
La increíble historia de Mus musculus
Entre tantos acontecimientos de los que este año se cumplen aniversarios seculares -los cuatro siglos de la invención del telescopio, en 1609; el bicentenario del nacimiento de Darwin, en 1809, y los ciento cincuenta años de la publicación de El origen de las especies , su obra cumbre, en 1859- hay un personaje que, aunque tal vez pase más inadvertido, merecería honores equivalentes por los servicios que viene prestando a la ciencia biomédica en laboratorios de todo el mundo.
Hace exactamente un siglo, un estudiante del tercer año de zoología de la Universidad de Harvard creaba la primera cepa de ratones genéticamente homogéneos, un logro que por primera vez les permitiría a los investigadores experimentar sobre individuos verdaderamente comparables.
La historia de este Mus musculus, nombre científico de la laucha que se convertiría en el "ratón de laboratorio", es fascinante. (Sharon Oosthoek la relata en una reciente edición de la revista New Scientist .) Su "creador" fue Clarence Cook Little, que tras su graduación se dedicaría a estudiar la genética del cáncer, dirigiría un par universidades norteamericanas y fundaría un bioterio para la producción "industrial" de estos especímenes.
Little se basó en el trabajo de criadores de extraños roedores ornamentales que organizaban exposiciones. Abbie Lathrop, una maestra retirada que participaba de estos eventos, se había hecho célebre por criar los más llamativos en su granja de Massachusetts y había logrado varias generaciones de ratones reproducidos a partir de hermanos. Su similitud genética atrajo a Little, que, aunque tropezó con varias dificultades en su tarea de obtener una cepa genéticamente pura (porque los apareamientos entre hermanos pocas veces son exitosos), finalmente pudo gritar ¡Eureka!
Desde entonces hasta hoy, Mus musculus se convirtió en el modelo animal más usual para la investigación. Según los científicos, ofrece ventajas incomparables: es fácil de alimentar y albergar, tiene un período de gestación de tres semanas y muchos descendientes por parto, y llega a la madurez en poco más de dos meses. Además, según se comprobó con la decodificación del genoma del ratón, el 99% de los genes humanos tiene una versión ratonil similar.
En la actualidad, existen miles de cepas, tanto naturales como transgénicas, y se utilizan anualmente 25 millones de ejemplares en laboratorios ubicados a lo largo y ancho del planeta. Los investigadores argentinos también los utilizan, y reproducen y mantienen varias de aquéllas, pero confiesan que se necesitarían más y mejores bioterios.
Gracias a estos ratoncitos, los científicos pueden estudiar y desarrollar tratamientos para una amplísima variedad de trastornos humanos, desde la diabetes o la hipertensión hasta el trasplante de órganos. La eliminación de uno o más genes cuya función se desconoce (en el caso de los ratones knock out ) permite averiguarlo. Cabe aclarar, sin embargo, que aunque ratones y humanos somos parecidos, los resultados que se observan en los roedores no son directamente extrapolables a las personas. Son un modelo, orientador, pero modelo al fin.







