Grand Bourg, la controversia
Un tema que plantea hacia dónde debe ir la arquitectura y qué ciudad queremos
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Si algo de positivo tienen las controversias es que suelen ser el preludio de un antes y un después. Desde que la torre Grand Bourg irrumpió en el paisaje urbano, con sus abiertas referencias al château francés, la comunidad académica, también el periodismo especializado, no ha dejado de dividirse y cuestionar no sólo el creciente poder del mercado sobre el espacio público, sino algo más interesante aún, lo que la ciudad debe esperar de un arquitecto del siglo XXI.
En buena hora, o mejor dicho, más vale tarde que nunca. A cualquier vecino sin ninguna formación en la materia le bastaría un paseo por las principales calles y avenidas para concluir que la fisonomía de Buenos Aires es el resultado del capricho de muchos y el criterio de pocos: en cada cuadra, de las miles que conforman el damero porteño, florecen sendos mamotretos que desentonan alegremente con el conjunto. Es probable que fueron erigidos al amparo de la ignorancia de los funcionarios de turno y la indiferencia de muchos colegas que nunca se involucraron lo suficiente a la hora de impulsar políticas concretas en favor de una planificación más ordenada. La construcción de un edificio de departamentos con pretensiones historicistas en los albores del tercer milenio es para muchos un signo de involución, para otros replantea interrogantes de fondo. ¿Quién puede decir hacia dónde debe ir la arquitectura? ¿Cuál es el rol de los inversores, el Estado, los arquitectos, los vecinos? ¿Qué ciudad queremos?
Para Mario Roberto Alvarez, en el caso del Grand Bourg, la responsabilidad está repartida. "No es admisible que se haya propiciado a sabiendas una torre disfrazada con un toque francés, llena de cornisones, pilastras, metopas, mansardas y otras yerbas con intención marquetinera -sostiene Alvarez-. No se debió seducir a los compradores con un supuesto incremento de prestigio social consumado ante el silencio cómplice de entidades profesionales y de los arquitectos complacientes que se prestaron a engendrar un producto nefasto. Significa un retroceso en el progreso de la ciudad. La arquitectura avanza, como la medicina. Por eso no se concibe en los comienzos del siglo XXI esta inculta oferta inmobiliaria."
En la otra vereda, y varias generaciones de por medio, los integrantes del estudio Atelman-Fourcade-Tapia, autores del proyecto impulsado por el empresario Eduardo Costantini, que se mudará al último piso de la torre, opinan que los tiempos, efectivamente, han cambiado, y que en el nuevo contexto lo arbitrario es sustraerse de la opinión del cliente. "Hay un montón de elementos de debate que me parecen mucho más interesantes que esto de si esta arquitectura atrasa o no -sostiene Martín Fourcade-. Por ejemplo, cuando uno habla de arquitectura residencial de altura, ¿cuál es el paradigma? No existe en esta ciudad, no hay. Es preocupante esta visión, esa disposición entre los arquitectos que se escuchan entre sí, que opinan y se condecoran entre ellos, desoyendo a los usuarios, a la gente promedio que aprecia las obras desde su propio punto de vista, sin que eso pueda tildarse de subcultura. En la Facultad nunca te hablan del cliente. El cliente siempre es presentado como una traba, de hecho mi misión era convencerlo de que mi idea era brillante y que su idea, es decir, su carga cultural previa, era dudosa u opinable. En este caso nos adaptamos a la necesidad real de un negocio inmobiliario que tiene su coherencia y es apreciado por un amplio porcentaje de gente. Obviamente nos sentimos más cómodos haciendo arquitectura contemporánea, ahí contamos con más recursos. Acá tuvimos que sentarnos a estudiar como locos, pero con el mismo objetivo de hacer algo coherente, que no fuera trucho ni escenográfico, que respetara las proporciones y la contextualidad."
El Vitruvio
Según recuerda Germinal Nogués, en su libro Buenos Aires ciudad secreta, una de las primeras provocaciones que sacudió al mundillo profesional y a los habitantes de Barrio Parque sucedió en 1929, cuando Alejandro Bustillo se propuso construir la residencia de Victoria Ocampo siguiendo las teorías del franco-suizo Le Corbusier. El proyecto no tenía ni una gota del acento que por esos años predominaba en la zona, donde comenzaban a florecer casonas de estilos distantes como el neotudor, el neorrenacimiento francés, el neoclásico y el neorrenacimiento español.
Los lineamientos de la mansión que hoy ocupa el Fondo Nacional de las Artes se alejaban del clasicismo para aproximarse a los principios de la escuela racionalista. Pero lo que nadie se atrevió a cuestionar entonces fue la pericia de Bustillo. "El mismo debate se originó cuando levantaron el Ministerio de Defensa, la torre de 14 pisos con mansarda que está sobre Paseo Colón. Todos se quejaron, decían que era una caricatura, también se reían de la mansarda por si algún día cae nieve. Por eso creo que toda esta discusión es déjà vu -opina Fabio Grementieri, del estudio Báez-Carena-Grementieri-. Lo que hay que aclarar es que los arquitectos de los años 30 tenían mucho conocimiento del clasicismo y de su reglas, y no cometían las gaffes que se ven en el Grand Bourg, como las proporciones entre llenos y vacíos, elementos ornamentales, escalas.? ¡y hay algunos detalles que parecen realmente de Disneylandia! Aquella gente había estudiado con el Vitruvio en la mano. La torre es un revival, está bien, pero se ve que no hay mucha muñeca. Para hacer clasicismo en altura es necesario revisar las obras de tipos como los Bencich, Sánchez Lagos de la Torre, Bustillo, que lo hicieron con mucha solvencia. Pero de todos modos, no hay por qué escandalizarse. Vivimos un eclecticismo propio de la globalización y del mercado, son las nuevas reglas. Hay que aceptarlas. Eso sí, lo importante es hacer bien el lenguaje que uno elige."



