formaciones rocosas impresionantes. Donde hay vicuñas, guanacos, pumas y nada de gente. Vengo de un lugar donde todo es contundente: los cerros, el hielo, la altura, el frío y el calor, la aridez. Un territorio inmenso y arcaico, donde muchas de nuestras preocupaciones cotidianas resultarían insignificantes, baldías, urbanas.
Durante varios días sólo transité por huellas de mineros. Apenas una ruta asfaltada que lleva al límite con Chile (Pircas Negras) y fue sólo para buscar el ripio. Viajé con Santiago Pato Nielsen, minero, hijo de minero y padre de minero. Tiene una empresa de exploraciones mineras y piensa que, gracias a Dios, existe la minería. "Si no, de qué viviríamos", me dijo sin sacar las manos del volante de su Land Rover Defender.
El tipo pasó los sesenta, es alto, con una mata de pelo blanco y usa camisetas inteligentes. Tiene novia nueva, sueña con participar en el Dakar y, mientras tanto, va y viene por la cordillera. Se ubica con los cerros, los ríos, las pampas, los valles ("A mí me hace falta el GPS para las ciudades, no para el campo"). Habla con acento medio chileno porque anda cerca de la frontera y muchos de sus empleados son chilenos. Es miembro de la Cámara de Minería de San Juan, la que paga la publicidad de San Juan Minero en la camiseta de los jugadores de fútbol. Escucha música romántica y es capaz de pasar Año Nuevo en solitario en la cordillera. Como el último diciembre, que se quedó dormido antes de las doce.
Las metas del viaje eran tres y se cumplieron en este orden: 1) Laguna Brava, 2) Corona del Inca, 3) Parque Nacional San Guillermo.
Las primeras dos están en la provincia de La Rioja, bien al oeste, y la tercera en San Juan. San Guillermo es el parque de la polémica reciente entre organizaciones ambientalistas y el gobierno de Gioja por la minería. Dicen los informes que la zona de San Guillermo y Laguna Brava constituyen el último lugar silvestre no boscoso del continente, una región botánicamente sana donde todavía es posible ver ?y estudiar? la interacción entre carnívoros y herbívoros, pumas y vicuñas por ejemplo. Y la utilización del agua en el emprendimiento de Pascua Lama podría afectar el sistema hídrico del parque. Muchos de los sanjuaninos defienden la minería, fuente de trabajo fundamental en la provincia; otros temen porque en este caso se trata de una combinación peligrosa: megaminería y política complaciente.
En todo el viaje por San Guillermo no nos cruzamos con otros turistas, sí con una bióloga que estudiaba al cóndor andino. En el refugio Agua del Godo, hecho a nuevo hace algunos años, no había nadie. Ni siquiera un guardaparque.
Laguna Brava
Además de la Defender de Nielsen, vinieron dos camionetas más en la caravana. Se recomienda transitar en grupo por esas tierras alejadas. Enseguida pasaron Villa Unión, Villa Castelli, Vinchina, el puente sobre el río Bermejo, y antes de Bajo Jagüé llegaron el ripio y el atardecer. Dormimos en Alto Jagüé, en la casa de Don Cirilo y Amanda (Mani) que tienen algunas habitaciones y dan de comer.
En el pueblo viven unas 80 personas, hay una antena de telefonía y serios problemas de abastecimiento de agua porque la última lluvia rompió las compuertas y no pueden regar sus cultivos. "Por eso no tenemos forraje para este año", me dijo Nora Carrizo, que iba rumbo a su casa, detrás de los últimos corrales. Unos meses atrás se juntaron y organizaron un piquete porque no tenían agua potable.
En el pueblo se ven varias casas abandonadas, un gimnasio que los niños no pueden usar porque está cerrado y un predio para la fiesta de la Virgen de Andacollo. Alto Jagüé se termina después de dos bares con viejos en la puerta que tomaron o tomarán una caña. Si uno los mira, la mayoría de las veces su mirada está en otro lado.
Detrás de un bosquecito de araucarias se veía el copete nevado del Famatina. Primera señal de altura: 2.000 metros.
La luz de la mañana era delicada como las ondulaciones de los cerros. Recuerdo los primeros rayos de sol sobre el Bonete. Entramos a la cordillera por la Quebrada del Peñón. La vegetación quedó atrás, abajo. Nos deshicimos de ella como de una mosca molesta. Seguimos hacia una tierra yerma, donde hay poca vida y la naturaleza se presenta con el poder de un superhéroe.
Laguna Brava es una reserva provincial que protege guanacos, vicuñas y flamencos. Se creó en 1980, en una época en que la caza furtiva casi termina con la población de vicuñas. Se las buscaba por su fibra, que da uno de los tejidos más finos del mundo. Es muy abrigada, impermeable, carísima.
