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Desde Barreal hasta Pedernal, una travesía en 4x4 que avanza tierra adentro por caminos desolados para descubrir los indómitos paisajes de las quebradas sanjuaninas.
El oeste de San Juan es un territorio de elevaciones que cortan el aliento, de quebradas magnéticas y valles cautivantes. El recorrido arranca en Barreal, un pueblo calmo que nació como punto de paso hacia Chile y que se recorta en el horizonte imperturbable de la Cordillera de Ansilta: alta montaña pura, sin bosques ni lagos que distraigan de su belleza. Con la mirada puesta en los 6.702 metros del cerro Mercedario y a bordo de una camioneta, comenzamos a internarnos en la Cordillera de la Ramada. El tramo inicial de la huella guarda una motivación inesperada: se estima que por acá pasó San Martín con su columna de mulas, eludiendo la emboscada del ejército real para cruzar por el paso Los Patos Sur y, así, liberar a Chile.

Quienes quieran llegar hasta la laguna Blanca, la base de la montaña a 3.200 m, tienen que registrarse en la garita de El Pachón, el proyecto minero que actualmente controla el paso. Después de marzo, el camino se llena de piedras sueltas y el barro se agrieta; ni siquiera las 4x4 garantizan el éxito. Decidimos probar. Una vez en la Pampa del Indio, las caletas gigantes absorben al forastero y lo llevan hacia las alturas de los seismiles. La segunda parte de la huella se inauguró en 1934, con la expedición de los polacos Adam Karpinski –ingeniero y meteorólogo– y Wiktor Ostrowski –topógrafo y fotógrafo–, los primeros hombres blancos en llegar a la cima del Mercedario. En su paso histórico conquistaron cumbres vírgenes, concretaron estudios científicos y cartografiaron la región por primera vez. De hecho, los principales glaciares que coronan el Mercedario fueron bautizados con sus nombres.
A medida que el camino trepa, el río Blanco y la cordillera se vuelven más grandes y poderosos. "A la montaña no le ganás. Ella te deja subir… o no", sentencia el guía Juan Manuel Leániz. Tiene buena constitución ósea, ojos claros y saluda al sol todas las mañanas. De chico, las vacaciones en Barreal despertaron su curiosidad por los picos que aparecían al fondo del pueblo. Su hermana, montañista, fue la segunda inspiración: cada vez que la veía bajar, él quería subir. Juan Manuel trabajó varios años en una minera, donde atendía vuelcos, incendios y choques. Un día decidió abandonar la rutina y se tomó un avión a Barcelona para capacitarse en maniobras de escalada y rescate. Hoy, de vuelta en San Juan, asiste a montañistas perdidos, congelados y fracturados como miembro del Club Andino Mercedario. "Los ríos son las venas de la montaña", comenta, mientras atravesamos una sucesión de valles, filos y laderas azules. Desde lejos, el Mercedario se ve inofensivo. Es casi una obra de arte. La huella está imposible. Emprendemos la vuelta con la ilusión de regresar en verano.
A la sombra de los álamos

El camino hacia Bella Vista es, también, el camino hacia las quebradas. Implica atravesar 160 kilómetros de curvas y desprendimientos, el desierto de arcilla de la Pampa de Huelilan y antiguas minas de oro. Este quietísimo pueblo de 500 habitantes, que parece tallado sobre un fondo de montañas azules, nos recibe con un monumento a un caballo con sus crines al viento, y con un paisaje de casas de madera y ladrillos a la sombra de álamos esbeltos. Son verdes y amarillos, ocres y rojos fuego.
Juan Bautista Moyano prefiere el naranja de los zapallos. Mientras una radio Winco atrona con el partido del domingo, el hombre de alpargatas y pulóver ajustado pone a secar las semillas sobre un tablón que despide un aroma dulzón. Lleva seis décadas cultivándolas, extrayéndolas, eligiéndolas y embolsándolas. El trabajo no es difícil, pero hay que saber preparar la tierra, construir los declives para encauzar el agua, conocer los "matayuyos". Entre las canaletas donde crecen 3.500 calabazas (cada una resguarda un centenar de semillas), busca una de diez kilos y la levanta para demostrar que sigue siendo fuerte a sus 90 años.

