
¿Para qué sirve la ciencia?
Si uno viene de un país en vías de desarrollo -es decir, "obligado a exportar materias primas al precio que le exijan porque carece de la tecnología requerida para elaborarlas y a importar la tecnología de la que carece a costos exorbitantes", como alguna vez escribió el astrónomo mexicano Miguel Angel Herrera- le quedan muy en claro las dimensiones prácticas del conocimiento.
Claro, en este mundo dominado por el vil dinero, desarrollar tecnologías de punta resulta más que conveniente -¿quién podría negarlo?-. Sin embargo, por suerte, la ciencia tiene otras "utilidades" menos prosaicas: no sólo alimenta nuestras neuronas ávidas con apasionantes relatos sobre el universo simbólico, físico y biológico que nos rodea, sino que también ofrece una ética ejemplar.
La semana última, sir John Sulston, uno de los factótum del Proyecto Genoma Humano y premio Nobel de Fisiología o Medicina 2002, no se cansó de repetirlo: a través del enriquecimiento intelectual, la ciencia puede ser una palanca para el cambio hacia una sociedad más justa.
"El conocimiento científico puede servir para establecer puentes de entendimiento entre las culturas -afirmó recientemente Vladimir de Semir, director del Observatori de la Comunicació Científica de la Universitat Pompeu Fabra, en el Octavo Congreso Internacional de la Red de Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología, que se realizó en el Fórum Universal de las Culturas, Barcelona 2004-. Las sociedades pueden entender y participar en la propia evolución de este conocimiento esencial para la supervivencia, racionalizando y mejorando la utilización de los recursos del planeta (...) con la voluntad de que disminuyan las grandes diferencias educativas, sociales, económicas y, en general, de oportunidades que nos separan a unos de otros."
Para aspirar a un futuro mejor y más democrático, agregó De Semir, hay que poder desarrollar la capacidad crítica y acceder a la participación pública de la gestión de los saberes y poderes que gobiernan el mundo. Y para eso se necesitan ciudadanos y ciudadanas capaces de ser verdaderos protagonistas de sus vidas y partícipes de las decisiones que se toman, tanto individual como colectivamente.
Lograr que la cultura científica -algo que reside en el desarrollo de capacidades de análisis, de creatividad, de crítica constructiva, de trabajo colectivo, de adaptación a los cambios, de evaluación de las consecuencias de nuestros pensamientos y acciones, de comunicación para el enriquecimiento intelectual, en suma, en saber pensar- forme parte del arsenal intelectual del individuo es también incentivar la buena higiene democrática.
Como dice Gabriel García Márquez: "Educación, desde la cuna hasta la tumba".







