Rayos y centellas en el cielo sanjuanino
Mogna espera el Día de Santa Bárbara
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(Télam).- La historia de cómo llegó a Mogna la imagen española de Santa Bárbara es incierta, pero es muy conmovedor que se invoque a la santa para arrancar del cielo torrentes de lluvia, que siempre llega entre el ruido de los rayos y la luz de las centellas, y que se la venere profundamente en este desértico poblado de San Juan, donde el agua es el más preciado de los tesoros.
Ya lo era en 1753, cuando entre jarillas y chañares se fundó Villa de Mokina, en quechua río de agua sucia, que apenas reunía un puñado de casitas de adobe con techo de caña y barro.
Días de peregrinación
En este pequeño pueblo se celebra el 4 de diciembre el Día de Santa Bárbara, mártir del siglo III y Patrona de la Artillería. Unas 15 mil personas llegan a Mogna todos los años para venerar a la santa y asistir a la misa que este año celebrará el nuevo arzobispo de San Juan, monseñor Eduardo Delgado.
Los lugareños cuentan que ese día el cielo se oscurece y la tormenta que siempre llega es la señal de que la santa está acompañando a los promesantes. Es el día en que los gauchos de la región montan caballos enjaezados y llevan grandes estandartes rojos y amarillos, los colores de la santa, durante el tradicional desfile callejero. Son jinetes que lucen atuendos gauchescos y que le otorgan a la fiesta un toque campestre. Los mismos que llevan en procesión la imagen de Santa Bárbara mientras flamean la bandera argentina, y que muestran sus destrezas en domas y carreras cuadreras.
Favores concedidos
Ese es para Mogna un día de fiesta, en el que los promesantes vienen a agradecerle a la santa los favores concedidos, y a pedirle que proteja la siembra, a la vez que los campesinos dejan en el altar, como ofrenda, melones, uvas, pimientos y dulces.
Es, también, el día en el que los peregrinos ofrecen donaciones de ropa, alimentos y libros, y por seguir una vieja tradición también algunos bancos para la iglesia. Una iglesia que fue construida para Santa Bárbara en 1977 y que tiene dos campaniles en su frente, un vetusto armonio de los años ‘40 y un altar de arte catalán donado en 1918 por un grupo de españoles.
Durante todo el día es incesante el desfile de los fieles ante la imagen de la santa, una talla de 60 centímetros que está sobre una pilastra blanca. Y también es constante el ir y venir de la gente por las calles, entre la música y los puestos de comidas.
La fiesta de Santa Bárbara es una de las últimas fiestas gauchas autóctonas que se celebran en la Argentina. Un día en el que nativos y visitantes esperan el mágico momento en que una tormenta de viento, lluvia y granizo se descuelgue del cielo sobre el pueblo que pide agua.



