Por San Antonio de Areco, los pagos de Don Segundo Sombra
Por Horacio de Dios
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Fabio Cáceres, el huérfano adolescente que pasó de guacho a gaucho gracias a Don Segundo Sombra , nos cuenta una historia que podemos revivir: "En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo. Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagrecitos que luego cambiaría al pulpero de La Blanqueada por golosinas, cigarrillos o unos centavos".
Así comienza la obra de Ricardo Güiraldes que puso a San Antonio de Areco en el mapa literario mundial. Por un lado, el legendario resero y domador, inspirado no sólo en don Segundo Ramírez, sino en los "paisanos de mis pagos, a los que no conozco y están en el alma de este libro". Por otro, la naturaleza apacible en unos momentos y áspera en otros, porque "la pampa es un callejón sin salida para el flojo".
Esa conjunción excepcional, de personajes y escenario, se mantiene hoy como ayer. Aunque esté a sólo 110 kilómetros de Buenos Aires, poco más de una hora de auto. Apenas pasamos Pilar ya nos envuelve un horizonte de campo abierto hasta llegar al pueblo símbolo.
Vida tierra adentro
En sus calles bien trazadas y limpias, de casas bajas y árboles altos, las construcciones tipo chorizo se restauran con fidelidad. Brotan restaurantes donde se come muy bien y a precios de tierra adentro. El parroquiano disfruta rodeado de cosas antiguas que nunca serán viejas: verjas de hierro, surtidores a manguera, ruedas de carro, recados y el imaginable etcétera. Con el agregado de música porque es habitual, sin pagar extras, gozar del canto y baile surero porque desde chicos aprenden zamba, pericón, gatos y escondidos. Llegan muchos visitantes. Los días hábiles, ómnibus con estudiantes; los fines de semana, familias, y siempre viajeros con la mochila al hombro. Entre ellos, los muchos extranjeros. El mismo Ricardo Güiraldes recibió el apoyo permanente del escritor francés Valery Larbaud para buscar sus raíces. "Mirá che, ha sido en París donde comprendí, una noche en que me vi solito mi alma, que uno debe ser un árbol de la tierra en que nació: espinillo arisco o tala pobre", escribió a un amigo antes de volver. "Cuando bajé del barco, tomé un pingo y entré, como cuando era cachorro, hasta el corazón de la pampa."
Uno experimenta esa sensación en el Puente Viejo (Monumento Histórico puesto a nuevo siguiendo los planos originales). Caminando por el monte con ombú, aguaribay y otras variedades autóctonas. Después en La Blanqueada, pulpería en la entrada al Parque Criollo y en el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, creado a imagen de una estancia de fines del siglo XVIII.
Es fundamental por sus colecciones valiosas, entre ellos un cuadro de Pedro Figari dedicado a Don Segundo o los ponchos de Calfucurá. Y para comprender en cada sala la vigencia de los protagonistas de una patria que se hizo a caballo.
En el centro, un chico con boina y bombacha pasa en bicicleta llevando su guitarra. Viste la ropa de siempre como tantos otros en el pueblo donde se escuchan más los pájaros que la televisión. Los visitantes suelen alojarse en las estancias cercanas, seducidos por el turismo rural, y luego recorren los negocios de artesanía buscando calidad y no pichinchas, porque lo que vale, cuesta.
Los plateros tienen su patrono en San Eloy y compiten en excelencia con los maestros sogueros, talabarteros, tejedoras de fajas pampa y buenos pintores costumbristas. El turismo está en auge porque busca la tradición que aquí celebra su gran fiesta anual, pero la respeta todos los días.
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