Valparaíso se recorre mejor en ascensor
En vez de viajar en ómnibus o a pie, los turistas pueden subir y bajar por los cerros de esta ciudad, con vista panorámica
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VALPARAISO (El Mercurio, de Santiago).- La ciudad de los ascensores, se sabe, tiene construcciones anárquicas sobre los cerros y un paisaje abierto al mar y a los vientos. Alguna vez fue capital financiera, cuna de empresarios y primer puerto del Pacífico sur. Puerto con toda la hombría que tienen los puertos. Puerto de bares, de volantines en septiembre. Puerto de nostalgias, de amores fugaces. Puerto de tangos y trolebuses. Puerto del viajero que estuvo sólo un día y se fue queriendo volver.
Pero Valparaíso es también la suma de un mundo de muchas curiosidades. Una de ellas: subir y bajar, y viceversa: bajar y subir. Suben y bajan los estudiantes, el humeante microbús que va por los horizontes del cerro, los jubilados, los taxis colectivos, los borrachos, algún niño y su perro. También suben desde el mar, en un afán de cielo, los ascensores de Valparaíso.
Hace 119 años, como una corriente novedosa y transformadora, los ascensores comenzaron a abrirse como un abanico sobre las verdes laderas del puerto, cambiando el ritmo del habitante y abriendo más ventanas al mar.
El primer ascensor se inauguró en diciembre de 1883 en el cerro Concepción. Su equipo motriz estaba compuesto por un complejo sistema de balanza de agua que se utilizó por muchos años. Después algunos adoptaron los motores de vapor, y ya desde 1906 se emplearon motores eléctricos.
Antes de la llegada del nuevo siglo se habían inaugurado otros tres: el del cerro Cordillera en 1886, el Artillería en 1893, y el Bellavista en 1897.
Luego, entre 1901 y 1910, entraron en funcionamiento once ascensores más. En 1901, el ascensor del cerro Panteón, y en 1902 El Peral, en el cerro Alegre, y el ascensor Reina
Victoria, segundo del cerro Concepción. En 1904 se habilitó el del cerro Mariposa, y en 1905 el del cerro Arrayán. Ese mismo año, el Esmeralda se sumó a los otros dos que ya poseía el cerro Concepción. En 1906 aparecieron dos nuevos elevadores: el del cerro Barón, que fue el primero en utilizar un motor eléctrico, y el del cerro Florida.
Luego, en 1908, nació el ascensor del cerro La Cruz, en 1909 los del cerro Larraín, y el del cerro Santo Domingo en 1910, el año del centenario.
Al llegar 1911, el cerro Bellavista, que ya contaba con su ascensor, incorporó una segunda instalación: el Espíritu Santo. Ese año también entró a funcionar el Villaseca, en el cerro Playa Ancha. En los cerros Placeres y Monjas se inauguraron, en 1912, sus respectivos elevadores. Y en 1913, el cerro Cordillera también se hizo de una segunda instalación: el San Agustín.
Estaciones en las laderas
De corta existencia fueron los ascensores instalados en 1914. El del cerro Merced duró realmente muy poco, y el del cerro Ramaditas quedó inutilizado durante un largo temporal de lluvia, en agosto de 1941, al desprenderse parte de la ladera del cerro.
En 1915 entró en funcionamiento el que es en realidad un verdadero ascensor, por su accionar vertical: el ascensor del cerro Polanco, que cuenta con estación baja, intermedia y superior. También en 1915 comenzó a operar el del cerro Lecheros. Hacia 1925 se instaló el del cerro Delicias, conocido como ascensor Delicias, Las Zorras o El Hogar, el único que se tomaba arriba del cerro, en la avenida Washington, para continuar subiendo hasta la calle Antofagasta.
Las instalaciones de ascensores terminaron con la puesta en uso, en 1925, del ascensor del cerro Las Cañas, y después, en 1932, en el cerro Perdices.
De los 27 ascensores citados, sólo quince están hoy en funcionamiento, y aunque a primera vista alguien pueda decir que se parecen, cada uno es absolutamente singular.
Entre sí difieren no sólo por el año de construcción, o por los equipos motores que adoptaron a través del tiempo, sino también en la cota que alcanzan; en la longitud de sus líneas; en la estructura de las estaciones altas y bajas, que pueden ser con accesos directos a la calle o bien llegando a ellos por medio de algún pasaje.
Hay ascensores que pasan sobre una calle, y otros que pasan debajo. Hay unos para desconectarse, en sólo dos minutos, del centro de la ciudad; otros que dominan la bahía, y otros algo escondidos. En algunos se paga en la estación baja, y en otros se paga arriba . Esto último es meramente filosófico.

