Arquitextos: Compaired, Kalondi y las mentiras
Por Luis J. Grossman
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Héctor Compaired fue un arquitecto y diseñador argentino que integró el talentoso grupo juvenil reunido en torno de Agens, una empresa de diseño y publicidad que formó parte de la corporación Siam Di Tella. Pero en aquellos años (las míticas décadas del sesenta y el setenta) fue la caricatura lo que hizo famoso a Compaired con el seudónimo de Kalondi.
Hay piezas gráficas de Kalondi que son, aún hoy, con su trazo de líneas limpias y suntuosas, ejemplos del más refinado arte del dibujo humorístico, pero recuerdo una en particular por el impacto que produjo entre estudiantes y docentes de la Facultad de Arquitectura de la UBA.
Una anciana íntegramente vestida de negro sube, con gesto encorvado y fatigoso, los peldaños de una alta escalinata que asciende hacia una ruinosa fachada gótica. Lleva en la mano un gran velón encendido. Dos jóvenes que bajan desde lo alto de las escaleras la miran con una mueca sonriente y le dicen: "No, abuela, ésta es la Facultad de Ingeniería?"
Curiosamente, desde que vi aquel hermoso dibujo de Kalondi pensé que, en realidad, los confundidos eran aquellos muchachos y no la anciana penitente. Porque si hemos de creer en el carácter de una construcción, en aquello que convierte un conjunto de materiales en una obra de arquitectura, nada en ese edificio hace pensar en una facultad, y menos aún en una escuela donde se enseña ingeniería.
Para los lectores que no viven en esta ciudad (me han dicho que los hay incluso fuera del país), debo hacer una aclaración: en la avenida Las Heras de Buenos Aires, casi en el cruce con la avenida Pueyrredón, se alza un edificio de perfiles góticos y aspecto antiguo. Es la sede donde se dictan varias asignaturas de la carrera de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires. Una alta escalera lleva al acceso principal y en ese escenario transcurre el episodio del dibujo de Kalondi. La fisonomía de esta construcción recuerda los rasgos de muchas catedrales levantadas por el cristianismo en la Edad Media, y por eso se justificaba de sobra el presunto error de aquella viejita.
Con todo el respeto que merece el estilo gótico, el que gocé primero en los escritos de Worringer y más tarde en los emotivos itinerarios por Chartres, Reims o Colonia, debería aclararse que estamos frente a una mera imitación con estructura de acero y no de sillares de piedra encastrada, como eran levantados esos maravillosos templos en el Medievo.
Por eso resulta paradójico que jóvenes que aspiran a dominar las artes de la ingeniería pasen sus primeros años dentro de una mentira, que no es otra cosa el edificio de marras. No parece el mejor escenario para despertar la fantasía y la imaginación creadora en los alumnos que ambicionan alcanzar y aun superar los límites que hoy nos plantean materiales y técnicas muy avanzados.
He reflexionado en torno de aquel dibujo como recordación y homenaje al inolvidable Héctor Compaired, Kalondi.



