Relato de dos protagonistas
El haber nacido y vivido hasta una edad adulta en el edificio contiguo al Palacio San Martín pesó durante la entrevista con los arquitectos Aizentat y Rajlin, como un permanente disparador de recuerdos para el autor de esta nota.
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La casa de dos plantas perteneciente a la familia Pereyra Iraola, ubicada en la esquina de Esmeralda y Arenales, donde hoy se levanta el nuevo edificio de la Cancillería, constituía entonces el solar menos densamente edificado de cuatro esquinas conformadas por edificios de estilo y una plaza. El amplio jardín que ocupaba el centro de manzana y llegaba hasta el frente de Esmeralda tenía como particularidad la presencia de un plátano centenario, sobre la misma línea municipal, cuya altura y frondosidad caracterizaban al solar y la cuadra.
La inesperada demolición de la mansión y el rumor de que en su lugar se erigiría un hotel de la cadena Hilton (cuyo proyecto estaba encomendado al estudio del arquitecto Mario Roberto Alvarez) hicieron temer por la pérdida de ese patrimonio. El destino final del predio sería, en cambio, otro bien distinto.
En 1971 se llamó a concurso nacional de anteproyectos para la construcción de un edificio que albergara las oficinas, despachos y áreas administrativas del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. Su ubicación, en el predio sito en la esquina de las calles Juncal y Basavilbaso, permitirían reestructurar funcionalmente al Palacio San Martín, que ocupaba la misma manzana, circunscribiendo sus funciones a las de hospedaje diplomático, ceremonial, biblioteca y eventual residencia del canciller.
El concurso fue ganado por el estudio de los jóvenes arquitectos Aizentat - Rajlin y, como asociados, Mónica Levinton y Carlos Dodero que propusieron una torre que une su expansión con los jardines de la Cancillería integrando el conjunto sobre la base de un programa de 17.000 m2 (incluidos subsuelos). La flexibilidad de las plantas así como el tratamiento de los accesos sobre la angosta calle Basavilbaso eran también, a juicio de los autores, elementos distintivos de un proyecto que nunca se ejecutó.
-¿Cuál fue, entonces, la secuencia de cambios que derivó en el actual edificio?El arquitecto Rajlin comenzó así a destejer una historia que ya lleva casi 30 años, haciéndola comparable a otros hitos arquitectónicos de nuestra ciudad, como la Biblioteca Nacional.
-Luego del concurso se ejecutó la documentación del proyecto y se prepararon los pliegos de licitación que se encontraban listos cuando, a principios de 1974, el entonces canciller Alberto Vignes se manifestó disconforme con las dimensiones del terreno y la consecuente magnitud del edificio.
Se procedió entonces a expropiar el actual terreno de Esmeralda y Arenales y se ejecutó un nuevo proyecto mucho más ambicioso (22 pisos y 52.000 m2), que enfrentó, durante 1976, la firme oposición del ministro Martínez de Hoz. En este sentido, destaca Rajlin, "las sucesivas modificaciones al proyecto original contaron, siempre, con el impulso de los distintos cancilleres, quienes creían en la imperiosa necesidad de concretar una obra funcionalmente imprescindible".
Durante 1979 y principios del 80 se introducen modificaciones al proyecto: se reduce la altura a los actuales 16 pisos y la superficie, a 40.000 m2 (incluidos los subsuelos).
La licitación realizada ese año debió ser anulada por la excesiva diferencia entre la empresa ganadora y el resto de postulantes (45 por ciento), pero demostró también que el precio de licitación obtenido estaba por sobre las estimaciones presupuestarias del comitente.Un nuevo ajuste que incluía modificaciones a los niveles de terminación permitió, hacia fines de 1981, la licitación que obtuvo la empresa Seminara.
