Orden rígido y mínimo estímulo visual
Injustamente denominado anorexia de la arquitectura moderna, muestra la admiración por la arquitectura japonesa
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En todo tiempo la arquitectura ha consistido en crear un ambiente interior diferente del exterior, una protección para el grupo humano.
Hace apenas tres siglos, la naturaleza era peligrosa y desordenada; peor aún, era fea.
El interior arquitectónico, así como el exterior del volumen edificado, debían afirmar solemnemente un orden humano frente a tanto caos. Los muy poderosos, como Luis XV, podían permitirse en Versalles someter la naturaleza exterior al mismo orden de la arquitectura.
Siempre protegerse de lo otro .
Hoy, el exterior -la naturaleza artificial de la ciudad- es caótico, ruidoso, abigarrado por la presencia de publicidades multicolores. Es dinámico en lugar de estático, un espacio surcado por peligrosos y atractivos vehículos.
El interior minimalista se propone, como siempre el interior de la arquitectura, contrarrestar el exterior. Propone, por lo tanto, un orden rígido, un mínimo estímulo visual, interiores de una geometría regular y estática.
Y el exterior, por el conocido prejuicio moderno de la unidad entre exterior e interior, es igualmente sintético. Se ha sugerido que el minimalismo es la anorexia de la arquitectura moderna. Esta injusta apreciación encierra algo de verdad.
Es indispensable recordar que en el minimalismo perdura la antigua admiración del modernismo por la arquitectura clásica japonesa. Esos interiores vacíos en que las austeras piezas de mobiliario se guardan fuera de la vista dejando solamente la superficie de piso modulada en tatami , esferas rectangulares que dan su nombre al tamaño de las habitaciones: una habitación de tantos o cuantos tatami . Esos espacios se continúan con otros, y se separan de ellos y del exterior por paneles deslizantes de papel de arroz ( shoji ). Planos blancos, translúcidos, enmarcados en madera. Solamente planos verticales y horizontales, y un espacio continuo. Esos espacios inspiraron a los arquitectos modernos de 1900 y encuentran un renacer en los minimalistas de fin del siglo.
He hablado de interiores minimalistas y no de edificios que lo sean. Es que la aplicación de este mismo concepto a los exteriores parece menos convincente. En el exterior de los edificios, reducir al mínimo las partes visibles conduce a perder las referencias a la construcción, y a las dimensiones de la figura humana. Y si continuamos con una lista de pérdidas, también desaparecen las referencias a otros edificios del entorno. Las figuras minimalistas en exteriores pueden producir objetos arquitectónicos inexplicables, singularmente solitarios en la ciudad a la que rechazan.



