Cuidado con la "no-ciudad"
Por Luis J. Grossman Para LA NACION
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¿Qué suponen los gestos en principio elementales de entrar y salir? Con esta pregunta se inicia el primer capítulo ( Elogio del afuera ) del libro Sociedades movedizas, de Manuel Delgado, Anagrama, Barcelona, 2007. El subtítulo que eligió el investigador catalán, Pasos hacia una antropología de las calles , expresa bien los objetivos de su trabajo y el marco conceptual en el que se mueven sus ideas. Ciertamente que todo lo que abarca en su análisis este concepto del afuera y el adentro, lo público y lo privado, se sitúa en el campo de lo urbano y, a mi modo de ver, cobra una importancia vital para el futuro de nuestras ciudades, si pensamos en la noción de ciudad como crisol en el que se concretan y amalgaman las relaciones sociales y culturales de un determinado asentamiento humano.
El paseo repentino
En sintonía con la pregunta que inicia estas líneas, acordaremos que la expresión "¿van a salir?", o "anoche salimos" tiene hoy bastante poco que ver con lo que esa frase implicaba hace años. En efecto, la idea de "una salida" equivalía a un paseo que, por lo general, podía incluir, además del placer de la caminata ahora primaveral, con el aroma de las glicinas, el encuentro con amigos, quizás una película o un recital, y una tertulia alrededor de un café o una comida.
El itinerario actual es distinto: bajar al subsuelo por el auto, abrir y cerrar el portón con la tecla del control remoto. Estacionar en el garaje del complejo de cines donde ya se reservaron entradas, subir a la sala respectiva y después, para no mover de nuevo el coche, comer en uno de los lugares dispuestos con ese fin (patio de comidas o algo por el estilo) y regresar al punto de partida por el camino inverso. Esa fue, en síntesis, la salida. En el libro que mencioné más arriba, Manuel Delgado cita y reproduce un relato breve de Franz Kafka, El paseo repentino, que revela un impulso típico del habitante urbano: "Cuando uno se encuentra en la calle, y ve que sus miembros responden con singular agilidad a esa libertad que se les ha concedido; cuando gracias a esta decisión uno siente reunidas en sí todas las posibilidades de decisión; cuando uno comprende con más claridad que de costumbre que posee más poder ( ) y cuando uno recorre así las largas calles; entonces, por una noche ( ) adquiere su verdadera imagen y estatura".
Hace mucho que insisto en la trascendencia que, para la vida social y democrática de una comunidad, tiene la defensa irrestricta del espacio público urbano y su progresivo mejoramiento, y la calle es el proscenio de ese espacio, el lugar ciudadano por naturaleza. Ya comentamos en esta columna la notoria desaparición de los niños de la vivencia callejera, y el avance de los hábitos endógenos en la vida urbana, lo que está marcado por las entregas a domicilio, las pantallas de plasma, el home-theatre, la computadora e Internet. Todo esto, en un escenario de ciencia-ficción, amenaza con una triste imagen de las calles vacías y, como consecuencia, cada vez más inseguras. Este sombrío panorama no sólo está cerca, sino que ya está instalado entre nosotros. Por eso me permito señalar al nuevo jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: cuidado con la no-ciudad.
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