El ingeniero Eladio Dieste y la noble humildad del ladrillo
Por Luis J. Grossman Para LA NACION
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Cuando nos enteramos de la muerte del ingeniero uruguayo Eladio Dieste percibimos una rara sensación. Porque es, sin duda, raro experimentar el dolor que implica la desaparición de una figura tan querida al tiempo que se dibuja en nuestro rostro una sonrisa nostálgica.
Y comento esto porque estoy seguro de haber vivido un momento semejante al que sintieron muchos colegas de mi generación. Por muchas razones, Eladio Dieste conquistó la admiración de los arquitectos de la segunda mitad del siglo XX, y esto resulta doblemente interesante -hubo antecedentes semejantes en esta centuria, como los del italiano Pierluigi Nervi o el español Eduardo Torroja- por tratarse de un ingeniero cuyas obras ingresaron en la antología de las piezas arquitectónicas de su época.
Dieste falleció el mes último, a los 82 años (había nacido en diciembre de 1917 en Artigas, República Oriental del Uruguay), y a la manera de lo que era habitual en esa época, se graduó como ingeniero (en 1943) y se casó al año siguiente.
Y tuvo once hijos, lo que no es tan común, al modo de los paisanos de la campaña. En 1948, cinco años después de recibir su título, construyó su primera bóveda de cerámico armado y a partir de ese momento, y durante más de medio siglo, el ingeniero Eladio Dieste se convirtió en un modelo a nivel mundial en el diseño y cálculo de estructuras de grandes luces con el ladrillo como material básico.
El modelo uruguayo
Cada vez que tengo oportunidad de hacerlo, destaco mi particular aprecio por la muy especial educación que exhibe la gran mayoría del pueblo uruguayo. Ese recato, esa altiva humildad y ese don de gentes, ese vocabulario a la vez medido y galano, son rasgos que dibujan la quintaesencia del criollismo que, en el caso de los orientales, no sólo se ha conservado sin deterioro a través del tiempo, sino que por fortuna se ha destilado y refinado.
Esto es comprobable tanto en los encuentros cotidianos con la gente del común como en la trayectoria de figuras ejemplares, como la que motiva estas líneas.
Conocimos el trabajo de Dieste a través de publicaciones, siendo estudiantes de arquitectura en Buenos Aires. Después, y ya graduados, tuvimos ocasión de ver la iglesia de Atlántida en los viajes veraniegos a Punta del Este en la década del sesenta. Pero la firma que integró en 1955 con su colega Eugenio Montañez (Dieste y Montañez) en Montevideo, empezaba una producción que llamaría la atención en el mundo entero con realizaciones muy originales y de grandes dimensiones.
Ocurre que un recurso estructural como el desarrollado por Dieste (las bóvedas de ladrillo con audaces perfiles y largos voladizos, y con superficies de doble curvatura en sus versiones más evolucionadas), con características casi artesanales, dio origen a espacios de notable calidad arquitectónica. Y parecería que el primer sorprendido por la repercusión que esas construcciones provocaron fue el propio ingeniero Dieste.
"Mi propósito -escribió entonces- fue crear estructuras racionales y económicas, y fui refinando gradualmente las bóvedas que había diseñado. Lo cierto es que los dos objetivos -la racionalidad técnica y la valía estética- son de hecho aspectos de una misma actitud moral y creativa. Y por eso me gratifica que los arquitectos se hayan interesado en nuestro trabajo".
Vaya que se interesaron. Como un reguero, sus proyectos se publicaron en revistas y libros en diversos idiomas. Se lo invitó a dictar cursos y conferencias y fue aplaudido en los más elevados escenarios académicos.
La misma nobleza
Con un intervalo de pocos días se ausentaron del Río de la Plata dos titanes de escala mundial, uno de cada orilla. Partió de la costa oriental don Eladio Dieste, insigne ingeniero creador de obras en las que campea una singular calidad arquitectónica, y se fue de la orilla argentina otro gigante, esta vez de la medicina, el doctor René Favaloro. Puede ser que el lector se pregunte, más allá de una cercanía en las fechas de las dos muertes, ¿qué relaciona a dos figuras de disciplinas tan distantes?
Acaso bastara un solo vocablo para justificar estas líneas: su Nobleza. Escrito con mayúscula, porque estimo que se trata, en ambos personajes, de un atributo de dimensiones excepcionales. La misma condición criolla, la humildad (no modestia), la maciza versación en su oficio y la vasta cultura humanística, la bonhomía, la obra enorme y trascendental.
Me pareció ver en los dos la misma noble humildad del ladrillo, y espero que su ejemplo perdure por los años de los años.



