
Por Federico B. Kirbus
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Semanas atrás trataron de abrir mi auto, por tercera vez en siete años. Y por tercera vez en forma infructuosa, porque aparte de una gruesa cadena con candado de tranquera alrededor del volante uso un dispositivo particular que dificulta la abertura de las puertas.
No sé si fue para llevarse el coche o algo que creyeron había adentro. Aunque en el interior no guardo ni siquiera objetos insignificantes aleccionado de aquella vez cuando me cortaron el techo de lona de un Citro‘n para adueñarse de una inocente piel de oveja.
Si bien los malvivientes no pudieron, una de las cerraduras quedó tan dañada que tuve que acudir a Hugo, mi cerrajero de cabecera .
Cuando entré en su diminuto taller advertí que el banco de trabajo estaba casi limpio cuando otrora se amontonaban sobre la mesa parvas de tambores de antimonio deshechos por el forcejeo con la ganzúa (una especie de destornillador).
Ante mi sorpresa y respondiendo a mi consulta, Hugo me explicó que antes arreglaba cada día las cerraduras de tres, cuatro o cinco automóviles que se habían intentado violar. "Ahora son a lo sumo cuatro o cinco por semana", me dijo.
Según mi confidente pueden ser varias las causas. Primero, muchos coches modernos están dotados de fábrica del sistema antirrobo por chip, inviolable, o de búsqueda satelital. Esto último, pero por sobre todo las alarmas acústico-ópticas que instalan cada vez más dueños, ahuyenta a los posible ladrones.
Otra explicación en todo caso podría ser, según Hugo, que tal vez hoy los rodados que se sustraen van directo al exterior, o bien que se desarman; en ninguno de los dos casos interviene el cerrajero.
Pero es probable también que los automovilistas, más avisados, ahora ya no dejen ningún objeto codiciable en el habitáculo (de la radio y papeles ni hablar).
El autor es periodista y escritor de numerosos libros de arqueología y viajes




