De dogmas y manifiestos
Por Luis J. Grossman
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Este espacio no está destinado a tratar temas cinematográficos, pero algunos ecos del Festival Internacional de Cine Independiente que acaba de realizarse en Buenos Aires proponen -a mi modo de ver- cuestiones que pueden generar diálogos enriquecedores en los más diversos ámbitos. Entre ellos, el de la arquitectura.
El provocador (en todo el sentido del término) de ese interés es un director danés llamado Lars von Trier, de quien conocimos aquí el film Contra viento y marea . En 1995, von Trier dio a conocer diez preceptos a los que se conoce desde entonces como Dogma 95.
A pesar de que el director danés no viajó a Buenos Aires (se dijo que no usa el avión), hubo dos coterráneos que lo representaron cabalmente: su asistente de dirección, Kristoffer Nyholm, y Jens Albinus, protagonista de una de sus películas. Gracias a su sintética elocuencia escandinava y a lo apropiado de las preguntas que se les formularon, pudo registrarse bien la idea central del tan meneado Dogma 95.
"El Dogma 95 cuestiona la forma de trabajo de la industria del cine, que está yendo en círculos. Todos los cuestionamientos de la nouvelle vague en los años 60 desaparecieron, y es un problema general de todas las artes. Hay una forma muy materialista y autosuficiente de mirar el mundo. Nuestros filmes subvierten ese modo materialista de pensar", dijo el colaborador del director danés -Kristoffer Nyholm- en una entrevista en el festival porteño.
No es éste el lugar para examinar en detalle el decálogo nacido en Dinamarca, pero podría decirse que intenta retornar a algo así como un grado cero del cine (registrar imagen y sonido con cámaras de mano, prescindir de efectos especiales, etcétera). En este punto, y en la misma forma de exponerlo, encuentro motivos para una evaluación más prolongada y profunda que, obviamente, no se agota aquí.
Un dato que no parece menor da cuenta del gran interés que este tema originó entre el público joven que asistió al encuentro cinematográfico de Buenos Aires.
Los manifiestos
Lo dice muy bien Alejandro Maci ( La Nación , 7 del actual), "El arte es antidogmático por definición", y afirma a continuación que el Dogma 95 es un estallido antidogmático, aunque suene a paradoja. Pero he de decirle a Maci que esto no es nuevo: hace más de ochenta años, en 1918, Tristán Tzara decía en el Manifiesto Dadá: "Escribo un manifiesto y no quiero nada, y sin embargo, y en principio, estoy contra los manifiestos lo mismo que estoy contra los principios. Escribo este manifiesto para que se vea que la gente puede ejecutar simultáneamente acciones contradictorias mientras se toma una bocanada de aire fresco...".
Entre 1918 y 1919, Walter Gropius, con algunos anticipos de Bruno Taut, redacta la proclamación de la Bauhaus con una teoría que tiene vigencia aún en este tiempo. André Breton publica en 1924 el Manifiesto Surrealista, que dicho sea de paso -dato curioso- proclamaba el surrealismo como movimiento literario y sólo se refiere a la pintura (su más notoria manifestación) en una noa a pie de página. En 1928 se da a conocer la Declaración CIAM, siglas de Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, firmada por veinticuatro arquitectos de ocho países europeos. Desde aquel manifiesto (en el que su artículo segundo expresaba que "la idea de la eficiencia económica no implica que la producción ofrezca un beneficio comercial máximo, sino que la producción requiera un mínimo esfuerzo de trabajo") hasta 1956, cuando se realizó el CIAM en Dubrovnik, hubo varias etapas de desarrollo.
Pero lo cierto es que ese año, junto con el último congreso nació un nuevo grupo -bautizado Team X- que aportó también un nuevo ideario en materia de arquitectura y urbanismo, en el que reaccionaba contra la discutible retórica de la Carta de Atenas, producida en el CIAM 4 de 1933.Esta vez fue un grupo de no más de diez arquitectos (entre los que recordamos a Alison y Peter Smithson, Aldo van Eyck, Jacob Bakema, Georges Candilis y Woods) el que promovió la reacción y lanzó nuevas ideas.
Hubo de hecho algunos resplandores que motivaron adhesiones y rechazos. Tal es el caso de Robert Venturi ( Complejidad y contradicción en arquitectura ) a mediados de los años sesenta, y Aldo Rossi más en los setenta ( La arquitectura de la ciudad ) con la llamada Tendenza . También debe recordarse el encuentro de críticos y creadores (con el impulso de Bruno Zevi y Jorge Glusberg) que emitió la Carta de Machu Picchu .
No obstante, hay que admitir que hubo más de cuatro décadas sin planteos de semejante nivel ni manifestaciones que revelaran osadía o repudio. Tal vez por eso nos sentimos tan tocados por las expresiones agudas y provocadoras del Dogma 95.



