Hans Hollein y algunos recuerdos
Aquellos pequeños trabajos que cimentaron la fama del ganador del Pritzker 1985
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Hans Hollein, el arquitecto austríaco que alcanzó celebridad en el mundo entero a partir de sus primeros y modestos proyectos, resulta inconfundible, con un mentón que revela su espíritu obstinado y una mirada que expresa su aguda inteligencia.
El diálogo no se prestaba a formular preguntas a modo de interrogatorio. Por eso, evocando el vigor de la cultura vienesa en el período comprendido entre los siglos XIX y XX, y comparándola con la realidad actual, La Nación le pidió que relatara cómo accedió a los primeros niveles al recordar los pequeños trabajos que cimentaron su fama internacional.
-Me diplomé en 1956 y mi primera oportunidad de concretar una obra apareció sólo en 1964. Era una tienda de venta de velas de 14 m2. Sin embargo, más allá del tamaño, decidí hacer algo funcional y que fuera a la vez un manifiesto de mis ideas para la época. Además del concepto espacial incluí el uso de nuevas tecnologías. Y resultó exitoso, porque siendo yo un absoluto desconocido, el trabajo ganó el Premio Reynolds.
Durante diez años tuve solamente trabajos chicos, en general locales comerciales. Sólo fuera de Austria logré realizar algunas obras mayores, entre ellas, el Museo de Bellas Artes de Francfort.
-¿Cómo se insertaba su modalidad proyectual en el ambiente artístico de Viena?
-Al comienzo, la escena era particularmente difícil porque no había tradiciones. Se habían olvidado: nadie conocía a Klimt; a Hoffmann, que todavía vivía, nadie lo recordaba. Porque hay que señalar que después de la Segunda Guerra Mundial, la arquitectura vienesa estaba germanizada y carecía de sustancia. Unos quince años después de terminada la guerra, un grupo chico (éramos entre diez y veinte) se puso a ver qué hacía el mundo y a recuperar el pasado glorioso de Wagner, Loos y Hoffmann. Algunos continúan en esa línea, yo prefería aprender del pasado, pero aportar una óptica nueva, original.
Imposible no consultarlo sobre el edificio que proyectó en una de las esquinas de la plaza San Esteban, casi frente a la catedral gótica, que es orgullo de la capital austríaca.
-Hemos oído hablar de las dificultades que tuvo que superar ese proyecto, ¿cómo fue la historia?
-Bueno, en efecto, tuvimos que soportar situaciones muy difíciles. Al comienzo se decía en Viena que el nuevo edificio iba a bloquear las vistas de la catedral, basadas en un célebre cuadro del pintor Rudolf von Alt. Por cierto, esa pintura fue realizada desde un ángulo falso, suprimiendo las construcciones existentes en la época, de manera que esa vista se basaba en datos falaces.
De todos modos, alrededor de la catedral se había construido en los estilos de cada época y a nadie se le hubiera ocurrido diseñar un edificio gótico en este tiempo. Hubo sí una ley para que las nuevas construcciones dialogaran con los edificios vecinos, pero se cambió esa ley.
Lo cierto es que hoy todos aceptan el edificio y están orgullosos de él, hay muchas postales de Viena con la imagen y puede decirse que es parte del paisaje de la plaza San Esteban.
-¿Cuál es su punto de vista con respecto a la arquitectura sustentable?
-Sin dejar de considerar el tema ambiental, yo le recuerdo que la arquitectura es un tema cultural .
Estas cuestiones son prioritarias hoy en nuestros países. En Lichtenstein, donde hice una obra no hace mucho, no puede instalarse aire acondicionado sino allí donde es inevitable (en algunas zonas de un hospital, por ejemplo). Son muy estrictos. Algo similar ocurre en Alemania, donde las legislaciones son sumamente rigurosas en cuanto al cuidado por lo sustentable.



