
Al rescate de la laguna de Chascomús
Debido a que recibe los efluentes cloacales de la comunidad colindante, el crecimiento de las algas está descontrolado
1 minuto de lectura'
La llanura bonaerense podría perder una de las escasas joyas de su paisaje: la laguna de Chascomús. Esta y su vecina inmediata hacia el Sur, la Adela, están perdiendo profundidad a razón de 2 centímetros anuales, lo que pinta mal para cuerpos de agua cuya hondura media raya en apenas 1,20 metro. La buena noticia es que la municipalidad local y el IIB-Intech (Instituto de Investigaciones Biotecnológicas-Instituto Tecnológico de Chascomús) tomaron cartas para remediar la situación, asunto en el que también tallará la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA).
La laguna de Chascomús es la más poblada de un vasto sistema conocido como "las Encadenadas de la depresión del Salado". Conectadas entre sí por arroyos o divididas unas de otra por meros estrechamientos, las Encadenadas (Vitel, Chascomús, Adela, Chischís, Tablillas y Barrancas) se sitúan a unos 120 kilómetros hacia el sudeste de Buenos Aires como un desflecado arco de unos 30 kilómetros de largo y 10 de ancho al costado de la ruta 2.
Un sistema dinámico
Las Encadenadas funcionan como un lentísimo río en cuotas , tributario del Salado: recogen los excedentes hídricos locales y los van transfiriendo de laguna en laguna en dirección sudoeste, es decir, desde Vitel hacia Barrancas, siguiendo el imperceptible declive del terreno. Barrancas, finalmente, desagua en los tramos finales del río Salado, que a su vez muere en la dilatada bahía de Samborombón.
Pero el sistema es muy dinámico, y suele funcionar también al revés: "Con las crecidas del Salado, el agua sube desde Barrancas hacia el norte y llega hasta Vitel. Las lagunas viven cambiando de altura y el agua, de color, claridad y contenido químico", apunta el licenciado Roberto Escaray, investigador del equipo de acuicultura del IIB-Intech.
"Otro dato del sistema -añade el doctor Víctor Conzonno, integrante del mismo equipo- es su inmensa productividad biológica". Efectivamente, con tan poca profundidad, y tanto viento y oleaje, el agua abunda en luz solar y oxígeno disuelto, incluso en el fondo. Esto da origen a una furibunda fotosíntesis a cargo de las algas microscópicas, o fitoplancton, base de una cadena alimentaria cuyo eslabón siguiente son las "pulgas de agua", comidas a su vez por peces filtradores (como el pejerrey y el bagarito) y sus muchos predadores (la tararira y buena parte de la avifauna de humedal).
Cuando todo lo que está vivo y a flote, sea vegetal o animal, muere y decanta al fondo, termina alimentando a los abundantes comedores de barro, como el bagre, la vieja de río, y últimamente una especie asiática invasora, la carpa. A esa cadena alimentaria se suman, cada fin de semana, algunos miles de humanos armados de cañas de pescar y sartenes, hipnotizados por el pejerrey, de espléndida carne magra.
Biológicamente, los pescadores deportivos no cambian nada, pero económicamente no son un dato menor: "Con la caída de las industrias locales, que antes empleaban a 4500 personas y hoy sólo a 1000, cada vez vivimos más del turismo de fin de semana", reconoce Jorge Macchi, secretario de esa área en la Municipalidad. Entre los minituristas no hay sólo pescadores, sino también observadores de pájaros, veleristas y gente que se viene simplemente a respirar aire puro y ver la sobria vastedad del paisaje. Así, la cadena alimentaria lagunera sale de la ecología, entra en la economía y termina alimentando a hoteleros, dueños de restaurantes e, indirectamente, a toda la comuna local.
Nitrógeno y fósforo
Según Daniel Giacobone, secretario de Obras y Servicios Públicos, se está por añadir otro eslabón a esta cadena económica: unos 14 emprendimientos de countries y barrios cerrados que van comprando terrenos sobre las lagunas más vírgenes, como Vitel, y que de aquí a una década podrían hacer del Gran Chascomús una zona de cierto lujo, como lo es hoy Pilar.
El difícil presente y un futuro potencialmente rumboso, depende de que las lagunas, que han durado más de seis milenios sin grandes cambios, no sigan rellenándose. El asunto es: ¿por qué se rellenan?
La respuesta es sencilla: las cloacas de los 25.000 habitantes de Chascomús desaguan en la laguna y la llenan de nitrógeno y fósforo orgánicos, dos fertilizantes excelentes. Esto hace que se salga de control el crecimiento de las algas, cuya putrefacción pos mórtem añade demasiado barro nuevo al fondo.
Así, Chascomús y la Adela están perdiendo profundidad y extensión al galope. "De los treinta kilómetros cuadrados que mide hoy Chascomús, hay decenas de hectáreas de pajonal costero que hace dos décadas eran extensiones de agua despejada", dice el doctor Alejandro Mariñelarena, limnólogo del Instituto Ringuelet, que trabaja en estrecha colaboración con el IIB-Intech.
La municipalidad recoge al menos el 60 por ciento de estas descargas cloacales y las pasa por una planta de tratamiento primario (decantación de barros y filtrado). Pero diseñada en los años 70, la instalación estuvo fuera de combate durante la mayor parte de los noventa, por problemas de mantenimiento.
Durante todo ese tiempo, por ende, la laguna de Chascomús recibió efluente cloacal crudo. El único recaudo sanitario fue descartarlo lejos del pueblo y aguas abajo del mismo, exactamente en el arroyo Girado, comunicante con la Adela..., paradójicamente, uno de los sitios favoritos de los pescadores.