La Guerra de las Malvinas pospuso nuevamente el proyecto que finalmente se inició en mayo de 1983. En 1988, y con la estructura de hormigón armado terminado, el proyecto del traslado de la Capital Federal constituyó un nuevo escollo que paraliza los trabajos hasta 1991, cuando se reanuda la obra con buen ritmo hasta 1995: entonces la empresa contratista paraliza los trabajos por dificultades propias que derivan en la rescisión del contrato por parte de la Cancillería, que retoma la obra a mediados de 1997 con el propósito de inaugurarla antes de fin del siglo.
El estudio de los arquitectos Natan Aizentat y Carlos Rajlin, asumió el proyecto de la obra civil que se encuentra terminada a la fecha en un 95 por ciento, con la supervisión ejecutiva del equipo de arquitectos de la Cancillería, liderado por el arquitecto Alberto Alejandro Albistur.
-Desde una perspectiva arquitectónica, ¿cómo asimiló el proyecto estos cambios en un período tan extenso de tiempo?
Aizentat es quien responde a esta pregunta: "Fue, ante todo, un largo proceso donde convivieron y se sucedieron momentos de gran entusiasmo que involucraron mucha energía positiva, con otros de agotamiento y decepción".
"Las premisas básicas -gran flexibilidad funcional e integración con la arquitectura existente- nunca se perdieron", -acota Rajlin-. Subsiste de hecho una planta libre sobre un módulo de 3 x 3 metros que permite adaptarse a cualquier nuevo requerimiento funcional."
"No se puede negar, sin embargo -explica Aizentat-, que entre la imagen del primer edificio sobre la calle Basavilbaso y el actual y definitivo no pasaron en vano casi treinta años. El proyecto definitivo consigue, evolucionando respecto de las primeras estructuras como trama y el posterior curtain wall, alcanzar una familiaridad de formas con las del Palacio San Martín que constituye uno de los logros del proyecto."
Esto es particularmente apreciable cuando se recorre la plaza contigua en dirección al edificio. La volumetría cierra adecuadamente la esquina y su remate superior refleja el entorno integrando visualmente los diversos estilos, como se aprecia en la foto de tapa de este suplemento.
Esta apreciación de recorrido, para quienes estén familiarizados con el emplazamiento, constituyó para los arquitectos uno de las principales obsesiones durante el proceso proyectual. "Dado que contábamos -agregan- con plazos excepcionales para poder investigar a fondo estos aspectos, invertimos mucho de ese tiempo en recrear, de todas las formas posibles, imágenes que anticiparan la verdadera sensación que el edificio produciría en el observador y en su entorno. Afortunadamente, la imagen final de la obra coincidió bastante con lo que imaginamos de ella".
-En este sentido, y luego de tantos cambios, ¿entienden que el resultado final potenció el resultado del proyecto, o hubieran preferido mantener inalterable la imagen original?
Aizentat recoge inmediatamente el guante. "Indudablemente éstos son procesos excepcionales, cuyas similitudes pueden contarse con los dedos de una mano, pero sin duda, en nuestro caso, la evolución del diseño a lo largo del tiempo contribuyó, en el marco de las nuevas tendencias arquitectónicas, a integrar dos estilos tan disímiles en origen."
Se está, sin duda, ante un caso excepcional, que consumió buena parte de la vida profesional de un estudio de arquitectos que miran la historia con una sensación de satisfacción: están a un paso de concluir una obra singular por sus características técnicas y por ser, como lo es la Biblioteca Nacional, el fiel reflejo de políticas de gobierno tan dispares como las que caracterizaron a la Argentina de los últimos cincuenta años.
La decisión de la Cancillería de efectuar una "ocupación parcial del edificio" constituye una acertada decisión que los propios arquitectos, contratados asimismo para diseñar junto con el arquitecto Carlos Dodero el equipamiento móvil de obra, apoyan.
Tal como ocurre en proyectos de mucha menor magnitud, este tipo de incomodas mudanzas suelen apresurar el final de la obra. Que es lo que todos, arquitectos, vecinos y futuros usuarios, esperan fervientemente.



