Sugerencias para leer a Borges
Por Luis J. Grossman Para La Nación
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Recuerdo un paradójico episodio que viví cuando terminaba de leer Ulises, de James Joyce. Al finalizar la lectura de una hermosa versión en dos tomos editada por Alianza, había una larga exégesis de la obra en la que se incluían varias claves para encarar la interpretación de los diferentes capítulos de la novela. Y me alegró mucho que tales aclaraciones aparecieran después de la inolvidable y gozosa experiencia literaria que el libro me había deparado, sin haberse interpuesto en el espontáneo encuentro entre Joyce y yo.
Esta evocación vino a mi mente domingos atrás, cuando leí un comentario acerca del libro titulado El factor Borges , con 9 ensayos para abordar la obra del escritor. A partir del centenario de don Jorge Luis, fueron tantos y tan dispares los trabajos editados para ayudar a entender sus escritos, que me pareció pertinente sugerir a los lectores de esta columna que simplemente se sumergieran en la placentera aventura de seguir los pasos vacilantes pero rigurosos de Borges.
Lo sorprendente es que haya tantos contemporáneos que han acumulado varios libros en torno del fenómeno borgiano sin haber leído todavía un solo volumen de primera mano, creado y escrito por Borges. Se trata de un itinerario recomendable para todos, pero que juzgo muy interesante para arquitectos y estudiantes de arquitectura. Más adelante estarían maduros para subirse al sobrevuelo que propone Cristina Grau en Borges y la arquitectura , un trabajo que ya fue glosado en esta columna, pero al que es placentero retornar.
Aunque sería difícil encontrar dos personalidades más antagónicas, se dice que Borges admiraba mucho a Frank Lloyd Wright. Es sugestivo observar de qué modo lo impactó la experiencia de una visita que hizo al Guggenheim de Nueva York cuando apenas lo habían inaugurado. "Yo, por entonces, estaba casi ciego -le dijo a Grau-, pero un ciego también ve. Recuerdo su circularidad. Verá, yo no podía distinguir los objetos, pero sí la luz y yo notaba que el recorrido no era en línea recta, íbamos bajando (con mi madre) en círculos, porque la luz siempre estaba a la derecha, una luz que provenía de una cúpula de cristal, me dijeron, y que yo notaba sobre mi cabeza, como si no estuviéramos en un edificio, sino al aire libre."
Grau no puede menos que parangonar el museo con la mítica Biblioteca de Babel, ésa que fue incluso utilizada por Umberto Eco en El nombre de la rosa y que se nos aparece en los trazados de Piranesi o los ejercicios visuales de Escher. Para los jóvenes de hoy será un desafío traducir algunas reflexiones sobre el tiempo y el espacio en imágenes, ya que la sintaxis de videoclip a la que están habituados, lo mismo que las evoluciones espaciales que facilita la computadora, permiten insólitas zambullidas en el océano borgiano.
Y es ciertamente llamativo que Borges se sorprendiera al saber que su interlocutora era arquitecta ("Pero, ¿los arquitectos están interesados en la literatura? ¡Qué raro!"), en tanto que su obra está atravesada por una suerte de alquimia espacial, con espejos, jardines simétricos e intrincados laberintos. Hay testimonios del interés que Bioy Casares y él dedicaban a la arquitectura, antigua y de su tiempo.
Los trabajos y estudios analíticos sobre las obras y las incursiones de Borges en el mundo del espíritu seguirán apareciendo, y bienvenidos sean. Más allá de eso, no nos cansaremos de aconsejar la estimulante experiencia del encuentro directo, sin cicerones ni consejeros.



