Caos vehicular: buscan ordenar el tránsito frente a las escuelas porteñas

La hora de entrada y salida de los alumnos provoca discusiones, embotellamientos y problemas de seguridad para los estudiantes; proponen prácticas para mejorar la convivencia en las calles
Valeria Musse
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10 de abril de 2017  

Balizas, doble fila y espera, escena cotidiana en Caballito
Balizas, doble fila y espera, escena cotidiana en Caballito Crédito: Mauro Alfieri

El barrio comienza a despertarse. Algunas personas se preparan para ir a trabajar; otras sacan a pasear a sus perros. Las escuelas de la zona abren sus puertas. Parece tranquilo, pero en pocos minutos, y durante no más de media hora, el lugar se volverá vertiginoso. Los vehículos se detienen en doble fila frente a los colegios; los automovilistas enojados que apenas pueden avanzar se hacen oír a los bocinazos mientras los peatones hacen peripecias para caminar entre obstáculos y rodados parados en lugares prohibidos. Se oyen discusiones.

La imagen es la misma en cada punto de la ciudad donde se agrupan varias instituciones educativas. Se repite a la mañana y a la tarde, en pleno horario pico escolar. Es un problema de vieja data en el que quedan expuestas la falta de lugares para estacionar en la vía pública, la preocupación de los padres porque sus hijos ingresen en las escuelas y el incremento del parque vehicular.

"No tengo otro lugar para dejar el auto. Son dos minutos nada más", dice una mujer que lleva a su hija a un colegio de Caballito mientras camina apresurada. Su vehículo quedó cerrado y con las balizas puestas en la salida del garaje de una casa vecina.

Quizá para atenuar o resolver estos incidentes cotidianos, el gobierno porteño incluyó en el plan de seguridad vial presentado semanas atrás uno de sus objetivos más delicados: que los entornos de las escuelas sean más seguros y organizados.

Para ello, la Subsecretaría de Transporte comenzó a presentarles a los directores el proyecto Sube y Baja, que a través de sugerencias y prácticas de convivencia promueve el ordenamiento del tránsito en la entrada y la salida de los colegios en las zonas con mayor flujo vehicular.

La puesta en práctica del plan quedará supeditada a las necesidades de cada colegio, indicaron las fuentes consultadas, y estimaron que para septiembre próximo 20 escuelas (la mayoría de ellas ubicadas en Palermo, Belgrano y Caballito) se sumarán al proyecto.

Se propone, por ejemplo, determinar un área exclusiva para la detención de automóviles y otra para el transporte escolar cuya autorización debe ser avalada por la Dirección de Tránsito -este espacio no debe entorpecer la circulación-.

También se podrían establecer horarios distintos, con diferencia de 10 a 20 minutos, para la llegada o la salida de los alumnos según el medio de transporte con el que asistan a clase y en forma proporcional según la prioridad que tenga cada uno. Otra posibilidad es la selección de un acceso diferenciado para los estudiantes que concurran al colegio a pie y/o en bicicleta.

El Colegio Pestalozzi es una de las instituciones pioneras de Belgrano R en llevar adelante esta idea, por lo que funcionarios porteños se reunieron con los padres a cargo para conocer más sobre esas prácticas. La iniciativa funciona en esta escuela desde 2010, cuando los padres de los estudiantes que asisten a los tres niveles de la institución se mostraron preocupados por la seguridad de sus hijos y por la convivencia con los vecinos, contó a LA NACION Agustín Raffo, miembro de la comisión directiva.

Sin espacio para maniobras, en Belgrano
Sin espacio para maniobras, en Belgrano Crédito: Ricardo Pristupluk

"Colabore. Carril exclusivo acceso de alumnos", dice el letrero de una de las entradas al Pestalozzi. En la vereda del colegio, a lo largo de 70 metros, no hay vehículos estacionados y el espacio está delimitado con conos.

Son las 7.40 y a cada minuto más personas intentan llegar al colegio. Los automovilistas que llevan a sus hijos saben qué hacer: toman la dársena especial. Unos cinco padres voluntarios los esperan para abrir la puerta del rodado y que así descienda el chico. El objetivo es que el auto permanezca detenido el menor tiempo posible; los conductores no se bajan del rodado. Los chicos deben tener sus mochilas a mano (y no en el baúl) para agilizar el trámite. "Antes, era muy peligroso el cruce de los chicos porque tenían que pasar entre autos estacionados en doble fila. Este sistema es muy ágil", afirmó la madre de un alumno del Pestalozzi a LA NACION.

"Entendemos la importancia de esta iniciativa, ya que el barrio posee una alta densidad de entidades educativas y los focos de problemas se multiplican", destacó Sergio Mur, de la Sociedad de Fomento Belgrano R, uno de los puntos de la ciudad con más inconvenientes en este tema.

Caos vehicular y nervios

"¿No ves que no se puede pasar? ¿Para qué tocas la bocina?", increpó un automovilista a otro en el cruce de las calles Montañeses y Quesada, en el barrio de Núñez.

Hacía un rato que la fila de autos que transitaba hacia la Avenida del Libertador estaba detenida, sin posibilidades de avanzar. Era pleno horario escolar matutino en una zona donde hay al menos tres instituciones educativas. El portero de un edificio vecino, Celso Medina, no se sorprendió al presenciar esta acalorada discusión: "Todos los días se ven estos problemas. Hay mucha gente que dice «ya vengo» y deja el auto cerrado con balizas en medio de la calle", contó a LA NACION.

El embotellamiento que se produce en Congreso, a metros de Libertador, por la incesante llegada de autos a las escuelas de la zona genera bocinazos en repudio. Es que algunos rodados se detienen en doble fila u ocupan el espacio asignado para el transporte escolar.

Durante una breve pero intensa franja horaria el sonido de los vehículos se vuelve molesto. Semanas atrás, según pudo saber LA NACION, un grupo de vecinos de la zona pegó carteles en los postes de las luminarias para pedirles a los automovilistas que dejen de tocar las bocinas. A María Luisa Paso, que vive a una cuadra de la avenida, le hubiera gustado participar. Visiblemente fastidiada, contó a LA NACION: "Es insoportable. Durante más de media hora sólo se escuchan ruidos y gritos".

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