¿Por qué demoler es mucho más fácil?
Por Luis J. Grossman
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El jueves último, en una nota de opinión que se publicó en la sección Información General de LA NACION, el arquitecto Carlos Libedinsky trazaba una conmovedora crónica de los momentos vividos ante el comienzo de la demolición del edificio que fue sede del Patronato de la Infancia, en Humberto Primo y Balcarce en esta Capital.
La narración de Libedinsky, testigo presencial, tiene ribetes de tragicomedia cuando se refiere a la demolición de una escalera de mármol (a la que califica como magnífica) y al esfuerzo que provocaba en los obreros la destrucción de una pieza arquitectónica que no corría ningún peligro de colapso y que, por el contrario, revelaba signos de gran solidez.
Lo que resultaba llamativo, luego de la lectura del aludido artículo, eran los motivos que justificaran tamaña urgencia para echar abajo un edificio que forma parte del patrimonio arquitectónico y cultural de nuestro país. Se mencionó un informe de la Facultad de Ingeniería, lo que justificaba el desalojo de las personas que habitaban el edificio, por razones de seguridad, pero de ningún modo significa que, una vez desocupado, se diera comienzo a su demolición sin mediar consulta alguna al respecto con los muy destacados especialistas que tenemos en materia de conservación del patrimonio arquitectónico.
En este punto hay que destacar una conducta poco procedente por parte de muchos funcionarios del Gobierno de la Ciudad. Llama la atención con qué rapidez y agilidad consiguen los periodistas de los distintos medios comunicarse y consultar a los peritos de las más diversas especialidades acerca de un episodio de actualidad.
Lamentablemente, no ocurre otro tanto con los funcionarios a los que me refiero. Porque no era el arquitecto Libedinsky el que debería haberse comunicado con algún responsable del área en el Gobierno de la Ciudad (lo que le costó bastante trabajo), sino al revés: esos empleados debían haberse comunicado con un experto en la materia para determinar las estrategias por desplegar para reforzar, consolidar o apuntalar aquellas partes que mostraran el mayor deterioro y peligro de desplome.
Es bien sabido que demoler es mucho más fácil que construir. Pero es una responsabilidad inalienable la de evaluar con cuidado aquello que no ofrece alternativa alguna o encontrar fórmulas imaginativas y eficaces para mantener con vida una construcción que es testimonio de una época de la ciudad.