Llegó en 1951 desde 25 de Mayo, una localidad en el vértice donde se encuentran los límites de Mendoza, San Juan y San Luis. Su primer trabajo fue abrir un camino. La empresa Vial de Cuyo lo contrató, junto con su hermano, para conectar Bella Vista con Tocota: fueron dos años a topadora limpia. Aunque llegó a capataz, se cansó de trabajar tanto y de ganar tan poco. Entonces se instaló en esta finca hacia 1956. Su filiación peronista no le impidió trabajar junto a los radicales intransigentes para traer el progreso al pueblo. Un día se le ocurrió hacer un festival, al que bautizó "de Valles y Cumbres", para celebrar la época de la trilla, momento en el que se separa –literalmente– la paja del trigo. Con el apoyo de los vecinos le pidió permiso al gobernador y, de paso, subió la apuesta: le preguntó por la electricidad. "Se la vamos a mezquinar a Angualasto para dárselas a ustedes", cedió el caudillo. Con fiesta y con luz, encaró al estanciero que entonces controlaba los accesos al agua y, también, consiguió abastecer al pueblo. "Hice más que los políticos sin tener un cargo", infla el pecho mientras se despide con un firme apretón de manos.
De ladrones y videntes
En la quebrada de Bauchazeta desfilan caballos y chivos que se adueñan del camino. Después de que el atardecer proyecta la sombra del cerro Zorro Ladrón sobre la huella, el cielo se siembra de estrellas que logran iluminar en modo nocturno. El rumor del arroyo, mientras tanto, oculta un par de historias dignas del policial argentino.

Once años atrás, un hombre de acento porteño se instaló en un refugio con paredes de piedra construido sobre una de las laderas de la quebrada. Lo cuenta Guido Altamira, propietario de la posada Posta Kamak, durante otra noche estrellada. Aquel día, el hombre misterioso le confió que quería instalarse allí con la intención de hacer un retiro espiritual, meditar y practicar artes marciales. A Guido le pareció extraño: tenía varios kilos de más, fumaba y comía chicle compulsivamente. Así y todo, accedió a llevarlo hasta Bauchazeta. Cuando llegaron, el refugio era un desastre. Sin embargo, el visitante estaba entusiasmado con el verdísimo paisaje de vegas, un humedal crucial para el ecosistema cordillerano. Ahí se quedó. Los baqueanos hablaban de un tipo que jamás saludaba y que vivía en una carpa.

