El escenario para una mentira
Por Constaza Guariglia
1 minuto de lectura'
"¡Buenos días! Y por si no te veo, ¡buenas tardes y buenas noches!" Así, amable por demás, saludaba Truman Burbank a su vecino todas las mañanas, al salir de su casa. Una casa prolija, de cercas blancas impolutas con un verde jardín en un barrio también impoluto de calles de adoquines amarronados. Un universo ficcional que intenta, contra viento y marea, preservar el engaño que se desarrolla en un contexto idílico, como salido de un aviso de detergente de los años 50. The Truman Show es una historia en la que se plantea el perverso y extraño atractivo de los reality shows. En la ficción del film, Truman es un huérfano adoptado por un estudio para ser el protagonista ingenuo del show de mayor rating de toda la historia de la televisión. Todo, en esta pequeña ciudad costera está orquestado para perpetuar el engaño. Nada en la vida de Truman es real, ni su mujer ni su mejor amigo, su madre o difunto padre. Sólo que Truman no lo sabe y vive su vida ignorante de las cámaras que captan cada uno de sus movimientos. Pero la gran paradoja de este film que pone el foco en la relación entre la ficción y lo real, lo público y lo privado, es el escenario en el que fue filmado. Al ver esa ciudad como de juguete, idílicamente tranquila y pequeña, provoca ganas de aplaudir la dirección de arte por crear una escenografía tan perfecta..., sólo que no es tal: es una locación. La ciudad de Seaheaven es, aunque usted no lo crea, una ciudad de verdad, real. Su nombre es Seaside y queda en las costas del estado de Florida.
Construida a partir de 1981 según planes del dúo de arquitectos estadounidenses Andres Duany y Elizabeth Plater-Zyberk, y con la asesoría del arquitecto y teórico luxemburgués Leon Krier, Seaside es uno de los grandes exponentes del Nuevo Urbanismo, corriente que promueve la creación y el mantenimiento de un ambiente diverso, escalable y compacto, con comunidades completas estructuradas de forma integral: lugares de trabajo, tiendas, escuelas, parques y todas las instalaciones esenciales para la vida diaria de los residentes, todas dentro de una distancia fácil de caminar. Allí, donde se marcó como objetivo construir una ciudad a escala vecinal que recrease la vida tradicional de un pueblo y lograra, al mismo tiempo, establecer un ambiente urbano de calidad, fue donde Truman creció con el irrefrenable anhelo de escapar, salir y conocer el mundo. Un mundo amontonado y caótico, pero real. No una realidad construida. Para la Commonwealth Film Unit, Weir comenzó a realizar sus primeros trabajos de ficción hasta convertirse en uno de los mayores precursores del renacimiento del cine australiano a mediados de la década del 70 como parte del Australian new wave cinema. De hecho, fue gracias a Gallipoli de 1981 que Mel Gibson tuvo una proyección internacional y fue con El año que vivimos en peligro (1983) que Weir se instaló en la maquinaria industrial de producción hollywoodense. Desde allí se sucedieron éxitos de taquilla como Testigo en peligro, La costa Mosquito y La sociedad de los poetas muertos, entre otros. En 1993, luego de Fearless, un fracaso de público (aunque no de crítica), Weir se retiró para retornar 5 años después con The Truman Show. Su última película fue Capitán de mar y guerra, en 2003, y no hay registro de que esté trabajando en un próximo film.
FICHA TECNICA
Título: The Truman Show (El show de Truman)
Año: 1998
Director: Peter Weir
Guión: Andrew Niccol
Actores: Jim Carrey, Laura Linney, Noah Emmerich y Natascha McElhone
Duración: 103 minutos
Edita y distribuye en Argentina: Paramount
Dónde conseguirla: es uno de los grandes clásicos del cine industrial de la década del 90. Editada en DVD, puede conseguirse en el catálogo de cualquier videoclub
Sobre el director
Peter Weir nació en Australia y, al terminar el colegio, comenzó la carrera de Abogacía en la Universidad de Sydney. Allí, entre otros, conoció a Philip Noyce Juego de patriotas y El coleccionista de huesos y su afición por el cine se convirtió en un interés profesional. Dejó la Universidad y comenzó a trabajar como asistente de producción en un canal de televisión australiano. Allí, utilizando las instalaciones y facilidades del canal realizó sus primeros cortos experimentales. Luego de varios films documentales hechos para la Commonwealth Film Unit, Weir comenzó con sus primeros trabajos de ficción hasta convertirse en uno de los mayores precursores del renacimiento del cine australiano a mediados de la década del 70.



