Ilusiones para un tiempo de tristezas
Por Luis J. Grossman
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Apenas se puso en circulación el suplemento del miércoles último, el contenido de esta columna -y tal vez su título- quedó inmerso en una serie de diálogos y discusiones. La frase que sirvió como encabezado para el texto de marras se preguntaba si quedaba algo para celebrar, y el interrogante aludía al círculo de ideas que involucra a la arquitectura y la construcción.
Y la carta de una joven lectora, la arquitecta Cecilia Fernández Burlo, de Martínez, provincia de Buenos Aires, es un documento que condensa las reacciones, las frustraciones y los desencantos que prevalecen entre muchos jóvenes arquitectos (nuestra corresponsal tiene 30 años) en estos años iniciales del siglo XXI.
Debo reconocer que buena parte del escrito al que me refiero es material de análisis para un psicólogo social y, por lo tanto, escapa a mis posibilidades de respuesta adecuada.
"Por momentos pienso en abandonar mi profesión, a la que dediqué buena parte de mi vida, que tanto quiero, que tanto disfruto y que me da tanta energía, que es pura pasión", escribe. Y más adelante, agrega: "Esta crisis dispara preguntas, miedos, inseguridades, bronca, y nos motiva a seguir buscando. En algún lado estará la respuesta para este dilema". O será, se pregunta Cecilia, que, como muchos, "debo empezar a elaborar la idea de dejar mi país. Ya muchos de mis pares han tomado alguno de estos caminos, pero yo me resisto con toda mi alma".
La problemática que abarcan estas lamentaciones, de las que he transcripto sólo un mínimo fragmento, es tan compleja y variada, que resulta imposible tratarla razonablemente en estas pocas líneas. Sin embargo, y conectando con las expresiones de Carlos Sallaberry que glosé la semana pasada, está claro que urge incluir a los jóvenes en las mesas de trabajo de las entidades profesionales del sector.
Que es preciso investigar en profundidad el estado actual de una generación graduada en los últimos años, que se siente chasqueada por una sociedad que primero le facilitó los medios para acceder a una carrera, lo preparó para resolver las demandas de una sociedad de consumo (con ejemplos que siempre provienen de países líderes) y los abandona ahora en un medio pauperizado donde se sienten perdidos e inermes.
No es momento para examinar retrospectivamente los errores cometidos en cuanto a la promoción que incrementó el número de nuevos profesionales por encima de las expectativas de demanda de un país con limitadas posibilidades económicas. Sí es momento para asumir las responsabilidades de la sociedad, y las universidades y las entidades profesionales tienen un papel vital en este sentido, para encaminar de modo positivo el impulso creador de muchos jóvenes. Gente de espíritu sano y objetivos generosos que, como lo denota Cecilia en su carta, espera una orientación para no renunciar a su aptitud vocacional ni abdicar de sus afectos y su arraigo nacional.
Hay que colorear este cielo nublado.