El camino se empinó de a poco hasta que al final apareció la laguna de deshielo. Larga, planchada, de aguas salobres; en un extremo, una colonia de flamencos. En el horizonte, el Veladero, el Bonete y el Pissis, el segundo más alto de América. Orgulloso de su zona, Nielsen anuncia que se están haciendo mediciones para ver si es más alto que el Aconcagua.
Después de la parada, las fotos, las manos sobre la escarcha de la laguna, me contaron la historia de eso que brillaba en el fondo del paisaje. Restos de un avión que se cayó en los años 50. Era un Curtis que transportaba caballos de carrera de Lima a Santiago y se precipitó en esta extensión vacía. Sí, hubo sobrevivientes gracias a un tal suboficial mayor Sosa que estaba recorriendo y divisó el avión cuando caía. Dicen que durante años hubo caballos salvajes de los que sobrevivieron del accidente.
Cada dos por tres pasábamos por una pampa? ¡a 4.000 metros de altura!
En la zona encontramos varios refugios de piedra con la misma estructura que la del nido de hornero. Al parecer son más de diez y se construyeron durante la presidencia de Sarmiento, cuando se llevaban vacas hacia Chile, arriándolas por la cordillera, herradas por supuesto. Eran tiempos de la Guerra del Pacífico. En uno de los refugios hay un esqueleto y los que pasan por ahí le piden favores, le dejan monedas, cigarrillos, flores. Era un muchacho que se quedó solo durante un arreo y murió de hambre o frío antes de poder ser rescatado. Le llaman El Destapadito porque siempre que lo taparon ?con mantas sujetadas con piedras? amaneció destapado.
Corona del Inca
En el tramo que siguió, la percepción del tiempo fue extraña. Los minutos duraron más y la tarde transcurrió en cámara lenta, incluso ahora, en mi memoria aparece así. Con algo de la torpeza de los que caminaron por la luna. No por la falta de gravedad, sino de oxígeno. Otra vez, la altura. El agua hierve a otra temperatura, quizás el cerebro percibe distinto.
¿Avanzábamos o subíamos por una escalera? Más alto, siempre un poco más. Ya sin huellas, la camioneta de Nielsen arañaba los guijarros, trepaba por ríos de arena. Escuché los latidos de mi cabeza, como si tuviera su propio corazón. Por momentos dormité unos segundos, solo así lograba calma. Estábamos a 5.000 metros de altura, y en lugar de hacer frío se sentía calor. Mediodía, hora de sombras tajantes. La división entre el cielo y la tierra parecía más radical. Atravesamos varios kilómetros de piedras filosas donde hubo que andar con cuidado para no cortar las ruedas, después un arroyo de arena y el último tramo fue una extensa pampa de ceniza volcánica. En una parada recuperé la energía y quise correr a sacar una foto. Error. Bastó un paso para entender que con ese ritmo terminaría en la tierra. Con la nariz en la tierra. Entonces, caminé l-e-n-t-o. Con métrica de practicante de tai chi.
?Prepárense. Atrás de esa duna está la Corona del Inca, ya van a ver. Estén atentos que viene.
Hablaba Nielsen, que no tenía mal de altura y se movía de acá para allá y hacía bromas y organizaba. Ya había bajado la presión de las gomas y después limpió los filtros de aire porque chupan ceniza volcánica. En cualquier momento paraba la camioneta y se ponía a bailar.
Seguimos pechando, pechando hasta que divisé una mancha azul en la escena blancuzca. Azul profundo. Un lunar en el desierto. Ahí estaba, con su nombre poético, la Corona del Inca. Un cráter volcánico lleno de agua helada, el agua de los glaciares que la rodean. Leí que se ha comprobado la navegabilidad de la laguna, por cierto, entre las más altas del mundo y también hubo pruebas de buceo de altura. La profundidad de Corona del Inca supera los 300 metros. Se veían los penitentes de hielo, con puntas filosas, sucias por la ceniza. El Veladero, el Bonete, el Pissis, los cerros se imponían con la fuerza de una decisión irrevocable.
Me sentí una escaladora: a mil metros estaban las cumbres de varios de los cerros más altos del país. Todo parecía quieto incluso el grupo, sin demasiada energía para moverse. La mayoría permanecía en silencio, cuerpo a tierra, unos sentados, otros desparramados en el suelo. En estado de meditación, algunos con los ojos cerrados. Quizás aplaudían internamente haber llegado a la meta o dormían por el agobio y la luz. Toda la escena encandilaba, como si estuviera bajo reflectores de interrogatorio. El GPS marcaba la altura: 5.600 metros.
Refugio La Brea
El concepto de refugio después de doce horas de camino, altura, ripio, agotamiento, hambre, es inmenso. Se expande, y de repente, es más que un techo, más que un abrigo y una cama. Más que un plato de comida. De repente lo es todo. Aún llamándose La Brea, que es una pasta negra de alquitrán. Aún así, esa tarde ventosa La Brea fue mi tierra prometida.
La Brea es un conjunto de galpones de chapa a 4.000 metros de altura, un refugio construido en los años 60 para exploraciones mineras. Lo rodean pastizales amarillentos y cerros.
