La casita de un gran hombre
Por Luis J. Grossman
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Es notable, pero puede percibirse casi de manera física que con el paso de los años -mejor aún, de las décadas- se valoriza con claridad el peso de algunas figuras de nuestra historia. Es el caso del doctor Arturo Frondizi, presidente de los argentinos entre 1958 y 1962, con el que algunos sobrevivientes del siglo pasado entramos a aquella gloriosa década del sesenta.
Digo gloriosa con intención generalizadora, ya que fue aquí la época del Instituto Di Tella y su inolvidable entorno creativo, en el mundo fue el tiempo de los Beatles, de Bob Dylan y del nacimiento del arte pop. Una década que culminaría con los episodios de París en 1968 y, entre nosotros, con la caída del gobierno de Illia y un nuevo intervalo militar.
Los méritos del período en el que nos gobernó el que acaso sea recordado como el último estadista argentino del siglo XX, pueden ser consultados en algunos volúmenes documentales, sobre todo por muchos jóvenes que no recibieron de ese tiempo más que testimonios parciales, teñidos por las ideologías de los contemporáneos de aquel complejo capítulo de nuestra historia.
Hace pocas semanas, durante un paseo por la costa, entre Villa Gesell y Ostende, un cartel nos llamó la atención: se advertía a los conductores que allí, a un costado de la ruta, a la altura de la calle Estocolmo y la playa de Ostende, está la casa que sirvió como vivienda de vacaciones del doctor Arturo Frondizi y su familia. Gracias a la guía de un colega y amigo, el arquitecto Carlos Moratinos, llegamos al lugar, que es un médano azotado por el viento marino.
¡Qué lección cívica para los ciudadanos, de aquí y de cualquier lugar del mundo! Ver esa casita de madera, humilde y austera, conmueve y provoca toda una serie de consideraciones. Testigos del lugar evocan cuando, siendo presidente de la Nación, Frondizi llegaba (casi siempre en automóvil, en ocasiones en helicóptero) para pasar algunos días de reposo y reflexión.
Hay fotografías que documentan la construcción de la vivienda -en la que participaron como operarios el padre de Frondizi, él mismo y sus hermanos- en 1935, así como algunas escenas domésticas de una familia de origen italiano alrededor de una mesa. Para los colegas, aclaro que las paredes de la casa son de machimbre clavado a los parantes de madera de cuatro pulgadas que constituyen la estructura; no hay aislación ni revestimiento interior.
Algunas imágenes muestran también la casa semicubierta por la arena, a pesar de elevarse más de un metro y medio sobre el nivel de la playa. Y pese a estar hoy protegida por un tablestacado, los movimientos porfiados de los médanos vuelven a amenazar la precaria construcción.
El ingeniero Francisco Cañeque y el doctor Arturo Ueltschi (presidente y secretario de la Fundación Centro de Estudios Presidente Arturo Frondizi, respectivamente) han pedido que se declare al lugar sitio histórico. Y como se trata de una solicitud justa -reitero el valor educativo y ético que comporta este lugar único-, hay que apoyar con vigor esta iniciativa.



