
Sansón, Dalila y lo demás
Quién sabe por qué sinuosos caminos de lo simbólico, el pelo inspira en nosotros todo tipo de fantasías. Los psicoanalistas le otorgan un poder fetichista de raíces inconscientes, y los artistas una dimensión estética perturbadora. Basta recordar el pasaje bíblico en que Dalila le arrebata el poder al invencible Sansón cortándole sus siete trenzas para comprender rápidamente que la cabellera no nos resulta un detalle menor de la anatomía.
Por eso, una cosa es que uno decida adoptar el look rapado y otra que suceda lo inevitable: que alrededor de los 50 la mitad de todos los hombres (¡y, también, las mujeres!) tenga problemas pilosos; desde cabellos más finos, ellas, hasta una coronilla impúdicamente desnuda, ellos.
Hasta no hace mucho, la ciencia no tenía respuestas para dar en esta materia. Estaba, como frecuentemente se dice, en el fondo del mar: no había encontrado la punta del ovillo... o, mejor dicho, de la cabellera. Pero en el último lustro distintos grupos de investigadores comenzaron a desentrañar los pasos moleculares que gobiernan el desarrollo capilar.
Se sabe, por ejemplo, que al nacer todos tenemos entre cinco y seis millones de folículos pilosos distribuidos sobre toda la superficie corporal. Cualquier día, en la cabeza de una persona joven, alrededor del 90 por ciento de los folículos capilares se encuentran en la fase de crecimiento y alrededor del 10 por ciento está decayendo o inactivo. La calvicie, tal como se la conoce, sobreviene cuando cambia la relación entre los folículos que se encuentran en crecimiento y los que, en decadencia, se van encogiendo progresivamente.
Para colmo de males, como si el drama estético no fuera suficiente, en la última década ciertos indicios llevaron a asociar la caída de pelo que se registra en la adultez con un mayor riesgo cardiovascular.
Un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard realizado sobre 22.000 médicos encontró que los hombres que sólo exhiben calvicie frontal tienen un riesgo 9 por ciento mayor que los que retienen todo el pelo. En aquellos con pelo adelgazado en la coronilla, el riesgo asciende al 23 por ciento; los que tienen calvicie moderada o severa en la coronilla corren un riesgo 30% mayor; pero los severamente calvos con altos niveles de colesterol tienen tres veces más posibilidades de sufrir un ataque cardíaco que sus pares con pelo, y los que también padecen hipertensión, el doble de riesgo.
Por supuesto, no es la calvicie la causa de las cardiopatías: los investigadores teorizan que los hombres calvos tal vez tengan altos niveles de hormonas masculinas, que también están relacionadas con aterosclerosis y trombosis.
Pero en ciertos casos parece ser que el espejo puede estar dándonos una señal de alerta. Habrá que tomar cuidados preventivos. Y no solamente en el terreno estético.
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