
Apatía y desinterés ante las elecciones
Eso es lo que revela una encuesta realizada en Capital Federal por el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano
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"Estas elecciones me hacen sentir como una rehén de reglas que no comparto: listas sábana, candidatos que, si ganan, tal vez no asuman; otros que dan domicilios falsos; campañas que se escenifican con una alarmante falta de sentido del ridículo en programas humorísticos y no a través del debate de ideas? Ese juego de trampas y trivialización de temas trascendentes me genera impotencia y descreimiento. La votación es un acto cívico fundamental como oportunidad de crecimiento; no lo vaciemos de poder, porque, si no, cada día será más la gente que englobe a todos en la misma bolsa, se repliegue y se borre."
La apelación de Flavia Gorraiz, una médica porteña de 42 años, probablemente represente a una considerable porción del electorado nacional que se manifiesta apático y desinteresado frente a unas elecciones en las que la mitad de los votantes confiesa que el domingo votará sencillamente porque debe hacerlo. El dato surge de una encuesta del Centro de Opinión Pública (Copub) de la Universidad de Belgrano, que indagó a 620 personas de la ciudad de Buenos Aires.
"El desinterés aumenta no como consecuencia de un "no me importa", sino de la sensación subjetiva de que las conductas que uno realiza finalmente nunca conducen a los resultados deseados y, por ende, uno no tiene capacidad de incidencia en las cuestiones políticas. Ese sentimiento resulta enormemente desmotivador y va generando una suerte de resignación, sensación de impotencia, de quedar fuera del juego de las decisiones. Es desmovilizante e inhibitorio", define Virginia García Beaudoux, profesora asociada en la Universidad de Belgrano de las cátedras de Psicología Social, Análisis Psicosocial del Comportamiento Político y Psicología Política.
"Además, este juego de reglas transgresoras y confusas provoca un fenómeno muy negativo, ya que alimenta la anomia: cuando se percibe que la clase política y quienes más deberían dar el ejemplo transgreden, la sociedad se vuelve más laxa en tolerar las "pequeñas transgresiones" cotidianas. La transgresión política daña profundamente el tejido social y disminuye la confianza interpersonal", agrega esta doctora en psicología.
Narciso Benvenaste, especialista en psicología política y coordinador de una investigación sobre la madurez política de los argentinos realizada en el Centro de Investigaciones de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, critica la tendencia a ubicar lo malo en los otros, y amplía el espectro de responsabilidades.
"La intensa decepción hacia los políticos, la percepción de una corrupción generalizada y de privilegios de grupos de poder llevan a juicios con intensa connotación negativa, pero que no van acompañados de conductas adultas que construyan calidad institucional. La clase política está desprestigiada, en parte, con razón, pero también por lo que se proyecta sobre ella, al acusarla de rasgos que la población también tiene pero se niega a reconocer", señala.
Benvenaste describe el comportamiento político nacional como infantil y regresivo, en tanto tiende a esperar que un Estado paternalista ofrezca las soluciones, en lugar de construirlas mediante la creación de actos con calidad ciudadana.
"Es verdad que nuestros políticos no bajaron de un plato volador: son producto de nuestra sociedad. Pero no podemos dejar de lado que son responsables por la calidad del diálogo político, del voto que estimulan, de los pactos políticos que no explicitan", defiende Virginia García Beaudoux.
"Por citar un solo aspecto: desde Copub tratamos de averiguar cuánto gana un diputado nacional y sólo generamos una batalla campal, ya que apenas pudimos construir una aproximación a través de comentarios de algunos asesores. Sabemos que a un sueldo de alrededor de 10.000 pesos debemos sumarle otros 15.000 por gastos de representación, telefonía móvil y otros rubros. Pero la información no está colgada en ningún lado."
La falta de transparencia parece ser determinante de este fenómeno social de desinterés que se expresa con particular intensidad en el 57% del padrón electoral que hoy se define como volátil porque no tiene ataduras partidarias. Pero a pesar de que se siente impotente, tiene el poder de definir una elección.
Recuperar el poder
Para usar ese poder, es clave saber en dónde está el control que lo activa. "Las personas que ubican ese control en sí mismas sienten que su participación es decisiva para el devenir de los acontecimientos que las rodean, que son capaces de modificar el rumbo de las cosas, que su participación hace una diferencia", explica Omar D´Adamo, psicólogo político y coautor del libro Comunicación p olítica y campañas electorales.
"En política, sin embargo, la mayoría de las personas tienden a ubicar poder en lo exterior: piensan que su voto no vale, que la política es un mundo de acuerdos en el que no vale la pena participar ya que no tiene ninguna posibilidad de incidir en los acontecimientos, que no hay nada que hacer porque todo está controlado por fuerzas que los superan."¿Es posible convertir una posición que relega todo el poder en lo exterior, a otra que apuesta al relativo poder personal, sobre todo cuando hay mucho camino por hacer y -en el caso del voto- un amplio abanico de alternativas?
"A mi criterio lo que más potencia este pasaje es involucrarse, ser más proactivos y plantearse tareas importantes pero posibles en una dimensión concreta, para crecer desde ahí. El reclamo, la participación y el involucramiento son las herramientas capaces convertir la impotencia en acciones tendientes a construir una realidad más satisfactoria".
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