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En el mercado Dolac, al lado de la Catedral, se perbice cierta inquietud. Los puesteros, que ofrecen al aire libre sus frutas, verduras y quesos como el delicioso paski sir, temen la inminente llegada de los controles fiscales, y a eso se suma la posible avalancha de rebajas de precios en las cadenas de supermercados. El Dolac es, más que un espacio comercial, un sello cultural de la capital croata, a tal punto que los paraguas de ?estine, las sombrillas rojas con círculos de colores que dan sombra a los puestos, se venden como souvenir.
Las boutiques de la calle más caminada, Ilica, preservan su carácter local, sin esnobismos. La ropa es sobria ?hay muchas casas de zapatos y sombreros?, y las vidrieras son tan austeras que casi pasan desapercibidas.
Medio siglo de imperio austrohúngaro (1867-1919) dejaron una huella notable en su arquitectura, y los siglos precedentes también, por supuesto. Pero hoy su espíritu está impregnado de mediterraneidad. No hay Starbucks, sí cafés únicos y coloridos en cuyas terrazas la gente hace recreos de no menos de una hora. Para el ritual del café del sábado inventaron una palabra, el ?pica. El tema es así: la gente se pone su mejor ropa, unas buenas gafas de sol, y se sienta en algún café de la peatonal Bogovićeva. La calle es una terraza mayúscula, para mirar y ser mirado, o captado por las cámaras de televisión.
Si hay malls, están fuera del centro. Abundan librerías y cines retro. Uno de ellos es el Europa, lugar de culto para los realizadores independientes y sede del Festival de Cine de Zagreb.
De la vuelta urbana, mis elegidos son el pasaje Oktogon y su cúpula de vitraux, la plaza de las flores, el Archivo Nacional por dentro, el Jardín Botánico, el cementerio Mirogoj y sus espectaculares mausoleos, y el neobarroco edificio del Teatro Nacional de Croacia. Este último se encuentra en la plaza del Mariscal Tito. Una agrupación junta firmas para cambiarle el nombre de Tito por el más neutral Plaza del Teatro. El líder de la Yugoslavia socialista, nacido en Kumrovec, ciudad cercana a Zagreb, es tan amado como odiado hasta hoy. Muchos coinciden en que lo suyo fue un comunismo light; en la realidad política de su época se trató de un estado no alineado a la Unión Soviética, ni al Pacto de Varsovia, ni a la OTAN.
Me cuenta Jasenka, la guía que habla español y visitó tres veces la Argentina, que por acá pasaba el Orient Express en su trayecto de París a Estambul. Por eso se construyó el Hotel Esplanade ?el más lujoso de la ciudad? al lado de la pomposa Estación General de Ferrocarril.
Para llegar a la parte alta de la ciudad se puede tomar el funicular, que tarda exactamente un minuto en subir. A la salida está la torre Kula Lotr?ćak. Los relojes se ajustan con el disparo de su cañón, todos los días al mediodía. Esta zona llamada Gornji Grad es un ticket al pasado. Cuando baja el sol, se puede ver a dos hombres que encienden una a una las 200 lámparas de gas que alumbran sus calles.
A pocos metros, la iglesia de San Marcos con su techo de mosaicos de colores es el centro de la vida política. En julio, mientras muchos zagrebíes activan el out of office y parten hacia la costa del Adriático, sedientos de mar, en esta zona se organizan las noches de verano de Zagreb, con conciertos de música clásica y folk.
Datos útiles: Dónde comer y dormir y qué hacer en Zagreb.
Cerca de Croacia: Atenas barrio a barrio / Imperdibles de la gastronomía italiana
Por Cintia Colangelo. Nota publicada en abril de 2014. Extracto de la nota publicada en revista Lugares nº 213.


