Bien vale la pena mirar al techo
El olvido de una práctica interesante
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En los edificios corrientes, la mayor parte de la arquitectura moderna olvidó una práctica que era habitual en épocas anteriores. Me refiero a ornamentar los techos, el interior de los espacios en su parte superior.
Esto se hacía naturalmente con las estructuras de las cubiertas inclinadas de madera. Se presta, ya que tienen muchas piezas y ensambles. De ahí a las complejas bóvedas del gótico parece haber un paso, y uno bastante corto.
Desde un punto de vista más práctico, es fácil percibir que en nuestros ambientes actuales, ésa es la única superficie que no puede ser ocupada por armarios, cuadros, puertas, ventanas, y otros elementos necesarios para otorgar practicidad a los "pequeños ambientes de hoy en día", como decía nuestro ya remoto profesor de teoría de la arquitectura, el inolvidable Ermete De Lorenzi.
Los techos no se tocan, de modo que pueden ser motivo de contemplación -ocupan una parte del campo visual-, pueden contar historias. Contaron historias complejas y elaboradas desde el Renacimiento, y Miguel Angel pasó varios años en un andamio pintando el Juicio Final en el cielo raso de la Capilla Sixtina.
El ejemplo de Le Corbusier
Ese pensamiento parece haber regresado disimuladamente en los años 30 a la obra de Le Corbusier, al menos en las construcciones de carácter semirrural, con la forma de pequeñas bóvedas que cubren ambientes en casas proyectadas para fin de semana o veraneo, hasta culminar en las bóvedas de las casas Jaoul en París y la gran superficie antiabovedada de la capilla de Ronchamp. Nunca se atrevió a pintarlas, a retomar los relatos pictóricos; hubiera sido traicionarse.
En el presente, ese afán ornamental concentrado en el límite superior de los espacios está representado por una analogía del gótico. Me refiero a las grandes estructuras que cubren espacios vastos. En ellas se puede sin remordimientos hacer proliferar las piezas y las uniones. Si sus autores recibieran el calificativo de neo-neo-góticos , lo rechazarían indignados, exigiendo que reconozcamos en sus techumbres metálicas y vidriadas una pura expresión de la alta tecnología, comúnmente llamada high-tech (ver nota sobre este tema en esta misma sección, el número 374, del 23 de mayo último).
No habría mucho motivo de indignación, en realidad. Bien mirado, el gótico era en su tiempo absolutamente high- tech . Llevaba al extremo lo que puede hacerse con la piedra, sin dejar de lado que para hacerlo, imitaba lo que puede hacerse con la madera con menos esfuerzo.
La estructura de madera está también detrás de las primeras estructuras de hierro, y lejos, muy lejos en el tiempo, el templo griego (de piedra) copiaba, según dicen, los templos o cabañas de madera que eran de algún modo la casa del dios o la diosa que fuera del caso.
Carpinteros, carpinteros de barcos, parecen haber sido antes los constructores góticos, activos traductores de un material en otro, y este procedimiento está en todas las arquitecturas -no en la totalidad de la arquitectura-, pero está presente. Eran importantes los carpinteros, y dicen que arqui-tectón es carpintero y un poco más.
Los interiores de hoy
Lejos del minimalismo, las complejas estructuras de techos que nos producen admiración están respondiendo a la humana necesidad de tener algo para mirar dentro de la arquitectura.
Desmienten la idea, un tanto mezquina, de que sea solamente lo estrictamente necesario para el uso lo que debemos ver en nuestros interiores.
¿Acaso cuando llegamos a lugares que queremos hacer nuestros, no nos apresuramos a decorarlos con recuerdos personales y familares, con imágenes que nos evocan momentos emocionalmente significativos o con los objetos que reafirman nuestro prestigio?
El autor es arquitecto y profesor titular de la Universidad de Belgrano.



