Una obra no exenta de dificultades y disputas

Néstor Magariños
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22 de marzo de 2015  

La autopista Ribereña figura en los planes de la ciudad hace más de medio siglo y en su posible concreción se han invertido enormes esfuerzos políticos, técnicos y proyectuales. Integra junto con el soterramiento del Sarmiento, la postergación de la zona sur y la difícil relación de la ciudad con el río, el catálogo de los tópicos con mayor tratamiento en el urbanismo porteño.

Es desde siempre sujeto de debates y posiciones contrapuestas. Hace no mucho, la Academia de Ingeniería informó sobre 29 trazas de autopistas presentadas bajo distintos gobiernos e, incluso, de actores privados.

Indudablemente, la Ribereña es necesaria; faltan pocos kilómetros para completar la conexión entre los ingresos a la ciudad y tanto Buenos Aires como su puerto necesitan mejorar los accesos. Sólo para el puerto porteño y en los próximos 20 años, en el marco de un país que seguirá creciendo, los especialistas advierten que el volumen de su actividad pasará de los actuales 1,2 millones de TEU, a 2 millones. Esto sucederá aun integrando un sistema nacional portuario que alivie al de Buenos Aires. Después de esos plazos, se supone que habrá un puerto atlántico de mejores condiciones y bajará su demanda.

Indudablemente, ésta es una obra no exenta de dificultades y de controversias; atravesar el centro de la ciudad requiere de un proyecto sensible que no altere su carácter y fisonomía, y que, por el contrario, contribuya a su mejor funcionamiento, disminuyendo la congestión y la contaminación.

Y es necesario mejorar, también, la conexión ferroviaria del puerto y las zonas periféricas, que eliminen del centro camiones con otros destinos. No es necesario pensar en trazas que intervengan sobre la Reserva Ecológica ni dentro de los diques. Tampoco la solución, para el área central, es el viaducto. La ciudad ya lleva sobre sus hombros el viaducto de la AU 25 de Mayo, que mejoró los accesos con un precio alto en la destrucción y decadencia del tejido urbano porteño.

El autor es arquitecto y docente de la UBA

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