Negocios antiguos: venden desde guantes hasta cepillos y siguen vigentes
En tiempos de grandes supermercados y compras digitales, en Buenos Aires sigue habiendo locales que mantienen la tradición de especializarse en los más variados objetos; historias de sus fundadores
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Algunas las descubren al azar, deambulando como flaneurs por la gran ciudad. Otros llegarán con el dato preciso, para cumplir una importante misión: conseguir un cepillito alargado de cola de pony que sirva para sacar el polvo de los libros. Si se sigue la ruta de los negocios antiguos, finalmente el tesoro se revelará de la mano de un amigable vendedor que explicará los usos del objeto en cuestión.
Se trata de un puñado de antiguas boutiques, del francés boticle, pequeño taller de venta de objetos artesanales, que remiten a felices nostalgias, a lugares que miman a los porteños y que sorprenden a extranjeros.
Según un estudio del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, aún subsisten comercios que se especializan en extraños rubros como el de paragüero o el de sombrerero, vinculados a oficios a punto de desaparecer.
Diseminados por toda la ciudad, hay ocho locales de numismática, siete barberías, cinco paragüerías, cuatro sombrererías, tres botonerías, dos cepillerías y casas de muñecas de porcelana, de reparación de pelucas, de discos de música clásica, de guitarras criollas y de guantes hechos a mano. Los une el espíritu emprendedor de los primeros dueños, inmigrantes que continúan al timón del local o de sus hijos o socios que tomaron la posta para mantener intacta la pasión por lo que hacen.
Música en el caos
"Además del disco, de acá se llevan el conocimiento", asegura a LA NACION Ana María Altomari de Piscitelli, de 81 años viuda de Antonio Piscitelli, un italiano expulsado de la península por socialista. Antonio, después de vender partituras en un zaguán de la calle Suipacha, fundó en 1939 la casa especializada en música clásica que hoy lleva su nombre: Casa Piscitelli.
Enclavada desde hace más de medio siglo en San Martín casi Corrientes, esta boutique es un oasis en medio de piquetes, bancos, oficinas y colectivos. Por allí pasan médicos, jueces, curas, abogados o estrellas de rock como Charly García.
"Tenemos un repertorio selecto para un público de excepción", dice Ana María mientras muestra los antiguos estantes con música en todo tipo de soporte de la que disfrutaron tres generaciones de melómanos. A su lado, colgadas en la pared, fotos autografiadas por José Carreras, cuentan la fascinante historia del local en el que suena la Cavalleria rusticana, pieza preferida de su marido pionero en la creación de esta cofradía de adoradores de música.
Guantes para todos
Cuenta la mitología griega que Afrodita se lastimó las manos con espinas cuando perseguía a Adonis por el bosque, pero que las tres Gracias escucharon sus lamentos y con delicadas tiras cubrieron las manos de la diosa del amor y la belleza. Desde ese entonces y hasta nuestros días, el guante es mucho más que un accesorio.
Fue en 1943, épocas en las que para ciertos porteños era impensable salir sin guantes y sin sombrero, que el libanés Naim Hawa se decidió a confeccionar guantes y abrió el local Les Gants en la calle Esmeralda al 700. Hoy su hijo Héctor continúa con la tradición y surte a presidentes, diseñadores de moda, novias, militares y modelos.
"Conservo el boceto en papel de la mano del ex general Augusto Pinochet. Cuando venía, se llevaba 12 pares blancos para los desfiles", confiesa. Entre sus clientes favoritos figuran la presidenta Cristina Kirchner, y los ex mandatarios Carlos Menem, Fernando de la Rúa y el ex general Alejandro Agustín Lanusse.
Hoy cientos de guantes se agrupan en las antiguas cajoneras que integran el lugar. Los hay de novia con un cortecito en el dedo para que pueda sacarse el anillo, de golf, de equitación, de soirée, con botones, con encajes para los desfiles de moda y de cuero negro con tachas incrustadas. "Entre nuestros clientes, tenemos algunas vedettes como Moria Casán, que son adictas a los guantes. Estamos siempre preparados para abastecerlas", concluye el libanés.
Cepillos y más cepillos
Hay un cepillo para cada cosa y para cada cosa hay un cepillo: para destrabar la bombilla del mate, desempolvar los lomos de los libros, limpiar la cubierta del barco, barrer las miguitas de pan, deshollinar la chimenea, pulir el parque, peinar al gato, alisar el flequillo, desengrasar la parrilla y hasta unos de mango largo para rascarse bien la espalda.
Fabricados con cerdas de cola de caballo, de chancho, de pita o de palmira, cuelgan en manojos del techo y junto a un puñado de suaves plumeros que acarician la cabeza de los clientes distraídos al entrar. Completan el surtido stock las brochas de afeitar europeas, las de pelo de cabra, oreja de Aberdeen Angus y de exótico tejón. La frutilla de la torta son los ingleses Kent, con los que las abuelas recomendaban cepillarse el pelo cien veces antes de ir a la cama.
Fue en 1911 que Jaime Hejtman llegó a Buenos Aires proveniente de lo que era Checoslovaquia para abrir el local El Mundo del Cepillo, ahora ubicado en Rodríguez Peña casi esquina Sarmiento. Sus descendientes conservaron la tradicional clientela que va desde encargados de edificios hasta abogados de la zona de Tribunales o los pocos deshollinadores con los que todavía cuenta la ciudad.
Entre los célebres visitantes de la boutique del cepillo estuvo el explorador marítimo Jacques Cousteau, quien en su paso por Buenos Aires compró un cepillito para sacar de la cubierta del Calypso los restos de tiburón.
Rincones del pasado
Como en otros tiempos, comercios con una especialidad
Casa Piscitelli

Ana María Altomari de Piscitelli es la viuda del fundador de este oasis de música y conocimiento que sobrevive en medio del caos de la city porteña. El favorito de los melómanos
Les Gants

Fundada en 1943 por Naim Hawa, un inmigrante libanés, hoy está a cargo de su hijo Héctor y sigue siendo el negocio preferido de presidentes, vedettes y conductores de autos clásicos
El mundo del cepillo

Hay cepillos en los estantes y colgando del techo. Y sirven para rascarse la espalda o, como el que compró Jacques Costeau, para limpiar los desperdicios de tiburón de la cubierta de un barco



