Por qué el mundial de sexo no se juega en Buenos Aires
Quizá la encuesta sólo registre un descenso en la temperatura erótica, con los porteños tan agobiados por el tren, los baches y los tarifazos
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De acuerdo con una deprimente encuesta anual encargada por una empresa que fabrica preservativos, Buenos Aires ni figura en el ranking de las diez ciudades del mundo donde se tienen más relaciones sexuales. En el top ten de quienes se meten a la cama con más ganas de quitarle la ropa al de al lado que de buscar el control remoto, figuran, en orden de fogosidad, los apasionados habitantes de San Petersburgo, La Habana, Roma, Sevilla, Tánger, Estambul, París, Nueva York, Londres y Berlín. De los porteños, ni noticias.
O tal vez sí. Quizá la encuesta sólo registre un leve descenso en la temperatura erótica local, agobiados como están los porteños por la pesadilla del tren Sarmiento, las obras de la 9 de Julio, los tarifazos en el ABL, los baches en el centro, las inundaciones y la disputa política por la candidatura de Rocío Marengo. En ese caso, lo que no se entendería es por qué, siempre según el relevamiento de Durex, el país donde la frecuencia de los encuentros sexuales es más alta y en el que la gente está convencida de que "el sexo otorga beneficios" es ni más ni menos que Grecia, el Estado que ha convertido a la bancarrota en su peculiarísimo way of life .
Es verdad que en Buenos Aires los tiempos han cambiado: si antes las parejas concurrían al autocine para inspirarse con las osadías de La cigarra no es un bicho , ahora asisten al mismo paseo a pie o en bicicleta, acompañados por sus niños, sin que nada haga sospechar que donde hoy surge un picnic familiar hubo un albergue transitorio al aire libre.
La tecnología aporta el "sexting" (envío de contenidos eróticos por mensajes de texto), pero con el pésimo estado de las redes telefónicas porteñas cuesta saber si el urgente sms hot llega a destino en el momento indicado o a la mañana siguiente. Y la aparición, a fines de los '80, de la sexóloga televisiva como figura de la familia mediática, quizás haya terminado por enfriar más aún las cosas, ya que su extraordinario saber enciclopédico transforma al encuentro sexual en un escenario de esfuerzos más dignos de una clase de pilates que de una noche de locura. Para volverse loco/loca por una minifalda, un lunar, una boca o unos brazos no se debería saber tanto ni tener nada tan claro. En este sentido, la encuesta de Durex resulta contundente: de las cinco ayudas que la población mundial considera las más adecuadas para mejorar la vida sexual, la consulta a la sexóloga no aparece en un ranking liderado por "hablar de sexo con la pareja" y "utilizar lubricantes".
En San Petersburgo, el camino del sexo lo marcan el frío, el vodka y los baños comunales, donde parece que los clientes se azotan con ramas de abedul. En La Habana, el mojito, las caderas de las mulatas y la brisa marina le hierven la sangre a cualquiera que se dé una vuelta por el malecón. Y en Berlín, la euforia de los night clubs y el amor a la fiesta perpetua termina entre las sábanas o en los rincones ocultos de la ciudad dispuesta. Si cada lugar tiene lo suyo, ¿por qué no debería pasar lo mismo en Buenos Aires? Un amigo me dijo que el mejor lugar para el romance fortuito es Masa Crítica, la salida en bicicleta que mes tras mes se organiza con cada luna llena. Otra amiga, en este caso lesbiana, me contó que las noches de Amerika, la discoteca LGBT de Almagro, no tienen nada que envidiarles a las de Berlín. Y cuando ya sentía que la autoestima ciudadana me volvía al cuerpo, una amiga brasileña, la periodista Uri Coimbra, volvió a deprimirme. "Los porteños son buenos para la coquetería, hablan bien y saben hacer reír a una mujer -me dijo-. Pero hacer otra cosa con ellos ya es más difícil."
-¿Por qué?
-Es difícil generalizar, pero, como en toda gran ciudad, Buenos Aires resulta hostil para una mujer sola. Las relaciones se producen si hay amigos de por medio; si no pertenecés a un grupo, el acceso a los demás es muy limitado. Y además, hay machismo encubierto: los hombres dicen que quieren sexo, pero si una mujer toma la iniciativa, la critican. Esas cuestiones dificultan mucho las cosas.
Para negarme a mí mismo que Uri podía tener razón, me di una vuelta por Te mataré, Ramírez, el histórico restaurante afrodisíaco de Palermo. ¿Las parejas porteñas aún mantendrían el rito de encenderse con una copa de por medio? Como buen voyeur , me senté en un rincón para contemplar el espectáculo de la seducción. Mientras pedía el postre llamado "De voz ingenua, mirada susurrante y cuerpo perverso" (panqueque con mousse de maracujá y fruta caramelizada), una pareja a mi lado se tomaba de las manos. Al otro lado, un joven besaba tiernamente el cuello de una mujer mucho mayor que él. ¿Cómo comprobar si somos o no campeones mundiales de sexo? Al espiar entre las sombras, no sé por qué me conformé con la idea de que, en silencio y entre las sombras, ninguna encuesta valía más de lo que pasaba allí.