El forastero era un hombre buscado. Había elegido el lugar estratégicamente, para vigilar cualquier movimiento de las fuerzas de seguridad. Cada vez que merodeaban, cargaba una mochila con agua y comida, y se escapaba montaña adentro. Pero un día un gendarme trepó con sigilo y logró detenerlo. El sospechoso llevaba celular, GPS, cámara digital, pico, pala y 5 mil pesos. Era Fernando Araujo, el ideólogo del robo a la sucursal Acassuso del Banco Río, el líder de una pandilla que, cuatro meses atrás, había vaciado 145 cajas de seguridad sin que nadie lo notara. Los rumores dicen que la plata sigue allí arriba. Bauchazeta también es punto de encuentro entre la tragedia y el arte. Acá se buscó al hermano perdido de Ricardo Iorio. La letra de la canción "Allí en San Juan" (2001) menciona al baqueano local Nicanor Cortez, a quien el cantante de Almafuerte había contratado por sugerencia de una vidente. Aquella mujer, aún más escurridiza que los ladrones del siglo, le dijo que su familiar había pasado por esta zona de vegas, arroyos y cascadas. Pero nunca apareció.
Galgos, yuyos y hongos
"Los galgos han huelleado al león", dice Yolanda Ángel. Bajo los picos nevados y entre el arcoíris de colores que componen la quebrada de Chita, se enorgullece de un dispositivo de seguridad sui generis que usa para resguardar a sus gansos, gallinas y caballos de un puma que merodea por esos lares. Ahora sus perros están despatarrados, con la panza al sol, o poniéndoles los puntos a las gallinas y a los potros que se salen del camino. Yolanda llegó hasta aquí como casera. Su vida está en el pueblo de Iglesia, donde cultiva papa y es ama de casa. Cuando habla, su voz retumba en el valle, como si fuese la única persona a la redonda.
A pocos kilómetros, en los alrededores del pueblo de Tocota, Claudia Álvarez hunde los dedos en la nieve para cortar un arbusto. Los padres le enseñaron que la chachacoma combate el asma, el resfrío y la gripe; que el verde intenso de la muña-muña que crece en Bauchazeta, es un viagra criollo que también alivia los síntomas provocados por la menstruación, mejora afecciones de la vista y cura el empacho. Después de manejar tractores, regar campos vecinos y fabricar ladrillos de adobe en su casa, se especializó en los yuyos de la cordillera. Sale en excursiones de tres días y duerme a cielo abierto. Usa la montura del burro como almohada, apenas se tapa con un nylon y con algo de abrigo. De cada viaje se trae unos ocho bolsones con más de 20 variedades de yuyos que llegan a pesar 10 kilos. Ahora, en su casa de adobe adornada con un Jesús de madera bajo el rótulo "Cristo pobre", cuenta que –gracias a Dios– prácticamente no consume medicamentos, que las soluciones están encerradas en ese cajón donde atesora bolsitas con etiquetas que funcionan como prospectos.

Tocota tiene yuyos, sí, pero es famosa por los hongos. Después de un paisaje estepario con avestruces furtivas que paran, miran a los costados y disparan hacia el vacío con tranco explosivo, aparece un conjunto de formaciones de arenisca blanca, agujeros redondos y ovalados. El aire, impregnado de olor a jarilla, llena los pulmones para poder trepar hasta la más alta. Desde allí, dentro de una hondonada donde vuela un pájaro solitariose, se descubren los Hongos de Tocota: una docena de extraños conos forjados por el viento, la lluvia y el tiempo. Ya de regreso al pueblo, una tropilla de caballos galopa bajo la Cordillera de Olivares. Otra prueba de la potencia y la libertad que transmite el cercano oeste de San Juan.
Buena vida en Pedernal
Viajamos hacia el sur para descubrir la última quebrada de nuestra agenda. Los hornos de alta temperatura de la calera de Los Berros exhalan columnas blancas sobre los tonos rojizos de los cerros cortados al medio, como si fueran las secciones verticales de un lomo sangrante. Tras una curva aparece el paisaje protegido de Pedernal, una foto idílica del valle junto al cordón nevado del Tontal Sur. Los asados que se doran acá son famosos; se los marida con los varietales finos que crecen en las fincas, dueñas de una amplitud térmica perfecta para producir la bebida nacional.

Uno de los actores principales de la zona es la bodega Graffigna Yanzón, que se propuso la meta de llenar 50 mil botellas por año hacia 2018. Su tesoro es el Malbec. Santiago Graffigna, gerente, precisa los detalles necesarios para la producción de alta gama: suelos calcáreos, identidad, estructura de la fruta, tiempos de cosecha y nacionalidad del roble. Las apuestas para el mediano plazo están en el Pinot Noir: "Muy complicado de obtener, un tinto con las características de los blancos". Humilde, sugiere que su papel se limita a perfeccionar lo que dan las viñas. "El valle es homogéneo: el piso de cualquier uva es muy alto".
De camisa salmón y mejillas rozagantes, es entusiasta y entrador; proyecta una combinación de sencillez y prosperidad. Sabe transmitir los conocimientos heredados de su tatarabuelo, José, que mira atento desde un retrato ovalado expuesto en la sala de degustación. Sus ojos apuntan a la derecha, su bigote es elegante; la barba, corta. Una mesa ovalada con 12 lugares convoca tanto a visitantes extranjeros como a miembros de otras casas bodegueras.
Santiago continúa la línea de una familia que sólo habla de vino. El abuelo Duilio siempre acertaba con soluciones caseras a los desequilibrios químicos. El padre Duilio Clodomiro sigue podando las plantas de Pinot con una técnica de raleo que cuida con recelo. Los Graffigna supieron manejar volúmenes, estructuras y administraciones faraónicas, hasta que en la década pasada vendieron la empresa de 147 años al grupo francés Pernod Ricard. En esta nueva etapa, Santiago decidió achicar la escala, mantener el apellido y brindar una oferta integral. En noviembre de 2016 inauguró una posada en la finca que homenajea los placeres del vino con lujo y comodidad.

