La Buenos Aires de la inseguridad vial

Pablo Tomino
Pablo Tomino LA NACION
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28 de enero de 2017  • 17:56

El gobierno bonaerense bien parece transitar la siesta de los perezosos cuando la seguridad vial llama a su puerta. Numerosos distritos del áreas metropolitana, como también municipios de la provincia, parecen vacíos de políticas ejecutivas que mitiguen los accidentes de tránsito, distingan las problemáticas y ahuyenten las picadas de autos y motos, por ejemplo.

Cualquiera puede hacer cualquier cosa, y en cualquier lugar. Puede una Ferrari circular a 307 km/h por la ruta 2, filmar la escena con un celular, y hasta tener un auditorio de aplaudidores; pueden tres autos acelerar hasta 140 km/h, durante 7 kilómetros por la avenida Maipú, en Vicente López, y terminar con la vida de una persona. Pueden, pueden, pueden. Pueden eso y mucho más, porque para los gobiernos, el de turno y los anteriores, la inseguridad vial es apenas un problema exclusivo de campaña, que en funciones se abandonará a los pocos minutos.

En la provincia de Buenos Aires hubo el año pasado 2211 muertos por accidentes viales, según estadísticas de la Asociación Civil Luchemos por la Vida. Es el índice más alto del país, seguido por Santa Fe, con 736 fallecidos, y Córdoba, con 415.

En las rutas que unen los distritos bonaerenses los límites de velocidades se sobrepasan con aceitada frecuencia. Autos, motos y, curiosamente, los colectivos (tiene un límite de 90 km/h), con pasajeros a bordo, se burlan de las normativas peligrosamente.

Las rutas 7, 5, 188 y 8, entre otras, sufren el mal del abandono. No hay controles, y cuando los hay, en oportunidades actúan como trampas “caza bobos”. Ocurre, por ejemplo, en Carmen de Areco (km 146 de la ruta 7), donde se labran multas inmediatas algo irrisorias: infracciones de hasta $ 3000 por circular a 5 km/h más de los permitido, cuando el límite era de...60 km/h. Para peor, los puestos móviles no están señalizados. No actúan de manera preventiva; no corrigen imprudencias, apenas castigan a cientos y cientos de automóviles que circulan despacio. Muy despacio. ¿Cuál sería el objetivo?

En el área metropolitana, la noche es tierra de nadie. Nadie es, básicamente, ausencia policial. Ausencia de puestos de control de alcoholemia cerca de los boliches; ausencia de un gobierno justo que multe con severidad a los conductores imprudentes y que ponen en riesgo la vida de terceros. Este es, sin dudas, el mejor negocio que puede hacer el Estado: cuidar la vida. No más Ferraris descontroladas ni carreras asesinas por las avenidas de una ciudad.

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