El lugar de reunión es la cocina, donde está la salamandra, el agua caliente para el mate, la televisión en un canal que muestra la "inseguridad" en la ciudad de Buenos Aires, un altarcito a la Virgen con vela encendida, la central de la radio.
Hasta hace algunos años, Chumingo Araya, un empleado chileno, cuidaba el refugio. Contó Nielsen que un día lo llamó para pedirle una escopeta. ¿Para qué?, le preguntó. "Es que me tiene jodido un puma", respondió Chumingo. Y le contó que un puma guacho se había acercado de a poco al refugio y después de un tiempo lo seguía a todas partes como un perro fiel. Pero era un puma salvaje, el gran predador, el león de la montaña. Chumingo murió solo (no lo mató el puma). No veía a sus parientes y nadie lo reclamó. Quizás no sabían que estaba trabajando en Argentina, probablemente nadie se enteró de su muerte. Todavía faltan algunos trámites para poder llevar sus cenizas adonde él pidió: La Brea.
El baño del refugio está afuera, a unos 30 metros de la habitación. Lo peor no es la distancia sino salir de la cama, ponerse la campera y las zapatillas para caminar hasta allá. Lo pensé una, dos, tres veces (quizás fueron cuatro) y me levanté. El resto del grupo dormía y la salamandra todavía tenía leños. Abrí la puerta de chapa acanalada y salí a la noche fría. Me sorprendió la claridad. Era una noche de luna y se distinguían las matas de coirones y el camino de tierra que se perdía detrás del cerro. Ya estaba despierta y no tenía frío, así que después del tour técnico me senté en un banco a mirar las estrellas. Eran las tres de la mañana y ya no me dolía la cabeza. Ahí estaba en un momento de contemplación cuando sentí una presencia: desde la izquierda me espiaba un zorro. Inmóvil, colorado, curioso. Apenas giré la cabeza salió corriendo y se perdió en los pastizales altos.
San Guillermo
Ni uno. Cero. En 2012 San Guillermo no tuvo visitantes. Algún tiempo atrás estuve en el Parque Nacional Perito Moreno, uno de los menos visitados del país. Pero recuerdo que ese año había tenido por lo menos un puñado de visitantes. El problema de San Guillermo ?y de Baritú, en Salta? es el acceso. Si bien el parque está a 30 km de Chinguillos, en San Juan, muy cerca de Rodeo, no se puede ingresar por ahí porque no hay puentes sobre el río Blanco y nadie los hace. Entonces, es necesario dar una vuelta ilógica y larga para entrar por la provincia de La Rioja. Si el acceso fuera mejor, más turistas podrían disfrutar y conocer el parque.
San Guillermo tiene casi un millón de hectáreas y es Reserva de la Biósfera declarada por la Unesco (la primera del país). Dentro de la reserva hay una parte ?166 mil hectáreas? que son parque nacional desde 1998. Es la zona núcleo, la de mayor protección, y está rodeada por una zona de amortiguación y otra de transición. En esta última se realizan las actividades mineras que podrían afectar la sostenibilidad y conservación del área.
Los llanos de San Guillermo están a 3.500 metros de altura y hay una vicuña, dos guanacos y ningún ser humano por kilómetro cuadrado. Mientras circulábamos entre los matorrales de pasto, una tropa de vicuñas ?con un par de guanacos infiltrados? estaba en tensión: un relincho (macho) peleaba con otro a cogotazos y mordiscones. En la tropa hay un macho dominante que echa al resto de chulengos (crías) antes de que puedan competir con él.
San Guillermo es una zona de heladas y vientos tan fuertes que las plantas deben nacer con kit de supervivencia. Los coironales de las vegas son los preferidos de las vicuñas porque son tiernos y están cerca del agua. Pero lo bueno implica un riesgo: el puma ronda la zona y los chulengos son una presa fácil. Cuando cruzamos la Vega de los Leones, Nielsen puso segunda. Andaba despacio y observaba a un lado y a otro. Atentamente a través de sus anteojos negros.
?Aquí he visto una vez dos pumas inmensamente grandes. Siempre los busco y nunca los he vuelto a ver. Pero no pierdo las esperanzas.
No vimos pumas. Sí vimos zorros, agachonas (aves de vuelos cortos), cerros pecosos, marmolados, medio rosas, llenos de las vetas que buscan los mineros. Vimos churis (ñandúes), lagartos, nubes de frío y un lugar llamado Los Caserones con enormes paredones de rocas claras. Tan erosionadas que daban la sensación de ser blandas como una hogaza de pan del día.
No había que hacer mucho esfuerzo para imaginarse dinosaurios en ese paisaje primitivo. Ahí era menos abstracta la escala temporal de "hace millones de años". Los Caserones parecía el comienzo de todo. Aunque hayamos llegado al final.
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Por Carolina Reymúndez. Nota publicada en revista Lugares nº 209

