Mataderos, la nueva catedral del skate
Una megapista inaugurada hace casi un año en el parque Alberdi atrae diariamente a cientos de jóvenes; un deporte urbano que crece
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Libera la mente, sirve como cable a tierra, genera adrenalina, desarrolla la imaginación, ayuda a hacer amigos y a salir de la calle. Esas son las razones que convocan día a día a decenas de adolescentes y jóvenes en Directorio y Lisandro de la Torre, en Mataderos. Allí, desde hace casi un año, chicos del barrio, de otros rincones porteños y también del conurbano bonaerense disfrutan de patinar largas horas en el mejor skate park -tal como lo definen- de la Capital.

Uno de ellos es David Mastrobuono, de 24 años, a quien sus compañeros apodan "el Tecla" y reconocen como uno de los mejores skaters de esas pistas, que combinan rampas como las que se pueden encontrar en la arquitectura urbana con ollas de cemento para la llamada modalidad vertical del deporte.
David practica skate desde los 11 años y es terminante cuando dice que la inauguración del skate park , en julio del año pasado, dentro del parque Alberdi, "es un sueño cumplido". Recuerda que, durante más de cinco años, una movida vecinal encabezada por Miguel Angel y Viviana Cappelletti -él falleció la semana pasada- batalló por la construcción de la pista, diseñada por arquitectos especialistas supervisados por la Asociación Argentina de Skateboarding.
A David lo secundan, entre otros, Lucas Latorre, de 21, que pese a vivir en Villa Lugano se considera otro local; Marcelo Molina, de 15, y Axel, que viaja desde Villa Celina. "Nosotros estamos acá todo el día. Vamos a nuestra casa sólo para comer y volvemos enseguida", explica Axel sobre la rutina de los más fanáticos. Porque el skate es compañerismo, es amistad, coinciden todos.
De estudiar y trabajar poco se habla en el skate park . Aunque David y su grupo supieron unir el placer con el trabajo. "Tenemos nuestra propia marca de tablas, Koskin, vendemos las tablas e insumos para armar el skate , como las ruedas", dice. Un skate cuesta 1000 pesos.

El perfil microemprendedor se conjuga con otro solidario y pedagógico. Así lo explica Marcos Montes de Oca, de 34, vecino de Villa Insuperable. "Se hacen los duros, pero siempre ayudan a los que no saben y colaboran con chicos que no tienen dinero para comprar su tabla", confiesa. Y menciona el caso de un niño de seis años del barrio, cuyos padres lo "descuidan", que recaló en la pista "muy agresivo", pero que, con la contención de todos, logró integrarse.
Marcos, que sí trabaja cargando y descargando fletes, es el único de todos los skaters presentes que lleva rodilleras y coderas. Consultados sobre si esos accesorios forman parte de la indumentaria típica de un skater , la respuesta fue a coro y al unísono: "Nooooo, no hay una vestimenta determinada". Según David, "esos que usan gorrita y ropita de marca son todos «possers»", un vocablo acuñado por el grupo que imita una supuesta palabra en inglés para señalar a alguien que posa. Agrega Lucas: "Se producen, pero no saben andar en skate ".

El skate park de Mataderos no sólo les cambió la rutina a los chicos del barrio, sino al barrio mismo. "Antes esto era todo tierra, estaba abandonado y se juntaban todos los «fisura». Ahora hay buen ambiente", describió Facundo Viegas, de 20, vecino y también skater .
La escuela de skate para niños que funciona en el parque Alberdi suma otra cuota de encuentro social al espacio, de la mano de Adriel Cappelletti -hijo de Miguel Angel y Viviana- y Mariano Fiumara. "Las clases son, sobre todo, un medio de inclusión social y de mejora de la calidad de vida para chicos en situación de calle", relata Adriel.

La megapista también atrajo a jóvenes de otros distritos. Como Gastón Alvarez, de 23 años; Germán Alí, de 20; Sebastián Basile, de 19, y Matías Brazao, de 23, que se trasladan desde San Justo y Lomas del Mirador, en el conurbano, hasta el parque Alberdi "tantas veces a la semana como se pueda y como el cuerpo lo permita", dicen en alusión a las lesiones que se producen patinando.
En sus lugares de residencia, explican, no hay nada parecido al skate park y, por lo general, practicaban en rampas de entidades bancarias o bien en otros puntos de la Capital, como el Correo Central (hoy vallado por una obra de refacción), Ciudad Universitaria y la plaza Bernardo Houssay, que quedaron relegados como puntos de reunión.
"No somos una tribu urbana. Si yo dejo la tabla, soy igual a cualquiera", ejemplifica Germán, aunque rescata la posibilidad que da el skate de confraternizar con otros.



