Con ojos de arquitecto
Por Luis J. Grossman
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En una célebre conferencia dictada en Darmstadt en 1951, Martín Heidegger expuso con el título Bauen, Wohnen, Denken ( Construir, habitar, pensar ) una serie de conceptos medulares, algunos de los cuales me parece valioso evocar a pocos días de celebrarse el Día Mundial de la Arquitectura.
A partir de la palabra del alto alemán antiguo que corresponde a construir -buan- y que significa habitar , Heidegger deriva que construir -bauen- significa originariamente habitar. Este, subraya el filósofo, no es un cambio semántico que tiene lugar solamente en las palabras.
Con el ejemplo de una antigua casa de campo de la Selva Negra, queda claro que los campesinos de la región sabían construir y que sólo habitaba aquél que había construido. Lo que no hace sino ratificar la idea de que durante milenios hubo arquitectura sin arquitectos , un largo capítulo de la historia que documentó brillantemente Bernard Rudofsky en un libro con ese título ( Architecture without architects , 1964), que tradujo con acierto al español el arquitecto argentino Raúl Grego.
Una tarea similar realizaron, entre otros, el arquitecto Carlos Flores en España, Giovanni Spalla en Italia, sin olvidar los trabajos de Paul Oliver ( Cobijo y sociedad ) y el de Myron Goldfinger ( Antes de la arquitectura ).
Somos, pues, los arquitectos, depositarios de una herencia ancestral que está en la esencia de la naturaleza humana.
Presencia cotidiana
En infinidad de textos se testimonia la reverencia que despertaban edificios o conjuntos edilicios emblemáticos desde épocas muy remotas. Y esta presencia de la arquitectura en las imágenes cotidianas se confirma en las informaciones que recibimos a diario, donde son los edificios los que encarnan las decisiones o las políticas que se anuncian.
Todo ese repertorio de formas arquitectónicas y espacios urbanos se incorpora a las expectativas de los turistas, los que se muestran impacientes por observar en vivo aquellos lugares que se identifican con el paisaje urbano de una determinada ciudad (y que fueron previamente registrados mediante films o series televisadas, en ese ida y vuelta que tan bien ha examinado Marc Augé).
Por eso, que uno no se sorprende si así como es natural que el que llega por vez primera a París se imponga la inmediata visión del Louvre, hoy haya viajeros que llegan a Bilbao para ver el Guggenheim de Gehry.
Pero el que arriba, por ejemplo, a Barcelona, sabrá que si esa ciudad luce el virtuosismo de un solista como Antonio Gaudí, hay un contexto que lo rodea dignamente y está compuesto por una masa de arquitectura de gran calidad, cuyo impacto puede compararse con el efecto de un coro homogéneo, armonioso y afinado.
Lo dicho para la capital de Cataluña puede aplicarse con igual argumentación para París, Roma, Praga, Viena o Londres. Es decir, la fuerza expresiva de una ciudad se nutre de una suma de arquitectura virtualmente anónima, en medio de la cual se destacan los acordes que emiten algunos solistas, articulándose de ese modo una rapsodia formal que, a la vez que nos deleita, revela los rasgos de una sociedad y de un tiempo.
Fue una excelente oportunidad la que impulsó con energía y entusiasmo el Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo (CPAU) en conjunto con la Sociedad Central de Arquitectos (SCA).
Y las reflexiones que se escucharon en conferencias y diálogos serán material valioso para futuros debates.



