María Delfina Caprile de Ezcurra: la última bisnieta de Mitre
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Con la muerte de María Delfina Caprile de Ezcurra, a quien todos llamaban Chiquita, el miércoles pasado, a los 103 años, se pierde el recuerdo vívido de la intimidad familiar de los descendientes directos del general Bartolomé Mitre, de quien fue su última bisnieta.
Aunque no lo conoció, ya que nació tres años y medio después de la muerte de quien fue presidente entre 1862 y 1868, y fundador, en 1870, de LA NACION, María Delfina atesoró hasta el final de su vida los recuerdos de las historias familiares que escuchó desde chica.
"La memoria es un regalo; Dios me ha dado ese regalo. Y es un poco deber mío no esconder las cosas, recordarlas", dijo a LA NACION hace ocho años, entrevistada con motivo de su cumpleaños número 96.
Su padre, Alberto Caprile, nieto mayor de Mitre, nació y vivió en la casa del general hasta los 30 años -desde los 24, ya casado- y siendo muy joven empezó a trabajar en el diario, que quedaba al lado del domicilio, en la calle San Martín, hasta pasar a ser su administrador a los 26 años. Fue quien introdujo en el país las primeras linotipias, creadas en los Estados Unidos, cuando todavía eran prácticamente desconocidas en Europa.
"El general lo quería muchísimo", recordaba Chiquita sobre su padre. "Cuando él tenía 12 o 13 años -evocó-, Mitre le dijo: «No vas a ir más al colegio. Yo voy a ser tu maestro». Le enseñó ciencias, le enseñó italiano, y papá después me lo enseñaba a mí. Mitre tradujo la Divina Comedia , de Dante, y papá lo ayudaba en su trabajo. Tanto, tanto había trabajado con Mitre que se le habían pegado muchas cosas, y las transmitía". Al borde de los cien años ella podía repetir de memoria, sin equivocarse, estrofas completas de la obra de Dante.
Casada con Pedro Ezcurra en 1933, Chiquita tuvo una vida muy activa y plena, volcada a los demás. Tuvo doce hijos, de los cuales vio morir a seis. Entre ellos, Ignacio, corresponsal de guerra de LA NACION que desapareció en Saigón, Vietnam, en mayo de 1968. En total, sumó 76 nietos y bisnietos.
Estuvo al frente de una próspera inmobiliaria durante dos décadas, al tiempo que colaboraba activamente aportando su trabajo en Emaús, la obra de ayuda social.
Durante 28 años fue, además, la mano derecha del primer obispo de San Isidro, monseñor Antonio M. Aguirre, de quien fue directa colaboradora hasta su retiro. "A Jorge Casaretto lo conocí de chiquilín", solía decir, en referencia al ex arzobispo de esa diócesis, a quien también ayudó en su tarea social.
Sus restos fueron despedidos en una concurrida ceremonia en el Cementerio Británico de Pablo Nogués.



