Los almacenes porteños están en vías de extinción

Cada vez son menos las despensas que hay en la ciudad; se estima que de las que había en los 60 sólo se conserva un 10%
Julieta Paci
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7 de septiembre de 2012  

Escondidos en los barrios, con las puertas entreabiertas aguardando que alguien los visite; con balanzas añejas, repletos de latas de colores y paquetes de arroz, polenta y yerba, un puñado de almacenes porteños sobreviven.

Poco queda de aquellos lugares de encuentro para los vecinos. Allí donde las charlas matinales eran interminables, las galletitas se vendían sueltas, las aceitunas estaban en toneles de madera y las carameleras de vidrio, con tapa cromada, tentaban a los visitantes desde los mostradores.

Según datos de la Dirección de Habilitaciones, que depende de la Agencia Gubernamental de Control, en la ciudad hay 2158 locales de venta de productos alimenticios, rubro donde se encuentran incluidos los almacenes, pero en donde también se inscriben los minimercados y supermercados chicos, de menos de 800 metros cuadrados, de esos que hoy abundan.

"Precisar la cantidad de almacenes tradicionales es muy difícil porque una gran cantidad se transformaron en autoservicios o supermercados pequeños en busca de adaptarse a los tiempos que corren", dice Nelson Figueredo, presidente de la Coordinadora Nacional de Comerciantes Alimentarios (Concal), organización que agrupa a los minoristas del sector.

Figueredo explica que la extinción comenzó a fines de la década del 80, cuando empezaron a reinventarse para satisfacer las necesidades de un nuevo consumidor que tiene poco tiempo, necesita encontrar todo en un mismo lugar y no sale con dinero en efectivo.

Según el economista Armando Fastman, de los almacenes que había en la década del 60 sólo se conserva un 10%, y eso se debe a una tendencia del capitalismo a concentrar el capital y a una caída de los salarios que terminó con los pequeños comercios que no pudieron amortiguarla.

Sin embargo, aún hay quienes apuestan por ellos, aman ponerse detrás del mostrador y con una sonrisa atender a los clientes. Catalina de Brusco es una de ellas. Con 70 años, corta fiambre a la velocidad de la luz, se resiste a usar la balanza electrónica y asegura con nostalgia que el suyo es un oficio destinado a desaparecer.

Cuenta que no hay nada que le guste más que pasar sus tardes en el negocio de San Telmo y que la clave de perdurar está en la atención a los clientes. "Nos conocen desde 1978, nos tienen confianza y les encanta que uno los sirva personalmente, muy diferente de lo que pasa en un supermercado", afirma, rodeada de palmeritas, licores, vinos y envases con café en grano.

Asegura que muchos se sorprenden y se ponen contentos al encontrarlo abierto y reniega porque, de tanto fiar, más de uno se murió sin pagarle las deudas.

Mientras algunos aman su oficio y se resisten a que desaparezca, otros lo llevan en la sangre y no recuerdan qué fue de su vida sin él. Diego Campos cuenta haber dado sus primeros pasos entre latas de conserva y paquetes de polenta. Hijo de almacenero y actual dueño de uno sobre Av. Pueyrredón al 2300, sostiene con convicción que un almacén es algo más que un comercio. "Es un barrio dentro de otro barrio, un lugar de encuentro para los vecinos donde muchos sólo pasan un rato para charlar y despejarse."

Preocupado porque algún día no habrá quien pueda decir: "¡Ma, voy a lo de don Luis!", como solía gritar antes de salir corriendo a su almacén en Flores, hace seis años incorporó la venta de empanadas, tartas y sándwiches, junto con los envíos a domicilio y la aceptación de tarjetas de débito.

Detrás del mostrador del almacén, Pitufo, un gato dorado, de origen chino, mueve la pata izquierda como invitando a los clientes a pasar.

Osvaldo Sosa, uno de los dueños del negocio situado en la calle Paisandú al 1900, asegura que la extinción de los almacenes tiene una única explicación, muy relacionada con aquel felino que llama la atención apenas uno entra al local: "Se terminaron porque aparecieron los chinos y barrieron con todo; en cada cuadra hay uno", dice apesadumbrado, aunque confiesa que seguirá resistiendo.

Nelly y Atilio Herrera, de vez en cuando, atienden juntos. En El Triunfo, un pequeño y acogedor local en la esquina de Juan B. Justo al 2700 con estanterías completas desde el piso hasta el techo, Atilio suele hablar de fútbol con sus clientes mientras Nelly anota en la libretita y fía algunos pesos a los más conocidos.

"A la gente le gusta venir y charlar un poco mientras compra, pero también es cierto que muchos prefieren los grandes mercados donde pueden encontrar todo junto y pagar como quieren", reflexiona Nelly, apoyada sobre el mostrador. Ese mostrador ícono de otra época, que intenta subsistir a pesar del paso del tiempo y emocionando a muchos cada vez que es descubierto en una esquina olvidada.

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