
La sociedad excluyente
“¿Qué saben del hospital X X? –preguntó Florencia mostrándonos un papel con una larga lista de nombres y números telefónicos. Y, sin esperar respuesta, se sentó sobre el borde del escritorio y siguió adelante: –Lo que pasa es que necesito asociar a mis viejos a una prepaga y no los aceptan porque mi papá tiene 81 años y mi mamá más de setenta. Bah, ya llamé como a diez lugares y solamente los tomarían en uno... Claro que pagando 500 pesos por mi papá y más de 300 por mi mamá. ¡Ochocientos pesos por mes! ¿Se imaginan...?”
Los padres de Florencia están sanos y no requieren cuidados especiales. Pero tienen un problema: para las leyes probabilísticas de los sistemas de administración de la mortalidad humana, todos los que hayan cumplido más de 65 están jugando con los dados cargados.
Al parecer, esta tradición tendría raíces lejanas. En el siglo XIX, cuando la matemática ya había resuelto cómo confeccionar tablas de expectativa de vida, las compañías de seguros vitales se aseguraban de que las estadísticas se cumplieran seleccionando cuidadosamente a sus aspirantes: sólo admitían a gente sana, virtuosa y próspera; es decir, a candidatos de constitución robusta y moral sin mácula.
Según asegura Theodore Porter, historiador de la Universidad de California en Los Angeles, la selección de los postulantes seguía normas parecidas a las que se ponían en práctica para admitir un nuevo socio en un club de caballeros: la compañía tenía que convencerse de que el aspirante era honrado y confiable.
Es más, según crónicas de 1843, en Inglaterra no era inusual que se inquirieran detalles de la esfera íntima del interesado en una póliza. Se le preguntaba si había sufrido tales o cuales enfermedades, se le pedían referencias, y no sólo se lo interrogaba acerca de su estado general de salud, sino también acerca de su carácter y forma de vida. Parece ser que las virtudes morales se consideraban un buen predictor de longevidad, de tal modo que la selección de vidas se conducía en gran parte como una disección del carácter.
Así fue como se desarrollaron técnicas matemáticas y estadísticas tendientes a revelar la estructura de los pronósticos vitales, y luego terminaron resultando útiles para la clínica. Por ejemplo, las que determinaron, veinte años antes que la descubrieran los médicos, la relación que existe entre hipertensión y muerte temprana.
Florencia se preguntaba, claro, de qué sirve un seguro si sólo es accesible para aquellos que no tienen mayores necesidades de utilizarlo.
Pero así van las cosas en esta sociedad excluyente, donde cada día hay menos lugar para los pobres, para los jóvenes, para los discapacitados, para los soñadores, y para aquellos que durante décadas soportaron los avatares de la realidad, esos verdaderos artistas de la vida que son los ancianos.







