La Payanca apagó sus luces
Por Luis J. Grossman
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Al regreso de un viaje observé oscuro un espacio que por mucho tiempo iluminó los encuentros de amigos y colegas: La Payanca. Fueron casi 40 años que compartimos entre música y risas, donde los pronósticos y discusiones acerca de partidos de fútbol o los comentarios de cine y las polémicas políticas se alternaban con notas de humor y festejos de cumpleaños o el premio de algún concurso de arquitectura.
En los años sesenta, al 1000 de la avenida Santa Fe (una numeración que desapareció cuando el avance de la 9 de Julio abatió la cuadra situada entre Pellegrini y Cerrito) estuvo muchos años el restaurante La Payanca.
Allí transcurrimos un grupo de arquitectos buena parte de la década del sesenta hasta que, en 1971, la demolición empujó al local al reducto de Suipacha 1015, donde siguió funcionando como un centro de reunión de sucesivas generaciones. A los arquitectos del Grupo Six (entre los que recuerdo a Bacigalupo, Guidali, Riopedre y Ugarte) y los del estudio Martín y Pieres, les sucedieron los del equipo de José Antonio Urgell, Enrique Fazio y Carlos Hernáez, con el grupo de los más jóvenes que integraban Augusto Penedo, Juan Martín Urgell y Sergio Timerman, entre otros.
Desde luego, mi hermano Julio y yo, que cruzamos muchas veces la más ancha del mundo para almorzar riendo con los dueños del boliche, no dejamos de concurrir cuando se instaló en la vereda de nuestro estudio de la calle Suipacha.
Eran tertulias con una concurrencia muy singular. Tanto podía estar Angel Magaña, el director de teatro Jorge Hacker o Ignacio Quirós, como Abel Córdoba -cantor de tangos- o Lucho Avilés y Enrique Alejandro Mancini. En alguna mesa apartada, el inolvidable Olímpico (Alberto Laya) y también Silvina Sabater, hija de uno de los dueños, que se consagró en Panorama desde el puente con Alfredo Alcón. Con frecuencia recalaban en su barra afectuosa Troilo y Goyeneche, el gato Romero, Homero Expósito, Osvaldo Norton y Julio De Grazia. Esa atmósfera -y los bifes- cautivaba a visitantes como Mario Botta o Laureano Forero, que a menudo me preguntan acerca de ¿cómo está La Payanca?
Porque hubo allí un ambiente creativo y de goce colectivo que se veía estimulado por el ingenio y la buena onda de los dueños, que atendían con una sonrisa cordial y sincera. Sin olvidar al pringlense Maneiro, que se apartó hace mucho, Guillermo Sabater (espontáneo orador, fino chef y humorista nato), Hipólito Arregui (poeta vocacional), Norman Fernández (hacía las compras y cuidaba las cuentas) e Hilario Carrizo (cantante asombroso que derrochaba optimismo) fueron los pilotos que condujeron a La Payanca por casi cuatro décadas.
La recesión, las pizzerías, los sándwiches y las hamburguesas fueron socavando el vigor de un restaurante que seguía colocando en su logotipo locro y empanadas . Yo lo lamento por aquellos que no alcanzaron a conocerla y me incluyo en la larga nómina de los que la hemos disfrutado.
Pero ahora, cuando Mario o Laureano pregunten: "¿Cómo está La Payanca? la respuesta será: "Ya no está". Por lo menos en Suipacha 1015, porque seguirá estando en el corazón y el recuerdo de quienes formamos aquella cofradía.



