Pedro Baricola, una historia de alegría y solidaridad que terminó en tragedia
Es uno de los dos integrantes de Defensa Civil que perdieron la vida en Barracas; asistía a su madre y cuidaba perros de la calle
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Los hermanos se miran entre ellos. Piensan qué hacer. Al dolor por la pérdida de Pedro se suman la angustia y el miedo por la reacción de Angélica, su madre. Tiene 91 años, problemas de presión y está a punto de saber que su hijo menor, el más compañero, el único que todavía compartía su techo, murió haciendo lo que mejor sabía hacer: ayudar.
A las 13 de ayer, Jorge, el mayor de los Baricola, reunió a sus hermanos en la esquina de la casa donde crecieron, en Tortuguitas. Juntos pensaron la mejor manera de dar la peor noticia. Decidieron alertar al Pami para que una ambulancia asistiera a su madre. Llamaron seis veces. Los médicos llegaron a las 23.30, cuando Angélica ya sabía, hacía horas, que su hijo había perdido la vida entre los escombros del depósito incendiado en Barracas. Era uno de los dos integrantes de la Defensa Civil porteña que luchaban contra las llamas cuando una enorme pared se derrumbó.
"Pasamos una noche espantosa, la peor de todas. A las tres de la mañana mi mamá se despertó y empezó a preguntar por Pedro. Decía que estaba afuera, golpeando la puerta", cuenta Jorge en la entrada de una sala velatoria de Villa Adelina. De reojo mira a su madre, que sufre en silencio cerca del cajón.
"Pedro vivía con su señora y con Julieta [su hija de cuatro años] en una parte de la casa familiar. Es de esas construcciones antiguas, bien tanas, en las que la familia está siempre junta", relata.
Estaban todos juntos cuando Pedro contó, hace dos años, que iba a cambiar su puesto administrativo en el gobierno de la ciudad para empezar sus tareas en Defensa Civil. "Yo le dije que lo piense bien, que tenga cuidado porque es muy peligroso", recuerda Sandra, otra de sus hermanas. Pedro no hizo caso. Ayudar estaba en su esencia.

"Él era así. Vivía para los demás. Se levantaba a las cuatro de la mañana, llevaba a la nena a una guardería y después cruzaba toda la ciudad para ir a trabajar. Entraba a las siete y jamás salía a horario. Era un apasionado de su laburo", cuenta Jorge, y recuerda la vez que su hermano regresó con la cabeza ensangrentada. Había entrado a un conventillo incendiado de La Boca y le había puesto su casco a una anciana que corría peligro. Al salir, un trozo de mampostería cayó sobre sus cabezas. La mujer salió ilesa. Él no.
El relato coincide con el de sus compañeros de trabajo. "En dos años, jamás lo vi de mal humor, Llegaba siempre con una sonrisa y se iba igual, atento a las necesidades de los demás", cuenta Alberto con los ojos húmedos. "Durante los trabajos era lo mismo. Siempre con el máximo esfuerzo, pero sin dejar de sonreír", agrega. Esas sonrisas, según deslizan sus compañeros, contrastaban también con algunas de sus condiciones laborales.
"Todos lo querían y lo valoraban mucho. Incluso sus antiguos compañeros. Esta mañana llamaron de una empresa en la que trabajó como cadete a los 17. Pasaron 20 años, nunca más lo volvieron a ver y cuando se enteraron de la noticia buscaron nuestro teléfono para expresar su apoyo", dice Sandra, con una mezcla de angustia y orgullo.
Pedro terminaba de trabajar, buscaba a su hija y volvía a Tortuguitas. Se ocupaba de las necesidades de su madre y, cuando le quedaba tiempo, salía de pesca con sus amigos, iba a la cancha a ver a Boca o curaba perros de la calle, que los vecinos le acercaban, conocedores de su cariño y solidaridad hacia los animales abandonados. "Los asistía, los vacunaba, les daba de comer y les buscaba casa", cuenta Jorge.
El dolor y el llanto por la muerte de Pedro Baricola inundan la sala velatoria. Compañeros, amigos y familiares despiden a un hombre que vivió y murió haciendo lo que mejor sabía: ayudar.




