Robar no es una travesura
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La vida en los barrios con perímetros cercados no está preservada de la violencia propia de la convivencia. Los episodios de destructividad allí dentro los han convertido en escenarios donde la impunidad de los menores opera sin freno. Saquear una casa vacía, pintar grafitis, hurtar alcohol, o sustraer una bicicleta son un entretenimiento que debiera llamar nuestra atención. Ni ellos saben para quién lo hacen. No le temen a nada, a nadie. Buscan en estas aventuras tensión y adrenalina que los reúne y entretiene.
Las normas y valores consensuados para vivir con otros se transgreden con liviandad. Esa excitación grupal que entre los 10 y 12 años los convoca para salir del aburrimiento es la que un par de años más tarde produce desbordes que los lastiman a ellos mismos.
"Las pandillas descontroladas" de adentro son un síntoma que retrata nuestras dificultades e inconsistencias como sociedad. Pero las regulaciones colectivas dentro del barrio conceden a sus pequeños habitantes un poder que los termina confundiendo. Llevarse un monopatín de una casa ajena se llama robo, no travesura.
La complacencia implícita y resignada de padres impotentes es inquietante. Obviamente no se trata de un auspicio parental, pero sí de una gran negación de la dimensión del problema. Los padres se limitan a advertir a sus hijos mirando para otro lado. Minimizan su accionar y hasta lo celebran; creen que amparar a sus menores es aliarse con ellos para que los eximan de la sanción que les toca cumplir. No hace falta agregar más cámaras de seguridad para evitar desmanes. Hace falta iluminar una mirada parental que registre, contenga y transmita el elemental respeto y cuidado.
Psicoanalista, especialista en niñez y adolescencia
Susana Kuras Mauer



