Crece la familia de dinosaurios argentinos

Paleontólogos argentinos presentaron en sociedad varias especies hasta ahora desconocidas
(0)
18 de mayo de 2003  

Un dinosaurio de tan sólo un metro de largo solía pasearse por lo que es hoy el Valle de la Luna, en San Juan, persiguiendo insectos; otro más grande, de dos metros, prefería alimentarse de la vegetación que crecía cerca del actual lago Los Barreales, en Neuquén; a un tercero bastante más imponente, de casi seis metros de largo, también de Neuquén, pero de Plaza Huincul, le habría gustado comerse a los dos primeros.

Claro que ese festín jamás llegó a celebrarse. Estas tres nuevas especies de dinosaurios argentinos -tan nuevas son que aún carecen de nombre- pertenecen a ecosistemas distantes entre sí en el tiempo y en el espacio. Pero que finalmente se dieron cita en las XIX Jornadas Argentinas de Paleontología de Vertebrados, que se realizaron esta semana en el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia.

En conjunto, las especies de dinosaurios presentadas en las jornadas -posibles gracias al apoyo de ChevronTexaco- aportan nuevos elementos que ayudan a comprender la evolución de la fauna que habitó nuestro país hace varios millones de años.

Primitivos y modernos

Este es el caso, por ejemplo, del dinosaurio presentado en sociedad por Fernando Novas, investigador del Laboratorio de Anatomía Comparada del museo y director de las jornadas. "Es un carnívoro pequeñito, de casi un metro de largo, que habitó el Valle de la Luna hace 230 millones de años -comentó-. Conocíamos otros depredadores de ese valle, pero con una anatomía muy primitiva y distinta de la de los dinosaurios que predominarían varios millones de años después."

Según Novas, "este dinosaurio que se alimentaba de insectos y pequeños vertebrados nos ayuda a cerrar ese hiato morfológico. Representa, además, los primeros pasos de un linaje de gigantes carnívoros como el Giganotosaurus, que pesaba seis toneladas y medía más de 12 metros, que, como vemos ahora, tuvo comienzos mucho más modestos".

Una nueva especie presentada en las jornadas por Rodolfo Coria, director del Museo Carmen Funes, de Plaza Huincul, es un buen ejemplo de lo que vendría después. "Con noventa millones de años de antigüedad, este dinosaurio carnívoro hallado en el Cerro Bayo Mesa, a 30 kilómetros de Plaza Huincul, es un pariente de tamaño mediano (medía entre cinco y seis metros de largo) del Carnotaurus o del Aucasaurus -señaló Coria-. Es una versión más liviana, esbelta y ágil de este último, que medía siete metros de largo y pesaba tres toneladas."

El estudio de los restos del animal, desenterrados hace tres años por Coria y su colega canadiense Phil Currie, es la primera contribución de la joven Ariana Paulina a la paleontología argentina.

Otro nuevo representante de la fauna neuquina del mesozoico es el dinosaurio presentado en las jornadas por Jorge Calvo, de la Universidad del Comahue. Los restos fueron hallados en un riquísimo yacimiento fósil de 90 millones de años, ubicado a orillas del lago Los Barreales.

En los catorce meses de trabajo de campo que han realizado allí (la excavación paleontológica más extensa de América del Sur), Calvo y sus colegas han desenterrado dinosaurios carnívoros, herbívoros, tortugas, cocodrilos, peces e incluso hojas de árboles perfectamente conservadas. "Es un ecosistema completo del mesozoico", asegura Calvo.

En ese contexto, agrega, "este pequeño dinosaurio de no más de dos metros de largo, pico córneo, que se paraba sobre sus patas traseras, habría cubierto un nicho ecológico: la vegetación baja".

Cocodrilos patagónicos

Diego Pol, paleontológo argentino que cursa su doctorado en el Museo Americano de Historia Natural, de Nueva York, presentó un análisis de las relaciones de parentesco de los cocodrilos prehistóricos argentinos con sus pares de Brasil, Africa, Madagascar y Mongolia.

Claro que los cocodrilos que hace ochenta millones de años vivían en la Patagonia distan bastante de sus parientes actuales. "Eran animales exclusivamente terrestres, y por eso carecían de las adaptaciones que luego desarrollaron para el agua -explicó Pol-. El hocico, en vez de ser aplanado y con los agujeros de la nariz elevados, era chato y con los agujeros adelante, al igual que los ojos, por lo que se parecía más al de un perro que al de un cocodrilo."

El andar de estos extintos animales patagónicos también se ha perdido. "Se desplazaban erectos, sobre sus cuatro patas, sin arrastrar la panza como los cocodrilos de hoy en día-agregó Pol-. Eran más gráciles y elongados." Pero no por eso dejaban de ser cocodrilos, primitivos, sí, pero igualmente intimidantes.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.