Como reinas, en un paseo épico de Montreal a Quebec
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El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Olga Pisani. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos LNturismo@lanacion.com.ar
Después de algunos topetazos, logramos domar la espléndida máquina Hyundai automática que habíamos alquilado para recorrer los 250 kilómetro que separaban Montreal de nuestro próximo destino: Quebec. A pesar de que era un poco más largo, decidimos ir por El camino del rey (Le chemin du roí), que bordea el río Saint Lawrence y tomarnos el tiempo necesario para conocer alguno de los pueblitos que crecen a su vera. A mitad de camino paramos en Trois Rivières.
Ubicado en la confluencia de las tres bocas o canales que tiene el río Saint Maurice -de allí su nombre-, fue fundado en 1634 por el explorador francés Samuel de Champlain. En sus orígenes funcionó como un puesto de frontera y años después (1697) se convirtió en asiento del obispado católico y de la orden de las monjas francesas, las Ursulinas.
Trescientos años después, las construcciones de la orden dominan el centro histórico de Trois Rivières: el viejo pensionado para las jóvenes que venían desde lejos, la iglesia, la residencia de las monjas (hoy museo) y el hospital.
Llegamos por la mañana de un domingo y aún estaba todo cerrado. Buscamos el río. Al final de la calle principal, vacía y silenciosa, encontramos una espléndida escalinata que bajaba a la costanera del Saint Lawrence. Flores, bancos y, de tanto en tanto, tramos de escaleras para subir a la calle que desde lo alto mira al río.
Una vez arriba, caminando por las callecitas de la zona vieja encontramos en sus muros versos que hablaban de amor. Hacía muy poco había tenido lugar el festival internacional de poesía, que se realiza cada setiembre. De ahí que Trois Rivières sea considerada la capital internacional de la poesía.

Seguimos viaje y al llegar a Quebec, encontramos que la vieja ciudad (casco histórico) al igual que Lisboa, tiene una parte alta, la haute ville, y otra baja, la base ville, comunicadas por un ascensor y una extensa escalinata, popularmente llamada cou-cassé (cuello roto), que no ofrece dificultad ¡siempre que se trate de bajar!
La ciudad de las dos partes
En la parte alta, a fines del siglo XIX, el gobernador Dufferin impulsó la construcción sobre los restos del fuerte Saint Louis, del hotel más lujoso de la época: el Château de Frontenac. Abrió sus puertas en 1893 y durante 120 años fue el elegido para las fiestas glamorosas y también para las reuniones de la alta política: se dice que Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill planificaron el desembarco en Normandía en alguno de sus salones.
Muy francés, el Château cuenta con torres, torreones, gabletes y buhardillas, altas chimeneas y falsas almenas. Si bien la entrada principal está sobre la calle Saint Louis, la fachada del hotel despliega su majestuosidad sobre la enorme terraza Dufferin, una gran rambla de madera, construida en 1838.
Majestuosa, la decoran glorietas, asientos y farolas de hierro forjado, y al arrimarse a la baranda la escena deslumbra: hacia abajo las viejas murallas de la ciudad, luego el río con la Île de Orleáns al medio y por último, los barcos amarrados en el Vieux Port.
A medida que uno desciende, la magnífica vista que teníamos desde la terraza da paso a un enjambre de callecitas empedradas y angostas en las que pululan los visitantes de Le Petit Champlain. Y hacia allá fuimos.
Muros que son historia
Una vez abajo, sobre una de las calles lindantes de la Place Royal, la pequeña iglesia de piedra Notre Dame de Victoires construida en 1687, y, sorprendentemente, bien conservada. A la vuelta de la plaza, Le Fresque, el mural gigantesco que cuenta la historia de Quebec.
En 420 metros cuadrados, se suceden escenas de la vida cotidiana y de personajes que hicieron historia: Samuel, el explorador fundador; Marie Guyart, la superiora de la primera orden de las Ursulinas, asomada a un balcón; el gobernador Lord Dufferin; y, por último, los obreros y artesanos franceses, irlandeses y británicos, que se asentaron en este lugar. Esta joya del arte callejero comenzó a pintarse en 1999 y se terminó en 2003.
Le Petit Champlain sigue siendo el lugar en que pintores, artesanos y diseñadores exhiben objetos de excelente gusto y factura pero también abundan pequeños restaurantes (en el Sapristi comimos unas pastas italianas ¡excelentes!) en los que la comida gourmet y su presentación son por igual exquisitas.
Buscábamos la calle de los paraguas y dimos vueltas y vueltas hasta que en un cul de sac la encontramos. Rojos, amarillos, verdes y azules forman un gran techo por donde se filtraban los rayos de sol: parecía un arcoiris callejero. ¿Por qué los paraguas? Porque la Cooperativa de comerciantes del cul de sac se propuso atraer los visitantes a ese rincón de la villa baja, entonces lo convirtieron en ¡un Cherburgo!

Otra mañana nos dirigimos hacia las famosas planicies de Abraham, un enorme pulmón urbano en pleno corazón de la ciudad, que va desde las murallas hasta el río Saint Lawrence. Allí tuvo lugar en 1796 la Batalla de las Llanuras entre británicos y franceses. Testimonio de ella son los viejos cañones que reposan inactivos sobre el césped y unas torres vigías, aunque hoy es un lugar privilegiado para hacer actividad física o caminar al borde del río.
Más tarde rumbeamos hacia el Mercado del Viejo Puerto. La frescura de sus frutas y verduras y el buen gusto con que son expuestas, invitan a recorrerlo: pirámides de choclos, canastos con pimientos de cada color, tomates ordenados en perfecta simetría. ¿Y lo mejor? Almorzar en el mercado: nosotras disfrutamos de una deliciosa terrine chez canadien.
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