Los riesgos de ser chicos autoexigentes

Pueden tener síntomas físicos y deprimirse ante los fracasos
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11 de septiembre de 2004  

Su boletín está dentro de los mejorcitos de la clase. No se le conocen problemas de conducta. Va a natación, estudia guitarra y es un as en computación.

¿El chico –o la chica– perfecto? Algo así. Y toda la familia festeja, orgullosa.

Hasta que de la noche a la mañana, antes del próximo examen o de la clase que ha preparado con tanta dedicación, sucede lo imprevisto: súbitamente la fiebre trepa hasta los 40°, siente náuseas, dolor abdominal, mareos. Faltará a la escuela y la situación se repetirá, de ahora en más, cada vez que deba demostrar ese rendimiento especial que siempre se espera de ella o de él.

“Sí, esta clase de chicos llega a menudo a consulta –explica la licenciada Stella Maris Gulian, psicóloga especialista en niños del staff del Centro Dos, reconocida institución psicoanalítica porteña que atiende a más de 3000 pacientes–. Son chicos con autoexigencias que preocupan. No toleran sacarse un 8, si no son abanderados sienten que fallaron y, en general, reaccionan con llanto o desesperación frente a estas situaciones... Expresan una angustia masiva cada vez que una pequeña "manchita" en su rendimiento." Para Cristina Calcagnini, psicoanalista de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, docente del posgrado en Clínica con Niños y supervisora del Centro Dos, "si bien cada caso es individual, hay varias hipótesis -afirma-. Es muy probable que, sin que esto implique un trasfondo familiar caótico, ese chico tan autoexigente tenga miedo a no responder al ideal que han forjado sus padres.. Por eso no siempre es imprescindible la intervención terapéutica: cuando los papás escuchan un poco más a sus hijos, es posible que esa autoexigencia ceda."

Stella Maris Gulian agrega que estos niños son también la expresión de un mundo centrado cada vez en el rendimiento y la competencia. "Sus agendas parecen ya complicarse desde muy pequeños", sostienen las psicólogas chilenas Cecilia Araya y Sofía Lecaros en un artículo de diario trasandino El Mercurio. "Hace algunas años -dicen- se esperaba que hubieran aprendido a leer y a escribir al cabo de cursar primer grado, pero ahora la lectoescritura es un objetivo en el jardín de infantes."

Expulsados del paraíso

¿Por qué motivo puede un chico renunciar a jugar o a divertirse y en su lugar encerrarse a estudiar durante horas o entrenar un deporte sin descanso soñando ser el primero?

"Por varias razones -explica Stella Maris Gulian-. Algunas, porque los padres no toleran un niño con fallas: el hijo tiene que ser perfecto. Otras, porque esos chicos tal vez tienen que resarcir a los padres de algo que sienten que no pudieron. Y también puede pasar que se impongan «ser perfectos» para no causar problemas a los papás. Tal vez traer un buen boletín puede ser una forma de sacar a la madre de una depresión. Parece que para el chico a veces hay una sola opción: para ser amado hay ser perfecto. Si no, será expulsado del paraíso.

Los chicos muy autoexigentes suelen alimentar una rueda de la que son víctimas: todos esperan mucho de ellos. "Y ellos responden sobreadaptándose -reflexiona Calcagnini-. Es que tienen recursos para ir enmascarando lo que les pasa: se las arreglan solos y por eso a menudo su problemática no llega a la escucha de los padres. Entonces es así cuando puede aparecer el síntoma físico."

Permiso para fallar

Para la licenciada Silvia Tomas, docente de Posgrado Psicoanalítico en clínica de la niñez y la adolescencia del Centro Dos, afirma que "estos chicos, los que se toman la escuela con gran exigencia o que se desesperan, enojan o entristecen ante cualquier pequeña dificultad, no conciben la posibilidad de error. El error no es posible ni es tolerado. El problema es que esta sobreexigencia puede ser vista como una virtud por los padres. Sin embargo, esta mirada paterna niega el padecimiento de estos chicos, que o hacerles sentir que jamás llegarán a ningún objetivo porque los buenos resultados nunca serán suficientes".

La licenciada Calcagnini añade que, en el futuro, la problemática de la autoexigencia puede dar lugar también a patologías vinculadas con la obsesión por la figura física y los trastornos alimentarios. "Así como ese chico fue capaz de dejar de lado su deseo, que era salir a jugar para ponerse a estudiar y sacar la mejor nota -reflexiona- también puede imponerse la abstinencia de la ingesta, porque dejar de comer requiere de un control y un esfuerzo terribles¨.

"El bajo nivel de aceptación frente a la frustración o el fracaso suelen ser conductas aprendidas en la casa y por lo general tienen impacto en la vida adulta: frente a lo inesperado, a lo que no se puede controlar o a la mirada de los otros siempre existe el riesgo de ser juzgado, y puede ocurrir que ese chico, cuando adulto, evite caer en situaciones que impliquen exposición", plantea Claudia Ansaldi, terapeuta holística y acompañante terapéutico.

"El problema no es solamente el miedo al fracaso -añade la terapeuta- sino también miedo al éxito, porque el éxito implica un alto grado de exposición, y se trata de una circunstancia que esta clase de chicos no siempre puede sostener."

Ansaldi afirma además que esta problemática infantil suele tener como correlato padres con demasiados objetivos sobre los hijos "pero de objetivos propios, es decir, de los padres, que quieren que sus hijos sean esto o lo otro, y no observan las necesidades de los chicos -advierte- El hijo comprende rápidamente qué es lo que se espera de él y siente que si no lo cumple no será visto con la misma mirada paterna. Un aspecto fundamental por trabajar en estas familias es aceptar que las personas también «somos en el fracaso». Está muy bien sacarse un diez. Pero también podemos sacarnos un uno. Eso también es la vida. La vida no siempre es un diez."

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