Sería útil recordar a Scarpa más a menudo
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Ya pasaron veinte años desde aquella travesía en automóvil por el norte de Italia (nuestro destino final era Viena), pero con mi mujer decidimos hacer una escala en Verona. El motivo no era el balcón de Romeo y Julieta sino, en las pocas horas de las que disponíamos, disfrutar de un atento recorrido por el Castelvecchio, el admirable trabajo de quien para mí encarna a un creador admirable como arquitecto y como ser humano: Carlo Scarpa. Ese que murió en Japón, según Francesco dal Co, de muerte súbita, y según el relato de un amigo veronés, durante una inolvidable comida después de la visita al Castelvecchio, por una caída de un andamio nipón motivada (en eso se parecía a su admirado Alvar Aalto) por algunas libaciones de más. Nuestro amigo recordaba largas charlas con Carlo a orillas del río, hablando de arte y filosofía; de la vida, en suma, mientras se arrojaban a las aguas las botellas de whisky vacías.
Se cumple el centenario del nacimiento de ese grande de la arquitectura del siglo XX, el veneciano Carlo Scarpa. Y fue gracias a la pluma de su coterráneo Francesco dal Có que reparé en este aniversario y evoqué dos ocasiones en las que experimentamos esa rara sensación de emoción real provocada por un espacio arquitectónico. Una fue en aquella visita al Museo del Castelvecchio de Verona, el antiguo edificio que restauró Scarpa con mano sabia. La otra, al día siguiente, en el mausoleo que diseñó y construyó para la familia Brion en el cementerio de Treviso.
Años más tarde, en una exposición de arquitectura argentina que Jorge Glusberg promovió y realizó (lo recuerdo colgando los paneles con su hijo Matías en la víspera de la apertura) en la Bienal de Venecia, conocimos otra obra singular de Carlo Scarpa. Porque la muestra se hizo en el palacio que ocupa la Fundación Querini Stampalia, donde los trabajos de rehabilitación de la planta baja y el patio-jardín interior, así como las escaleras (una pieza que el veneciano resolvía con destreza peculiar), fueron creación de Scarpa.
Hubo también, en alguna de las reiteradas visitas a Venecia, la visión de un local de Olivetti dibujado por él, lo que se adivinaba al observar no sólo el espacio, la luz y la estrecha abertura sobre la Plaza San Marco, sino los herrajes y las luminarias, con alardes de conocimiento cabal en el manejo del bronce y el cristal, su modelado y su lenguaje. Porque Scarpa era un arquitecto que dominaba con igual maestría la prosa y la poesía de su discurso. Y en su proceder compositivo confluyen la pericia de su oficio (como lo menciona Francesco dal Có en su análisis) con la creatividad de un artista consumado.
En una célebre enciclopedia de 15 tomos, en la entrada de Scarpa sólo se menciona con ese apellido a un médico italiano de nombre Antonio (1752-1832). Entonces no es de extrañar que los estudiantes y jóvenes arquitectos y diseñadores de hoy ignoren por completo sus ideas y realizaciones.
Por eso, a cien años de su nacimiento, quise evocar a un arquitecto que, a pesar de ser autor de un reducido repertorio en el que refulge más la calidad que la cantidad, es uno de los puntos más altos en el panorama de la arquitectura italiana y europea del siglo pasado.



