Los peligros de sentarse sin permiso
"No sabía que, agazapado y oculto tras un bonito umbral porteño, espera el Mal. La infracción a la ley, el delito en ciernes..."
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La teoría indica que las fronteras entre el Bien y el Mal son muy claras, pero cualquiera con un par de años (y desengaños) sobre los hombros sabe que a la realidad hay que buscarla en los matices. Como han demostrado desde las mejores novelas policiales hasta las series televisivas The Wire o Dr. House , nadie está a salvo del claroscuro moral. A veces, el rumbo hacia el Bien incluye alguna que otra vuelta por el Mal, y ya se ha dicho que el camino al Infierno está empedrado de buenas intenciones. Los buenos muy buenos y los malos malísimos apenas si sobreviven en el sótano de la cultura, es decir, en los cómics de superhéroes y los discursos políticos. Historias que sirven para entretenerse, pero que no conviene tomar en serio.
En Buenos Aires, la complejidad de las relaciones entre el Bien y el Mal aparecen en cualquier esquina y de la manera más inesperada. Al menos eso es lo que me pasó la otra tarde, cuando después de esquivar una manifestación a la altura de 9 de Julio y evitar el olor a basura que flotaba sobre Bartolomé Mitre, tomé la calle Perón en dirección a Congreso. Como el calor me golpeaba las piernas, compré una botellita de agua y me acerqué al umbral de lo que parecía una vieja casa chorizo para beber sentado a la sombra. La gruesa puerta de madera convivía con las placas, colgadas a un costado, que anunciaban una escuela de yoga y una sede del Movimiento por la Paz Universal. Y cuando bajé la vista y miré el escalón sobre el que pensaba descansar unos minutos, vi el cartel, clavado en el piso, que decía "prohibido sentarse". La orden no era una broma, sino un mandato muy serio que invocaba el Código Contravencional y la ley 1472. En mi peligrosa candidez, yo pensaba que el camino hacia el Bien podía aceptar una parada en un escalón para tomar una botellita de agua. No sabía que allí, agazapado y oculto tras la inocencia de un bonito umbral porteño, esperaba el Mal, la infracción a la Ley, el delito en ciernes, pero delito al fin.
El respeto irrestricto a las normas es la base de una sociedad democrática, y no hay dudas de que el cuestionamiento a la ley entra en el espinoso terreno de los ánimos destituyentes. En una época donde aquello que uno hace, dice, piensa o cree sirve sobre todo para que alguien lo use en contra, reflexioné dos y hasta tres veces antes de tomar la aventurada decisión de sentarme en el umbral de esa vieja casa de Perón al 1100. Primero quise asegurarme de que nadie me viera en el lugar del crimen, convencido de que el Mal no sería tan grave si quedaba entre el escalón y yo. Luego traté de entender las razones de la prohibición, pero estuve un largo rato sin encontrar ninguna. ¿Estaría en una zona de carga y descarga comercial que sólo yo no veía? ¿Qué era lo que ponía en riesgo con sentarme, y por qué la ley y no el vecino era quien debía intervenir para evitarme la tentación de ubicarme de lo más tranquilo en el umbral? El ser humano es materia de tentaciones, y basta que algo esté prohibido para que den ganas de hacerlo. Ya estaba a punto de violar la ley, con todas las consecuencias morales y penales que eso implica, cuando por la vereda de enfrente vi pasar un policía. Escondí como pude mis turbios pensamientos y terminé de tomar el agua parado sobre el umbral, por las dudas de que mi rebeldía pasara a mayores. Y cuando retomé mi camino, me propuse leer el Código Contravencional para ver dónde, cuándo y cómo uno puede sentarse en la vereda sin meterse en problemas.
En sus 120 artículos, lo más parecido que encontré a una sanción por sentador serial era el artículo 78, de "obstrucción en la vía pública", pero da la impresión de que hace referencia a manifestaciones como aquélla de la que había escapado. De haberme sentado en el escalón de la casa de Perón al 1100 pude haber violado el artículo 57, que habla de "obstaculizar ingreso o salida", pero allí se protege al "comercio o establecimiento" que el edificio no albergaba. Ya interesado por el Código en sí mismo, descubrí que condena "las peleas" que luego vería registradas por las cámaras durante la marcha del 8-N, "inducir a menor a mendigar" como advierto un día sí y otro también en el subte, la "oferta y demanda de sexo" visible en cualquier teléfono público y toda "reventa de entradas", como las que hay en cada partido o recital. El Código es un manual de urbanidad, pero las fronteras entre el Bien y el Mal nunca son muy claras. Por eso imagino que la próxima vez que vea peleas en la calle, menores que mendigan, volantes que ofertan sexo en la vía pública y reventa de entradas a las afueras de un estadio, primero voy a pensar en dónde sentarme antes de exigir el cumplimiento de la ley.