Nos despedimos del valle en la quebrada El Acequión. El camino arranca en el cauce arcilloso y serpenteante de un río que baja hasta una cascada de agua oscura. El suelo irregular, resultado de las rajaduras y elevaciones del movimiento sísmico, es carne de cañón para derrumbes esporádicos, pero la excursión no se siente peligrosa. Internarse en sus laderas es, también, perderse entre rocas gigantes, descubrir formaciones como torres y ventanas. La quebrada se abre, mostrando un horizonte verde, y se cierra, desafiando a encontrar la senda correcta. Para quien sabe respetarla, el disfrute está garantizado.
Si pensás viajar
La mejor época para descubrir las quebradas es entre octubre y abril. En invierno, las temperaturas alcanzan los -15 ºC.
Dónde dormir
Presidente Roca s/n. C: (0264) 499-8883.
Ambientes luminosos con ventanales que miran al Mercedario. Es el proyecto que soñó el ingeniero, empresario y funcionario Federico Ciari y que hoy continúan sus hijos. Ofrece 6 cabañas con capacidad para hasta cinco personas y un hostel con 12 habitaciones con baño privado, además de un parque con manzanos y pileta. La tarifa incluye desayuno.
Presidente Roca y Calle de los Enamorados. C: (0264) 509-0907.
Patrimonio cultural y arquitectónico, fue el solar donde, en 1928, empezó a construirse el primer hotel del pueblo. Se restauró hasta completar 7 habitaciones con calefacción, TV y aire acondicionado. De espíritu gauchesco cruzado por la vida de montaña. Cuenta con un restaurante que sirve jugosos cortes de parrilla.
Dónde comer
Restaurante Isidoro. Av. Roca s/n.
El único abierto todos los días todo el día. Comida sencilla y abundante.
Almacén El Palenque. T: (0264) 503-3145
Picada de campo con queso de oveja. Sólo al mediodía.
Bella Vista
A 220 kilómetros desde Barreal, por las RN 149 y RP 412; y a 173 km de San Juan capital, por las RN 40, RP 436, RN 149 y RP 412. Desde Bella Vista hay 35 km hasta el sendero que lleva a Bauchazeta, 40 km hasta el inicio de Chita y 44 hasta los Hongos de Tocota. Conviene contar con una 4x4, sobre todo para Chita.
Dónde dormir
La laguna s/n. C: (0264) 506-3074. postakamak@yahoo.com.ar
Guido Altamirana y Liliana Sánchez abrieron esta eco-posada en 2009 con 5 habitaciones en medio de un terreno donde, además, crían llamas, vacas y caballos. Entre las actividades que proponen se destacan las clases de cocina con productos cosechados en la huerta y la esquila en vivo. También ofrecen excursiones guiadas en 4x4 a varios destinos entre los que se destaca el PN San Guillermo.
Pedernal
Dónde dormir
Posada-bodega Graffigna Yanzón

RN 153 s/n. C: (0264) 15 565-6274.
Construida en la viña de la bodega, esta coqueta posada cuenta con dos habitaciones y restaurante abierto al público.
Paseos y Excursiones
C: (0264) 15 444-1700. leaniz.jm@gmail.com
El guía de montaña Juan Manuel Leaniz ofrece programas de aventura con distintos grados de dificultad. Travesía Bauchazeta-Chita (dos días y una noche). Visita de día completo al Valle del Pedernal y quebrada El Acequión. En caso de no contar con vehículo propio, se cotiza aparte.




