En la ciudad de los gatos perdidos
El mayor hospicio clandestino para gatos homeless de toda la ciudad podía ser el hogar que reemplazara al patio de abajo...
1 minuto de lectura'

Una gata llora y llora debajo de mi ventana. Sé que es una gata porque la mía, Lolita, llora exactamente igual. Cuando la gata en situación de calle empieza su tristísima y agobiante serenata, mi Lolita se acerca a la ventana, araña el vidrio, me mira y se queja. Por culpa de la gata que escucho y no veo se ha abierto una crisis entre Lolita y yo. Ella quiere bajar, yo no la dejo, ella se indigna, yo no le hago caso y entonces corre a afilarse las uñas sobre mi sillón preferido, señal de su pésimo humor. "Caprichosa como todas las mujeres", me digo. Se supone que ella no piensa ni habla (castellano), pero estoy seguro de que si pudiera me diría algo bastante peor.
Mi gata vecina aúlla desde hace ya tres noches. La única vez que bajé para saber qué le pasaba, sólo alcancé a advertir su huida entre las ramas de los árboles. En The cat inside , William S.Burroughs afirma que la célebre desconfianza de estos bichos hacia los hombres se explica porque allá lejos y hace tiempo debemos haberles hecho algo muy malo. Según el gran autor de El almuerzo desnudo , se trataría de un recelo ancestral, producto de una grave traición que nosotros ya olvidamos, pero ellos no. Los gatos y los hombres son amigos, y en la historia de esa amistad hay zonas oscuras que los felinos tienen muy presente. El llanto monótono y agudo que no me deja dormir expresa un dolor físico, o hambre, o angustia, y para la gata que escapa cuando la busco nada de eso parece peor que mi presencia. Como sugiere Burroughs, con el paso del tiempo los gatos han logrado perdonarnos, pero saben muy bien de lo que el hombre es capaz.
Mi ruidosa compañía nocturna necesitaba un lugar más adecuado a las urgencias felinas. En mi desesperación, pensé que el Jardín Botánico, sin dudas el mayor hospicio clandestino para gatos homeless de toda la ciudad, podía ser el hogar que reemplazara al patio arbolado de abajo de mi casa. Sin embargo, antes de empezar los trámites de la mudanza quise asegurarme que el nuevo domicilio estuviera en condiciones. Llegué al Botánico en una tarde fría y gris, empujado por la llovizna que rodea a los malos augurios. Entré por el cruce de Las Heras, frente al Zoológico, y no había dado ni diez pasos cuando apareció uno. Era de la especie tigrecito, se refregaba sobre las piernas de una chica que le tomaba fotos a unos árboles y exigía con dulzura inapelable las caricias que el mundo le debía. Cuando la chica se fue a tomar otras fotos, el tigrecito vino hacia mí sin que nadie lo llamara. Quizá mi larga convivencia con la gata Lolita me ha entrenado en el conocimiento del mundo interior felino. Tal vez mi buen juicio se ha alterado por esa larga convivencia. Sea por la razón que fuera, en los ojos de ese gato mimoso y mojado me pareció ver una tristeza descomunal, un abismo solitario que ni siquiera su costumbre de darle la bienvenida a todo aquel que entrara al parque era capaz de conjurar.
Poco después, un gato negro saltó detrás de la estatua de Rómulo y Remo, y uno gris se cruzó en mi camino hacia el invernadero donde crece un retoño de la higuera de la casa natal de Sarmiento. Ambos maullaron, amenazaron con restregarse sobre mis pantorrillas y esperaron bajo la garúa a que yo me dignara a acariciarlos. Un tercero, también negro, comía lo que quedaba de un pajarito al lado de un Chrysophyllum Gonocarpum . Cuando vio que lo observaba, el gato negro interrumpió su merienda para mirarme a los ojos. Él parecía congelado, las garras sobre las alas de la paloma, el cuerpo tenso y listo para escapar del peligro que yo representaba. Ese gato tenía un miedo sideral, inabarcable, tan profundo como la soledad a la que seguramente ya se había acostumbrado. El llanto de mi vecina era odioso y despertaba mis peores instintos, pero lo que veía no constituía un hogar digno para nadie.
Me tocaba elegir entre la paciencia (y los somníferos) o toda una vida futura carcomida por el remordimiento.
Mientras buscaba la salida de la avenida Santa Fe, al lado de un palo borracho encontré una bandeja de plástico llena de la comida crocante que Lolita me exige cada mañana a maullido limpio. Levanté la mirada y más adelante vi a una chica que caminaba detrás de un carrito con bolsas y botellas de agua. La chica era Eugenia Pascual, proteccionista y alma cibernética detrás de la página de Facebook "Hacé feliz a un gato". "Yo me sumé en 2008, cuando el grupo apenas tenía cuatro voluntarios -dijo, con orgullo y cansancio-; hoy somos unos veinte, y entre todos nos turnamos para alimentar, castrar, curar y buscarles casa a los más de cien gatos que viven en el Botánico."
¿Por qué hay tantos gatos abandonados?, le pregunté.
Porque se subestima el valor de una mascota. Como por un gato no hay que pagar, se tiende a pensar que son más o menos descartables. Es un criterio economicista del afecto: si hay mucha oferta, y gratis, entonces no valen tanto. Además, cuando la gente tiene un problema con el animal cree que lo mejor es abandonarlo. La ignorancia se cruza con lo que la ciudad no ofrece, como atención veterinaria disponible para gente de pocos recursos. El mito dice que los animales siempre se las arreglan. Pero la verdad es que, una vez en el Botánico, estos gatos caseros se caen de los árboles cuando trepan, se enferman porque se exponen demasiado al sol y ni siquiera logran cruzar la calle. Yo levanté a uno que tenía la cola rota porque se la pisó un colectivo.
Eugenia se despidió rápido porque la lluvia amenazaba con empaparla. En su casa la esperaba el gato Sunny, ex del Botánico, a quien encontró mientras dos adolescentes le quemaban las cejas y los bigotes con un encendedor. "Era tan chiquito que me cabía en la palma de la mano", recordó ella, antes de irse. El abandono de las mascotas dice mucho de nosotros, pensé. Burroughs tenía razón: los gatos saben muy bien de lo que el hombre es capaz. De camino a casa, temí que no fueran los maullidos los que esa noche no me dejaran dormir.



