Colombia y la paz tan anhelada
Laureano Forero diseñó un santuario en Medellín
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Medellín es la segunda ciudad de Colombia. Con dos millones de habitantes, la población se extiende a una altura de 1500 metros sobre el nivel del mar con todos los rasgos de una ciudad.
Se caracteriza por una bellísima condición topográfica, un valle rodeado por altas montañas y tiene otra circunstancia que es la huella de una ya legendaria guerra de guerrillas con multitud de muertos y secuestros, lo que origina una enorme ansiedad en todos los colombianos en la búsqueda de una paz definitiva.
Por otra parte, la profunda raíz católica del pueblo colombiano, herencia de la conquista española, induce a la población a buscar una respuesta en la religión, la que está representada en el símbolo que expresa la Virgen.
Por eso, un grupo de ciudadanos de Medellín, encabezados por el arzobispo de la ciudad, consideró la posibilidad de construir un santuario dedicado a la Virgen Santa María de la Paz.
La idea era no sólo la de aglutinar a la feligresía en su devoción traducida en las plegarias, sino también la de propender a una auténtica pedagogía de la pacificación y la no violencia.
Como representante de la mejor arquitectura actual en su país y como conocedor de las aspiraciones de sus compatriotas en cuanto a la búsqueda de la concordia y la paz duradera, fue convocado el arquitecto Laureano Forero. La encomienda consistía en proyectar un santuario para alrededor de sesenta mil concurrentes.
Un faro de la fe
Forero señala que las referencias sociales y filosóficas contenidas en el planteo del santuario exigían una respuesta urbana que exaltara su presencia en la ciudad, a manera de un punto focal, "un faro identificable desde cualquier rincón de Medellín".
En este sentido, la situación de valle rodeado de montañas permite localizar en las laderas un sitio de excepcional dominio visual desde y hacia el área urbana, de fácil acceso y gran potencial en cuanto a sendas de peregrinación.
Así, se asienta la explanada con capacidad para sesenta mil personas en la cresta de una de las vertientes montañosas, labrando a manera de intaglio el área de reunión.
La misma topografía da como resultado del corte la forma de pez que coincide con el símbolo de comunicación de los cristianos en sus manifestaciones iniciales.
Al referirse a la idea que dio origen al proyecto, el arquitecto Forero destaca que decidió manejar como componentes únicos del espacio de reunión los que son omnipresentes en la vida del hombre: la tierra, el aire y el agua.
La tierra hace su aporte con las elaboradas curvas de nivel que -como en Nazca- graban con su luz y sombra la nueva forma del espacio.
El aire, exaltado por la vasta magnitud del espacio visible desde la altura, y el agua, con sus reflejos y su movimiento, subraya los quince mástiles que evocan las estaciones del Vía Crucis en un crescendo que asciende desde la ermita de la Virgen y culmina con una altura máxima de setenta metros. Se establece así un fuerte contrapunto entre los elementos verticales de metal y la vigorosa masa de mampostería de ladrillos que forma el zócalo horizontal.
En coincidencia con esta mayor altura del Vía Crucis se ubica el altar de grandes celebraciones en el vértice de la forma de pez, mientras el costado opuesto se equilibra con un edificio zócalo que contiene las salas de seminarios, auditorios y el equipamiento docente que responde a un programa de pedagogía de la paz.
Este planteo, en apariencia tan simple, dio origen a una creación arquitectónica de muy alta calidad que marcará su fuerte presencia tanto de día como por las noches.
Una notable ubicuidad
Larga trayectoria
En estos momentos, el arquitecto Laureano Forero Ochoa, designado el año último entre los Diez Maestros de la Arquitectura Latinoamericana, trabaja en dos proyectos para los que estableció sendas sociedades.
Uno se desarrolla en la ciudad de Rosario: se trata del Centro Municipal para el Distrito Centro, en la vieja estación Rosario Central, proyecto que realiza en sociedad con un estudio argentino. El otro, la rehabilitación de un edificio singular como la catedral de Pereira, en Colombia, lo encara con el arquitecto catalán Josep María Botey, bien conocido por su tarea en obras de Gaudí y, actualmente, en la catedral de Barcelona.
Forero: hacia una arquitectura de la ilusión
El tiempo debe ser un ingrediente esencial
Allá por 1964 asistí a un curso de diseño industrial en el Politécnico de Milán, poco después de graduarme en arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia. Pude ponerme en contacto con el arquitecto Gio Ponti, que era el honorable profesor de esa especialidad. Conocía de antemano la gran calidad de Ponti a través de sus proyectos de escenografías para la Scala, el edificio Pirelli de Milán, la revista Domus.
Le pedí ingresar en su estudio, donde había gran cantidad de arquitectos de diferentes países. Trabé una gran amistad con el dibujante-jefe, el que me sorprendía, además de su profesionalismo, por estar trabajando siempre en el mismo proyecto: la catedral de Taranto. Me contaba que desde hacía 13 años dibujaba continuamente esa iglesia, ya que Ponti, cuando todo indicaba que le pondría punto final, la cambiaba y todo volvía a empezar.
A los 25 años, con la peculiar premura de la juventud, no podía creer que fuera posible que un arquitecto pasara tanto tiempo haciendo el diseño de un edificio cuando para mí la meta era "tratar de inmortalizarnos a la mayor brevedad posible".
Pero empecé a comprender que la buena arquitectura, aquella que permanece en el tiempo, es necesario moldearla, dejarla madurar, que vaya recibiendo cada día las nuevas ideas que a su vez van generando otras y así componer lentamente, armónicamente, un trabajo cuyo resultado se concilie con la maravillosa ilusión con la cual se originó.
Esa arquitectura, que hoy puedo llamar "la arquitectura de la ilusión", se aparta cada vez más de nuestras posibilidades. Antes madurábamos las ideas, hoy las convertimos en edificios sin cuestionarlas siguiera, gracias a la veloz computadora.
Esa arquitectura de la ilusión, que produjo obras excepcionales en el pasado, va quedando empañada hoy por esa otra efímera, casi desechable como todas las ideas inmaduras.
Este año cumplo 17 años de trabajar en el proyecto del santuario, no porque quiera superar el récord de Ponti, sino debido a que obras que se apoyan en la buena voluntad de las gentes permiten que la arquitectura de la ilusión permanezca presente, desgraciadamente no para toda la hermandad de los arquitectos, pero sí en este afortunado caso para mí.



